Activar Notificaciones

×

Su navegador tiene las notificaciones bloqueadas. Para obtener mas informacion sobre como desbloquear las notificaciones pulse sobre el enlace de mas abajo.

Como desbloquear las notificaciones.

Turismo Navarra

Ruta por los paisajes de Navarra, lección de geología

Un viaje sorprendente para entender la creación de nuestros paisajes y que nos remonta millones de años atrás.

Vídeo geología
Vídeo geología
Un paseo por los paisajes de Navarra a través de la geología.
alt
Vídeo geología
  • Conocer Navarra
Actualizada 16/04/2021 a las 16:13

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 44 con fecha septiembre de 2016. Textos de FRAN SANZ y fotografías de ARCHIVO GLI Y FRAN SANZ)

 

 

Macizos graníticos y entornos volcánicos en Cinco Villas; masas de caliza que esconden tesoros subterráneos, como en las sierras de Urbasa y Andía; foces cortadas como por un cuchillo por ríos obstinados; la creación de los Pirineos que dio lugar al flysch y las margas de Pamplona; los yacimientos potásicos del Perdón, Izaga o Javier; diapiros como el de Arteta; los yesos en la Ribera o el increíble paisaje de ‘badlands’ de las Bardenas Reales. Una lección de geología queda expuesta a nuestros ojos si nos aventuramos a descubrir Navarra a través de esta curiosa mirada.

Vivimos en una sociedad en la que la naturaleza y la tecnología van de la mano. Cada vez nos resulta más fácil y cómodo llevar a cabo actividades al aire libre como el senderismo, el cicloturismo o los deportes de aventura. Gracias a la cartografía digital, el uso de los GPS’s o las aplicaciones móviles, nuestro ritual a la hora de preparar una bonita excursión en familia o con los amigos se nos plantea como una tarea fácil y emocionante. Podemos navegar entre desfiladeros rocosos a través del río Salazar a su paso por la foz de Arbayún, podemos ascender a la peña de Ezkaurre y divisar los Pirineos o escalar la peña de Echauri y disfrutar de sus vistas, descender a las cuevas de Astiz en Aralar y contemplar sus tesoros subterráneos y hacer espeleo–aventura, disfrutar de las maravillosas vistas desde San Donato o incluso recorrer pedaleando los paisajes inigualables de las Bardenas. Y cuando lo hacemos, al viajero, al paseante, al excursionista, a todos no­­so­tros nos acude a la mente una pregunta: ¿cómo se ha formado un paisaje tan increíble y desde cuándo existe?

Responder no es fácil. Para ello necesitamos dos cosas importantes: saber ubicarnos con precisión y entender qué significa el tiempo geológico. En el primer caso, nuestra ubicación espacial y la definición de todo lo que nos rodea es ahora más sencillo gracias a la tecnología, que facilita el entendimiento de algunas ideas básicas que los profesionales de la geología intentan transmitir a través de mapas y textos con gran contenido geográfico.

Sin embargo, la velocidad cada vez más rápida e incesante de nuestra vida diaria nos está dificultando el aprendizaje del segundo pilar básico: la escala de tiempo geológico.

 

MEDIR EN MILLONES DE AÑOS

Nuestra mente está muy preparada para entender y asumir lo que supone dedicar unos minutos para llegar a un sitio, o las horas que debemos emplear para terminar un proyecto. Sin embargo, no lo está tanto para asimilar el hecho de que un cristal de yeso de varios metros de longitud haya tardado casi un millón de años en formarse dentro de una cueva, o aún más, que durante todo ese tiempo, las condiciones ambientales que han propiciado la formación de ese cristal han permanecido invariables en el tiempo. ¿Cómo podemos asumir que todo ha permanecido constante en un sitio determinado durante cientos de miles o millones de años, cuando en nuestra vida diaria cada minuto o cada segundo parece muy distinto al anterior? Y yendo aún más allá, ¿cómo podemos asumir algo así cuando ha quedado demostrado que el hombre es capaz de modificar su entorno en un cortísimo periodo de tiempo? Esta es sin lugar a dudas la faceta más difícil de asumir en la geología, pero también es la base de toda su filosofía y lo que le confiere una enorme belleza: la inmensidad en el tiempo y en el espacio.

