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Sucesos

El complicado desalojo de las cocheras del TUC: motos evacuadas en villavesas

Empleados del Transporte Urbano Comarcal se afanaron en poner en lugar seguro coches y motos de compañeros de servicio en una tarde-noche a la carrera por la amenaza de una lengua de fuego que ascendía por las cercanías de cocheras

Ampliar Dos empleados del transporte suben una moto de un compañero a una villavesa
Dos empleados del transporte suben una moto de un compañero a una villavesaANDRÉS ARRIZURIETA
Actualizado el 21/09/2022 a las 23:01
Como sucede con toda desgracia que genera una ola solidaria proporcional a su magnitud, el incendio del martes por la tarde en la ladera del monte Ezkaba próxima a la gran urbe desató una respuesta voluntaria de conductores y empleados del Transporte Urbano Comarcal para poner a salvo los vehículos que aseguran, de una parte, su sustento y son, de otra, seguro de desplazamiento para miles de usuarios. Cuando un frente de llamas y humo comenzó a media tarde a avanzar hacia las cocheras de la compañía, una llamada al móvil activó la reacción de socorro de Andrés Arrizurieta Rodríguez. “Esto se está poniendo feo”, atendió por explicación. No necesitó más detalles.
Su nombre figuró en la nómina de voluntarios que, en un ejercicio de desprendimiento, se ofrecieron a la empresa de transporte para retirar villavesas, pero también coches y motos de compañeros. Arrizurieta, quien en su Méjico natal desempeñó labores periodísticas, se empeñó, entre otras funciones, en poner al corriente a homólogos de profesión de las novedades que se estaban produciendo en las naves y el aparcamiento. “Entiendo la angustia que podían estar soportando mis compañeros al otro lado de la ciudad, mientras estaban al volante. Igual podían llegar a pensar si se les iba a quemar el coche y el lugar de trabajo”.
Su reflexión pausada brota entre carraspeos - “es por el humo”-, y una sensación del deber cumplido. El relato de su experiencia solidaria empezó a eso de las cinco de la tarde después de practicar ejercicio y de reponer fuerzas con la comida. Su agenda laboral señalaba el martes como día libre. Siempre que las obligaciones se lo permiten, ocupó su tiempo libre en manualidades hasta reparar en el sonido monótono de un helicóptero. Se asomó a una de las ventanas de su vivienda en la Avenida Donantes de Sangre, en Ezkaba, que dan a la cara oeste. No vio “nada raro. Seguí a lo mío”. Una hora después, la humareda se había hecho más densa. Miró hacia la cara sur de su casa. “Me mandó mi hija un wasap con una imagen”. Un mal presagio disipó sus dudas. La escalera de caracol que se asoma a la Ronda Norte desde Ansoáin se convirtió en un mirador de observadores, entre curiosos y preocupados, ante la propagación de la llamarada.
Un cordón policial se interpuso en su camino. “Soy conductor”, se presentó, con vía libre para llegar hasta las cocheras.
Allí, las tareas se multiplicaban entre quienes, conscientes del riesgo, recopilaban llaves de coches particulares y trataban de localizar el punto exacto de las villavesas conducidas por aquellos que las tenían en propiedad. En un momento determinado, Arrizurieta cayó en la cuenta de las motos aparcadas en una parte posterior de las instalaciones. “Hay villavesas con rampas adaptadas para personas con discapacidad”, observó. Había un problema de logística. Sin las llaves de sus propietarios, no quedaba otra que sacar músculo. Con más fuerza que maña, un grupo del personal voluntario fue subiendo una a una las motos hasta “meter cinco o seis” en uno de los vehículos de viajeros. Con “las llamas a 200 metros”, otra sección se dedicó a rociar con mangueras el perímetro de las naves.
ENTRE LLAVES Y VILLAVESAS
Mari Cruz Velasco Sem, con 15 de sus 40 años de edad de experiencia en la conducción en el transporte comarcal, dice que se enteró tarde del incendio. Pero cuando lo hizo no dudó en ponerse en contacto con sus responsables para ofrecerse para lo que hiciera falta. Un afán altruista ante la necesidad ajena y un compromiso adquirido como hermana de dos empleados e hija de uno de los fundadores de la Cotup, Adrián Velasco, le empujaron a salir presurosa de su hogar. “Un inspector, Francisco Zudaire, me dijo que me quedase en una rotonda de Bidaburua, en Villava, a esperar a autobuses de las líneas 4 y 7 y preguntar a sus conductores por las llaves de sus coches”. Con una en la mano logró conducir un turismo hasta el aparcamiento ofrecido por Mercadona en Burlada. Vuelta a cocheras y Mari Cruz fue trasladada hasta Oricáin para mover, junto a una docena de compañeros, villavesas a una explanada cercana. Cuando el fuego estuvo domado, ayudó a devolver los vehículos de transporte a su lugar de descanso. Eran las once de la noche. Mari Cruz estaba, en su día libre, fuera de servicio. No dudó, como tantos, en ayudar.
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