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"Una sola llamada más a “disfrutar de las pequeñas cosas” y vendo la casa y me juego el dinero en un casino de las Bahamas"

Avatar del Chapu Apaolaza Chapu Apaolaza09/10/2022
Una sola llamada más a “disfrutar de las pequeñas cosas” y vendo la casa y me juego el dinero en un casino de las Bahamas enterrado entre botellas de champaña y latas de caviar vacías. Las buenas intenciones en las redes resultan ya más sospechosas que las malas. Llegado el momento, para la gente todo son pequeñas cosas. Hay tipos que filman atardeceres en la Polinesia sentados en el porche del palafito sobre un mar turquesa de corales, peces fosforescentes y mantarrayas, se sirven dos copas de chardonnay bien frío con su nueva novia modelo y surfista profesional hawaiana, y te invitan en Instagram a “disfrutar de las pequeñas cosas”. De esas pequeñas cosas. A no liarse con sofisticaciones, ya me entienden. Yo maldigo las pequeñas cosas pues, siquiera en la consideración de las pequeñas cosas como pequeñas ya vive la ambición de otras más grandes. El masaje emocional sobre las pequeñas cosas incurre en todos los errores de apreciación del tamaño de esas cosas. Comprobar que el sol ha salido por el Este o tener un par de huevos y una loncha de tocino que echar a la sartén son dos cosas grandes y no pequeñas porque dan medida de que la guerra nuclear aún no ha empezado y que uno tiene algo para comer. Sin esas pequeñas cosas, las grandes no tendrían sentido, pues es limitado el placer de dormir en un cinco estrellas sabiendo que al día siguiente se vuelve a la chabola y al atasco. La sola distinción entre cosas pequeñas y grandes esconde además la pretensión de desdeñar la cosa grande, esa que la celebración de la cosa pequeña en el fondo desprecia por no poder alcanzarla. Una cosa es celebrar los huevos fritos con panceta y otra muy distinta, echar por tierra el tres estrellas Michelín: la comida templada, la factura excesiva, la ración escasa, el esnobismo inverso de desdeñar lo que no se puede pagar. El peor de los vicios del pequeñacosismo supone que el que llama al deleite en las pequeñas cosas se toma distancia de otros que al parecer no saben apreciarlas y viven como esclavos de las otras cosas grandes. La humildad pretendida es una de las formas más graves de soberbia.
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