Ahora que ya tenemos presente lo importante que es entender una escala temporal que habla en forma de millones de años, estamos preparados para comprender que una lengua glaciar se pueda fundir en cuestión de cientos de años en el Pirineo por efecto de un cambio en el clima; para comprender que haga falta un arqueólogo para desenterrar asentamientos del Antiguo Egipto que han quedado sepultados bajo la arena por la acción geológica del viento durante varios miles de años; o para darse cuenta de que la acción geológica de las aguas superficiales han tardado varios millones de años en esculpir paisajes como Castildeterra en Las Bardenas.

E incluso podemos percatarnos de lo que significa la dinámica terrestre: hoy disponemos de herramientas para saber que nuestra superficie se mueve. Este desplazamiento se debe a que vivimos sobre la capa más superficial de la Tierra, cuyo espesor va desde pocos kilómetros hasta incluso cien kilómetros. Y esta “delgada” capa está fragmentada en trozos irregulares a los que llamamos placas litosféricas, las cuales chocan o se separan unas respecto de otras.

Este desplazamiento en algunas placas litosféricas puede ser de hasta 100 mm en un año. Estamos hablando de una distancia que podemos medir con la palma de la mano, lo que hace que nos parezca ridículo. Veámoslo a escala geológica y supongamos que estamos de viaje paseando por el campo y tomamos un descanso sobre un peñasco formado por una roca cuya edad sea de 600 millones de años. Estamos diciendo que si este desplazamiento milimétrico hubiese permanecido constante en el tiempo, nuestra pequeña roca sobre esa placa litosférica se habría desplazado en todo ese tiempo una distancia de hasta 60.000,000.000 mm, es decir, 60.000 km; dicho de otro modo, habría dado una vuelta completa a la Tierra y media vuelta de más. Esto ha pasado de parecer ridículo a ser algo asombroso.

Y es que la enorme magnitud de las unidades de medida que controlan un proceso geológico es algo muy habitual en geología. Por ejemplo, en algunas escalas de magnitud sísmica algunos autores suelen indicar como valor de referencia en la escala de Ritcher, la energía liberada por una bomba atómica. Así, el lector puede hacerse una idea de la energía que es capaz de liberar un terremoto y entender su potencial destructor.

Ahora que ya hemos ajustado nuestra escala de tiempo y espacio en nuestra mente, nuestra siguiente pregunta sería por dónde empezar para responder a nuestra pregunta de cómo y cuándo se formó nuestro paisaje. Nadie pone en duda que Navarra es un territorio rico gracias a su gran diversidad cultural, su herencia histórica, su famosa gastronomía o la gran cantidad de espacios naturales y toda su variedad faunística y ecológica. Lo que tampoco debemos poner en duda es que Navarra tiene además una enorme riqueza geológica y que ésta se puede disfrutar sin grandes desplazamientos y sin necesidad de un gran esfuerzo visual para reconocerla en el paisaje. Tenemos la suerte de poder encontrar una cantidad ingente de aspectos geológicos muy interesantes: rocas ígneas que recuerdan lo que en tiempos muy remotos fue una región volcánica, grandes cuevas llenas de tesoros naturales como en Urbasa, Andía o Larra o parques naturales con paisajes casi lunares como es el caso de las Bardenas.

 

PASADO VOLCÁNICO EN PEÑAS DE AIA

En el entorno de Cinco Villas, donde nuestro mapa geológico representa colores rojos, rosas y morados, encontramos algunos puntos singulares muy emblemáticos. Desde Bera/Vera de Bidasoa hacia el oeste, nos encontramos con un gran macizo de granito: las Peñas de Aia. Como si se tratase de un gran envoltorio arrugado y que se amolda a la forma del caramelo que intenta proteger, así ocurre con las rocas del periodo Carbonífero que durante millones de años albergaron y protegieron una gran masa granítica que hace 280 millones de años ascendió de las profundidades en forma de magma líquido hasta que se enfrió. Poco a poco, las grandes deformaciones que ha sufrido la corteza con el paso del tiempo y la acción de las aguas, han permitido que ese increíble caramelo fundido, ahora convertido en granito, aflore en la superficie y sea incluso más duro que las rocas que lo envolvían, carcomidas por la erosión y presentes tan sólo a los pies de las peñas.

