La gran paradoja de los Sanfermines

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José Mari Belcos

Actualizado el 25/06/2020 a las 15:39

Los Sanfermines, como cualquier celebración pagana en torno a un hecho religioso, son una paradoja en sí mismos. Este microcosmos de 204 horas de desenfreno y devoción encierra al menos otras tantas contradicciones. Desde que me dedico a pensar en la fiesta más que a vivirla -otro contrasentido-, de todas sus incoherencias, la que más me llama la atención es que una de las celebraciones más anárquicas del mundo esté regida por un estricto horario de actividades escrupulosamente organizado que se repite año tras año sin variar apenas una coma. La presentación del programa de los Sanfermines, que los periódicos nos encargamos de trasladar a los lectores puntualmente, es en realidad la noticia menos noticiable del año. Todo el mundo sabe qué va a pasar, cuándo y dónde.

 

El programa es la red de seguridad que necesitamos para zambullirnos en el caos. Nos da la tranquilidad de saber que, aunque uno esté desayunando un bocadillo de ajoarriero a las ocho de la mañana con unos desconocidos en un bar de San Lorenzo sin saber muy bien cómo ha llegado allí, fuera el orden de la fiesta continúa inalterable y, cuando queramos, podemos reincorporarnos a la normalidad. El programa es la cuerda que nos conecta con la superficie cuando buceamos en las aguas profundas y desconocidas de la fiesta.

 

El programa es parte de nuestro carácter. Es un camino asfaltado por el que casi nadie frecuenta, pero que siempre está ahí cuando uno lo necesita. En Sanfermines, esa ventana de oportunidad para el espíritu, preferimos abrirnos paso entre la espesura con un machete -o con un vaso de cerveza rebosante en medio de una peña en hora punta- antes que recorrer los caminos conocidos. Sin embargo, nos gusta saber que, en un momento dado, podemos regresar a la senda marcada y tomar aire antes de retornar a la selva roja y blanca de lo inexplorado.

 

Y también, no lo vamos a negar, nos tranquiliza saber que, cuando todo acabe, cuando los camiones del agua retiren de un plumazo los últimos restos de esta bendita celebración, nos seguirán esperando la Taconera con sus patos y las noches de agosto. Mientras tanto, nos ataremos la cuerda a la cintura y nos sumergiremos, como Cary Elwes en ‘La princesa prometida’, en las arenas movedizas de la fiesta. Nos vemos a la vuelta. En tierra firme, a ser posible.

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