"Alejandro Talavante se dejó un toro vivo en Las Ventas hace unos días. Yo no estaba en la plaza, así que solo puedo imaginarlo"

Actualizado el 23/10/2022 a las 11:23
Alejandro Talavante se dejó un toro vivo en Las Ventas hace unos días. Yo no estaba en la plaza, así que solo puedo imaginarlo. Lo tengo allí, encallando, y vengo rumiando su desdicha. Vaya por delante que si es el final de Alejandro Talavante me importa poco pues yo ya lo vi torear y para mí se queda. Remataba un natural detrás de la cadera en el tercio de Las Ventas, que es una pupila sagrada y cambiante. Lo alumbraban los focos como un hombre de neón y, llevando atrás la mano y soltando la muñeca, remató el muletazo y el toro lo rodeó por cintura y él miró al tendido con una mueca de satisfacción y sorpresa. Entonces, la plaza sintió en las yugulares el pulso de la vida y en la ciudad los riders y las notarias y los porteros que se llaman Manolo advirtieron un fogonazo que no sabían de dónde les venía. Cuando alguien tiene éxito, queda condenado a repetirlo, como si una vez no fuera más que suficiente. Los que pretenden que José Tomás siga toreando no han entendido nada. Los toreros deben acabarse como la vida, como el verano. Desconfío de los toreros que siempre pueden, que siempre quieren, como si el corazón fuera una máquina. Siempre deseando, siempre adelante, más lejos, más fuerte, y no. Si un artista es un artista y no una tostadora o el secretario de un juzgado, debe agotarse y desesperarse y no poder más. Debe fracasar y arrastrar los pies y rendirse porque la vida hay veces en que no se puede con ella y ese día nos debe llegar y debemos decir: “Ya está. Hasta aquí he llegado”. Y más vale que sepas que todo en la vida es en vano, pues el tiempo lo borrará todo. Todo. Dice Rubén Lardín que escribir y torear -y vivir- consiste en caminar alrededor de un pozo de sombras, que es el toro. Ahora me imagino a Alejandro en el quicio de las oscuridades, quieto los dos últimos minutos que van del segundo al tercer aviso, sabiendo que se le iba al corral, haciendo que se le fuera, quieto con su destino a cuestas, y yo junto a él y a su abismo, a punto de caer.
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