El gran envoltorio era frágil, tenía grietas y a través de ellas, el líquido fundido se hizo paso y creó numerosas vetas de mineral que el hombre supo explotar desde la época romana. Podemos ver numerosas minas en Bera/Vera de Bidasoa, Oiartzun, Lesaka, Yanci y un largo etcétera, donde se han explotado desde hace mucho minerales como la pirita, la galena, la esfalerita, la fluorita y otros muchos. Por último, existen otros vestigios de rocas volcánicas como el basalto en puntos como Larrun, Mendaur o Ibantelli.

Todas estas rocas ígneas son el resultado de una época convulsa en la que nuestra corteza terrestre sufrió una gran actividad tectónica, llamada Orogenia Hercínica. En esta época, todos los continentes tendieron a formar una única masa terrestre denominada Pangea II, que inmediatamente se separó de nuevo, fragmentando la corteza en grandes placas, de la misma manera que los bloques de hielo flotando en el mar.

 

EL AGUA, ESCULTORA PACIENTE

Y también en este entorno de Cinco Villas, aunque más al este, podemos encontrar otros tesoros subterráneos que fueron creados mucho tiempo después. La historia geológica ha permitido perpetuar la presencia de importantes masas de caliza que nacieron en plataformas marinas muy antiguas, ahora convertidas en roca y encajadas entre las rocas de esquistos y pizarras paleozoicas. La labor incesante pero delicada del agua ha creado lo que hoy conocemos como las cuevas del complejo kárstico de Urdax y Zugarramurdi. Un oscuro mundo lleno de cavidades, estalactitas, columnas y todo tipo de maravillas creadas por el agua, se pueden encontrar entre los entresijos de estas calizas fracturadas y llenas de historia y misticismo.

Otro aspecto que habla por sí solo sobre la riqueza de Navarra es el agua. Este gran recurso natural, que fluye incesante desde las altas montañas, es capaz de tallar la roca dando lugar a magníficas foces como las de Lumbier, Arbayún, Burgui, Benasa, Ugarrón, Mintxate y muchísimas otras más. Como un hacha corta un tronco de madera, así secciona el río la montaña a su paso. Pero en lugar de hacerlo con un solo golpe y de forma inminente, se toma su tiempo y va horadando grano a grano y esculpiendo las paredes de la foz, moldeando cada superficie, formando cavidades y recovecos que las aves aprovechan para anidar, saltos y rellanos donde la vegetación florece como jardines verticales, o escondrijos sombríos que sirven de guarida a la fauna salvaje.

No sólo el agua de los ríos es fuente de riqueza, también el agua subterránea que se halla oculta en los grandes macizos rocosos de caliza. En Navarra podemos encontrar grandes montañas calizas que albergan este recurso natural si paseamos por las sierras de Urbasa y Andía, la sierra de Aralar o el gran macizo kárstico de Larra. Este tipo de roca es un acuífero por naturaleza, permitiendo el almacenamiento y el flujo de agua en su interior, hasta que ésta decide escapar de las entrañas de la roca en busca de valles y parajes. Esta fuga incesante de agua, como el ansia de conocimiento de un niño cuya madre no puede controlar, aprovecha cualquier descuido como una fractura o un sustrato impermeable para saltar al exterior en forma de surgencias tan magníficas como el nacedero del río Urederra en Urbasa, el nacimiento del río Ubagua en Andía, el nacimiento del río Ertzilla en Iribas, o los manantiales de Arteta e Ibero en Andía, Irañeta en la falda sur de Aralar o los manantiales de Ancín en la Sierra de Codés.

Quizá estas sierras calcáreas son el mejor ejemplo para mostrar el poder disolvente del agua, generando no sólo en su interior grandes cavidades y formas caprichosas, sino parajes dignos de visitar como los campos de dolinas en el Raso de Urbasa, en Aralar o en los Altos de Goñi, el polje de Zumbelz en Andía, las cuevas y sumideros de Aralar o las simas y lapiaces de Larra, formas acuchilladas que cortan como el filo de una navaja.

 

LA FASE PIRENAICA

Pero remontémonos de nuevo en el pasado. Una época en la que los Pirineos todavía eran un proyecto en fase de creación, hace 65 millones de años, justo tras la extinción de los dinosaurios y otras especies. En aquel momento, el relieve navarro presentaba una disposición contraria a la actual, con un mar profundo hacia el norte y un relieve abrupto formado por el macizo del Ebro en el sur. Los ríos drenaban hacia el norte y Pamplona se situaba en una plataforma marina bajo el mar, oxigenada y llena de vida. Vestigios de aquella época situada en el periodo Paleoceno son las grandes calizas marinas que hoy son macizos calizos ricos en agua subterránea como Urbasa y Andía.

Pero en esta época convulsa, un gran ciclo orogénico, el Ciclo Alpino, cobra su máxima expresión dando comienzo la fase Pirenaica, que modificará para siempre el aspecto que en su día tuvo nuestra tierra. El choque entre las placas Ibérica y Europea generará grandes plegamientos y fracturas y con ellas, grandes terremotos. Y fue durante el periodo Eoceno, hace aproximadamente 50 millones de años, cuando grandes terremotos provocaron el hundimiento de la plataforma marina hasta los fondos abisales profundos. Afortunadamente, varios millones de años más tarde, estos terrenos sumergidos en las profundidades fueron emergiendo de nuevo por efecto del progresivo choque que generó el Pirineo y el consiguiente retroceso de los mares. Sin embargo, este periodo de tiempo geológico dejó un registro rocoso único. Hablamos del flysch y las margas de Pamplona.

La marga, esta roca gris azulada que se extiende desde los pies de la sierra de Sarbil en Echauri hasta Yesa, donde sirve de paso para el embalse a los pies de la sierra de Leyre, se formó a partir de sedimentos de arcilla y carbonato depositados en medios marinos alejados de la costa. Las rocas que forman el flysch, generalmente calcarenitas y margas, afloran de forma gradual desde Pamplona hacia el noreste. Se formaron a partir de sedimentos que las corrientes marinas arrastraban hasta el talud continental. La gran singularidad de este flysch son las increíbles geometrías que presenta debido a sus numerosos repliegues y fallas, tan apretados como los pliegues de un nudo marinero. Grandes ejemplos de estas rocas los podemos ver en la carretera hacia Isaba, en Itoiz o en la vertiente norte del valle de Lónguida en Villaveta.

 

CREACIÓN DE LAS CUENCAS POTÁSICAS

Un tiempo después, hace 30 millones de años durante el periodo Oligoceno, la emersión del Pirineo y el retroceso del mar dieron paso a una etapa dominada por la interrupción con el mar. Un breve instante antes de que comenzase dicho periodo, un pequeño evento tuvo lugar. En la línea de costa que en aquel entonces se situaba en el eje entre el Perdón y Javier, se crearon cuencas marinas restringidas, como ocurre en los actuales lagoons de áreas desérticas, formándose magníficos cristales salinos que fueron rápidamente tapizados por la arena. Se trata de las cuencas potásicas de El Perdón, Izaga y Javier.

En aquél nuevo ambiente donde las grandes montañas se extendían ahora hacia el noreste y las áreas deprimidas y lacustres se extendían por el sur, comienza una etapa de fuerte erosión de estos jóvenes relieves y su posterior depósito aguas abajo. La fuerza erosiva, ahora en su máximo esplendor, se liberó en forma de grandes abanicos aluviales y mantos de arrollada que tapizaron el relieve con grandes capas de grava y arena arrancadas de las cimas montañosas pirenaicas, y que luego se convirtieron en conglomerados. Pero esta etapa convulsa de violentos cambios del relieve todavía no se había detenido. Los propios sedimentos recientemente creados y las rocas subyacentes seguían deformándose y elevándose por el empuje incesante del Pirineo. En una pugna de poder entre la creación del relieve y su destrucción por la erosión de las aguas, se elevaron sobre el paisaje algunos bastiones sobrevivientes de aquella lucha: el sinclinal invertido de la sierra de Izaga.

 

SIERRA DE IZAGA, RELIEVE INVERTIDO

La magnificencia de esta cima es doble. Durante su ascenso a la peña se recorre la historia geológica a través de estratos que van desde las margas de ambientes marinos en la base de la montaña, hasta los conglomerados formados a partir de los abanicos aluviales y que ahora coronan la montaña. Por otro lado, esta montaña representa uno de los mejores ejemplos de un relieve invertido, ya que su orografía en forma de A esconde en su interior una estructura geológica en forma de U, es decir un sinclinal. Otros grandes ejemplos de esta situación los podemos ver en el sinclinal colgado de San Donato en la Sierra de Andía, o el sinclinal colgado del Castillo de Acher, en nuestro territorio vecino de Huesca.

 

LA FALLA DE ESTELLA Y LOS DIAPIROS

Si volvemos a ver nuestro mapa geológico de Navarra, nos damos cuenta de que la distribución de la paleta de colores a izquierda y derecha es muy distinta. Mientras que a la derecha de Pamplona nos movemos en colores anaranjados, en la izquierda dominan los verdes, a veces con algunas motas de color rosa y azul. Un gran límite que va del noreste al suroeste, desde Elizondo hasta Estella, secciona estas dos grandes áreas. Es la falla de Estella, que secciona nuestro subsuelo como el cuchillo corta la tarta hasta su base más profunda. Y a través de esta profunda herida, igual que lo haría la sangre, fluyen las rocas más plásticas y menos densas como los yesos y las sales que fueron depositadas en épocas más antiguas, en un periodo llamado Keuper hace 230 millones de años, y que ahora ven la luz a través de un lento ascenso que ha durado muchos millones de años y en cuyo viaje han arrastrado fragmentos de rocas ígneas: las ofitas. Se trata de los diapiros, estructuras circulares deprimidas rodeadas de farallones rocosos, y salpicadas de yacimientos de roca ofítica. Podemos admirar algunos ejemplos como los diapiros de Estella, Salinas de Oro, Lorca, Arteta, Anoz y otros muchos.

Además de la magia que se esconde en la génesis de estas estructuras circulares, a menudo ofrecen puntos singulares de especial interés. El diapiro de Arteta es precisamente el lugar donde las aguas bicarbonatado–cálcicas que se cobijaban en las calizas de Andía, excavaron el núcleo salino del diapiro y descubrieron una vía de escape tras la sierra de Saldise y que ahora nos permite beber agua de calidad. Las rocas ofíticas que acompañan los diapiros son además un recurso industrial importante ya que, por su dureza y competencia, se utilizan como árido en las capas de rodadura de nuestras carreteras o en las capas de piedra que se colocan bajo las vías del ferrocarril. Pero la belleza del diapiro no sólo radica en su interior. Durante el ascenso de estas masas salinas con forma de globo, las rocas circundantes se deformaron y se fracturaron, de ahí que casi siempre los diapiros se encuentren rodeados de sierras más o menos abruptas con estratos verticalizados. Algunas de estas fracturas permiten que la roca se disloque, dejándonos ver su interior a lo largo de cientos de metros, y permitiéndonos subir a lo más alto para ver el paisaje. Este es el caso de la falla de Echauri y la Sierra de Sarbil, un magnífico paraíso de escaladores desde cuya cima, el Cabezón de Echauri, se pueden divisar montañas como la sierra del Perdón, la sierra de Alaiz, la sierra de Izaga, los montes Gaztelu y Txurregi o la confluencia de los ríos Arga y Araquil.

 

LA RIBERA Y LA DEPRESIÓN DEL EBRO

Vayamos ahora a un periodo geológico reciente que va desde el Oligoceno hasta el Mioceno, comenzando hace 30 millones de años y que termina hace escasamente 5 millones de años. Durante estos largos 25 millones de años, un inmenso ambiente lacustre se había implantado en nuestra Ribera y más allá hacia la depresión del Ebro en Zaragoza. La evaporación intensa de estas aguas, mezcla de aguas de origen marino y de las aguas dulces que ahora de­sembocaban en el lago, dieron lugar a algunas de las rocas más importantes del registro sedimentario: el yeso. Los mejores ejemplos se hallan en lugares como Falces o Los Arcos, de ahí que las grandes formaciones yesíferas de la Ribera reciban el sobrenombre de Yesos de Falces o Yesos de Los Arcos. Intercaladas con otras unidades formadas esencialmente por arcilla, limo o arena, fueron colmatando esta gran cuenca lacustre al mismo tiempo que se iban deformando por los últimos empujes generados por el Pirineo. El resultado fue la formación de grandes pliegues anticlinales y sinclinales en la Ribera suroccidental y cuya observación requiere de varios kilómetros de desplazamiento. El anticlinal de Falces es un buen ejemplo de ello. Esta estructura, originalmente en forma de A pero ahora descabezada, tiene su núcleo en Falces y sus límites norte y sur en Lerín y Peralta, respectivamente. La gran extensión de estas estructuras y la variada mineralogía que presenta son magníficos alicientes para su visita. Además, cuando subimos al mirador de Falces en lo alto del resalte rocoso, resulta asombroso admirar cómo la labor erosiva de los cauces divagantes de los ríos Arga y Aragón han creado una llanura de inundación de varios kilómetros de anchura a ambos lados del actual cauce en algunos puntos.

Los Pirineos ya están formados. Una larga época de convulsiones y pliegues ha llegado a su fin y ahora domina la calma. Las aguas superficiales han generado grandes mantos de depósitos desde su inicio y han acabado sepultando de sedimentos las zonas deprimidas. En este momento, tiene lugar otra nueva sorpresa: los ríos se abren paso hacia el Mediterráneo al horadar los montes Catalanes. La consecuencia de este suceso es el descenso del nivel de base de los ríos, lo que confiere de nuevo a las aguas un mayor poder erosivo, igual que las aguas en una catarata o en un rápido. Los ríos vuelven a recobrar su espíritu incisivo y comienzan de nuevo a arrancar los sedimentos que poco antes acababan de depositar. Estos materiales son todavía blandos y erosionables. La acción combinada del agua y el viento, junto con un clima propicio, comenzaron a limar las laderas formando “badlands”, un paisaje de laderas acuchilladas y vegetación reducida que hoy podemos ver en las Bardenas. Estos relieves lunares presentan un techo plano, reflejo de lo que antiguamente fue la superficie de una cuenca colmatada de sedimentos, y unas laderas jóvenes recién moldeadas y atravesadas por regueros e interfluvios que coalescen en cauces temporales y vals que desembocan en el río Ebro. Magníficos ejemplos son la Ralla, el Rallón o el Vedado de Eguaras en la Bardena Blanca o el Rincón del Bú, Peña Negra o Sancho Abarca en la Bardena Negra.

La montaña, el valle, la roca desnuda o el prado y el bosque. En definitiva, nuestro paisaje se muestra en ocasiones tímido y en ocasiones exuberante, pero siempre esconde un potencial geológico digno de ser visitado y entendido. Y esta geología, bien escuchada, bien entendida, es un regalo para todos los que disfrutamos con ella.

 

EL MAPA GEOLÓGICO DE NAVARRA

Cuando uno tiene por primera vez ante sus ojos un mapa geológico de Navarra, lo primero que llama la atención es la gran variedad de colores que el autor ha utilizado. A decir verdad, aparece toda una paleta completa de colores que van desde los rojos, rosas y morados, los azules y los verdes, hasta los naranjas, amarillos o grises. Estos colores no responden al gusto del artista, sino que están expresamente estandarizados y corresponden a materiales de edades muy diferentes. De esta manera, la gran variedad de colores en nuestro mapa equivale a una gran cantidad diferente de rocas que afloran en nuestro paisaje, lo que lleva implícita una larga e intensa historia geológica que ha quedado registrada en cada rincón de nuestra tierra. En el fondo, nuestro paisaje es como nuestra piel. En ella queda registrada cada abrasión y cada quemazón que sufrimos a lo largo del tiempo. Se agrieta, se desescama, se pliega o se tensa. Nuestro paisaje deja entrever el resultado de esa dilatada historia de sucesos que ha hecho que se rompa, se doble o se distienda en cada ciclo orogénico. Los agentes geológicos como el agua, el viento o el hielo han trabajado intensamente como el escultor en una gran obra, ofreciéndonos un paisaje muy trabajado y lleno de matices.

La mejor forma de recorrer esta gran diversidad de colores y matices es dar un primer paso, ponerse las botas y la mochila y lanzarse a disfrutar de nuestro entorno. Ya existen numerosas rutas y senderos que nos permiten ver la riqueza natural. Añadamos ahora un peldaño más y veamos qué tiene que contar la geología en cada una de estas rutas… Y es que la ventaja añadida que la geología ofrece es precisamente, que cuenta una historia a veces increíble. Como las siluetas de un cuento que cobran vida cuando se pasan las hojas a toda velocidad, así se aprecia el dinamismo terrestre cuando revivimos en el campo una historia contada en breves minutos y cuya duración ha supuesto millones de años de ritmo geológico.

 

 

Te puede interesar

Te puede interesar

Te puede interesar


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

Más información
volver arriba
Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE