

Trump o Clinton: un duelo por todo lo bajo acorde a los nuevos tiempos (2016)
El ruido de las redes sociales, el exabrupto como argumento político, el populismo dirigido a las tripas y corazones en lugar de a los cerebros, la polarización de las posturas ideológicas y el abuso de la victimización como palanca de cambio social marcaron unos comicios impropios de la tradición democrática de Estados Unidos
Actualizado el 02/11/2020 a las 17:48
Elección presidencial: quincuagésima octava
Fecha: 8 de noviembre de 2016
Votantes: 137.053.916
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Donald Trump: votos populares, 62.984.828; votos electorales, 304 (*)
Hillary Clinton: votos populares, 65.853.514; votos electorales, 227 (*)
(*) Siete votos electorales -2 de Trump y 5 de Hillary Clinton- no fueron recibidos
por los candidatos a los que les correspondían y en su lugar fueron asignados a
Colin Powell (3), Faith Spotted Eagle, John Kasich, Ron Paul y Bernie Sanders (ver "La lupa").
Lo cierto es que la victoria de Trump en el proceso de nominación del Partido Republicano abrió la caja de los truenos. Él se impuso a los senadores Ted Cruz y Marco Rubio, y al gobernador John Kasich, gracias entre otras razones a que pudo copar muchos más minutos de televisión que sus competidores, haciendo bueno el lema de que “más vale que hablen de uno, aunque sea para mal”. Pero Trump no era un hombre de partido y su victoria desagradó a la mayoría de los prebostes Republicanos. Antes de la convención nacional, varios delegados intentaron incluso cambiar el sistema de elección para impedir que Trump resultara nominado, pero el presidente de la convención no aceptó la componenda. El 19 de julio, en Cleveland (Ohio), Trump recibió el apoyo de 1725 delegados, superando a Cruz (484), Kasich (125) y Rubio (123). Una vez ya no había vuelta atrás, figuras descollantes del espectro ideológico Republicano como Bob Dole o Mitch McConnell mostraron su apoyo público a Trump, aunque estos gestos solo mitigaron la sensación de que Trump era un verso libre aupado por un populismo de baja estofa, más cercano al ejemplo de Belén Esteban -y la falsa sensación de familiaridad y cercanía provocada por la televisión- que a los exuberantes recursos retóricos y a la convicción mesiánica de un genuino político populista como William Jennings Bryan.
El otro gran partido, el Demócrata, vivió una pelea mucho más cerrada a la hora de elegir al campeón que le representaría en las elecciones presidenciales. Hillary Clinton, quien tras su ajustadísima derrota frente a Barack Obama en 2008 había ejercido como secretaria de Estado, volvió a probar suerte y, otra vez, partió de inicio como favorita. El vicepresidente durante los dos mandatos de Obama, Joe Biden, no se atrevió a desafiar a Clinton, pero sí lo hizo el senador Bernie Sanders. Otros nombres aparecieron encima de la mesa, aunque muy pronto la lucha fue cosa de dos: Clinton ganó en los caucus de Iowa por un premonitorio y exiguo 0,2% de diferencia; Sanders respondió de inmediato con un triunfo en New Hampshire; y a partir de entonces ambos se repartieron victorias casi equitativamente, si bien Clinton ganó en los estados más poblados como California, Nueva York, Florida y Texas. El 7 de junio, Clinton se aseguró el número necesario de delegados favorables y días después recibió el apoyo de Obama, Biden e incluso el propio Sanders.
La campaña electoral fue una sucesión de errores, estridencias y zancadillas. Trump quizá solo acertó con su eslogan “Make America Great Again” (“Hacer a América grande de nuevo”): en contra de lo que pueda parecer, el lema no tenía prácticamente nada de imperialista; bien al contrario, apelaba a toda esa población americana que se veía agredida por el bombardeo continuo de acusaciones de racismo, machismo, insolidaridad, de “no saber” votar e incluso de destruir el planeta haciendo algo tan cotidiano como vivir. Es decir, apelaba al hombre blanco heterosexual de clase media con un mensaje que imitaba el mismo juego que el de los colectivos “discriminados”, victimizando a su destinatario y prometiéndole un futuro en el que recobraría su orgullo herido. Trump, así, no inventó nada; solo se atrevió a darle la vuelta a la tortilla. Al hacerlo, no enmendó un error, sino que sumó un nuevo problema a una sociedad inmadura e indefensa ante este tipo de discursos. Con toda seguridad, Trump intuía las implicaciones de su plan, pero a lo largo de su exitosa carrera empresarial había dado sobradas muestras de que la ambición estaba por encima de la ética en su escala de valores.
El problema para Trump durante la campaña fue que aplicar ese eslogan a situaciones cotidianas implicaba pisar demasiados charcos. Él, además, saltó sobre todos ellos con alegría, dando munición de sobra a sus enemigos para criticarle. Pero quizá incluso esto entraba dentro de sus planes, ya que le permitió marcar la agenda, copar los minutos de televisión y dar ejemplo -aunque fuera un mal ejemplo- de cómo responder a los ataques sin arrugarse lo más mínimo. Los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, los ecologistas, el propio Obama, México, Rusia y Putin e incluso China y la OTAN... todos ellos tuvieron razones para poner el grito en el cielo por los controvertidos comentarios de Trump. En un primer momento, las encuestas reflejaron un evidente desgaste del candidato, lo cual fue recibido con alegría y alivio -curiosamente- por buena parte de los líderes del Partido Republicano, y llevó a Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, a solicitar incluso que su formación le retirara los fondos de campaña a Trump y los empleara en centrarse en conservar la mayoría en los dos cámaras del Congreso.
Pero Trump contaba con una gran -e involuntaria- aliada: Hillary Clinton. Una información del diario The New York Times reveló que había enviado y recibido correos desde un servidor privado durante el desempeño de sus funciones como secretaria de Estado. El caso se complicó cuando el FBI confirmó que esta neglicencia podía abrir una brecha de seguridad, lo que fue aprovechado por Trump para agitar el miedo atávico de los estadounidenses al espionaje ruso. Clinton se disculpó públicamente, pero al mismo tiempo entró en la pelea cuerpo a cuerpo con su rival y, por parte de ambos bandos, se inició una escalada de teorías de la conspiración basadas en supuestos informes secretos, correos electrónicos eliminados y filtraciones a anónimos grupos de difusión de noticias (o bulos): todo tipo de basura desfiló por los medios de comunicación y las redes sociales, con el único resultado cierto de rebajar la confianza de los votantes en la democracia y en sus represantes políticos. Así, los debates presidenciales fueron tan broncos como podía esperarse. Sirvan como ejemplos que Trump llegara a amenazar con someter a un juicio a Clinton o anunciara su negativa a aceptar el resultado de las elecciones si no resultaba ganador. Todo era ruido, titulares para la prensa menos escrupulosa y carnaza para las redes sociales.
Las encuestas de última hora, tan poco fiables en un contexto como este, en el que se iba a votar por el menos malo de los candidatos, daban como ganadora a Hillary Clinton. Trump, mientras, se aferraba al espirítu de Harry S. Truman, el hombre que en 1948 había pasado de presidente desahuciado a imponerse por sorpresa a Thomas E. Dewey. Los sondeos acertaron en cuanto al voto popular, ya que la aspirante Demócrata logró casi 3 millones de sufragios más que Trump; sin embargo, en el Colegio Electoral, que es el que realmente cuenta en Estados Unidos, el vencedor fue el Republicano, por 304 a 227. Trump logró romper con la “muralla azul”, la alineación de estados que había sido fiel a los Demócratas desde 1992, y decantó la balanza con sus ajustadas victorias en Michigan, Wisconsin y Pensilvania.
Una contienda tan sucia como esta no podía acabar sin un turbio epílogo. Las agencias de inteligencia abrieron una investigación sobre la posible interferencia de Rusia en las elecciones y sus conclusiones fueron descorazonadoras: se demostró que tales maniobras se habían producido, pero que no era posible establecer conexiones directas entre el gobierno ruso y los candidatos. Es decir, se puso de relieve que la sociedad estadounidense ha perdido buena parte de su capacidad de defenderse de la manipulación... y por eso, con o sin Trump, los rasgos que hicieron de los comicios de 2016 uno de los puntos más bajos de la democracia en Estados Unidos parecen haber venido para quedarse. El sueño de George Washington, de Alexander Hamilton, de Thomas Jefferson, de James Madison, de los Padres Fundadores de la Constitución y de tantos otros presidentes y políticos que hemos visto desfilar a lo largo de esta maratoniana serie de reportajes, está hoy -quizá- más amenazado que nunca.
Toda esta actividad tuvo consecuencias. Ocurrió lo nunca visto: hasta diez miembros del Colegio Electoral quisieron cambiar su voto respecto del que estaban obligados moralmente a realizar. Algunos no pudieron hacerlo al final, porque las juntas electorales de sus respectivos estados se lo prohibieron por diversas razones, pero otros sí consiguieron su propósito. Como si de una moraleja se tratara, la mayoría de estos no optaron por dejar de votar a Trump, sino a su rival, Hillary Clinton. La candidata Demócrata perdió cinco votos electorales por culpa de los “electores infieles”, mientras que Trump solo se dejó dos por el camino.
Los destinarios de estos votos forman una alineación heterogénea: el exsecretario de Estado Colin Powell se llevó tres; John Kasich, Ron Paul, Bernie Sanders y Faith Spotted Eagle (ver Glosario), uno cada uno. De todas maneras, a efectos prácticos esta epidemia de incumplimientos del compromiso adquirido con los ciudadanos estadounidenses, con los votantes y con la democracia no tuvo ninguna consecuencia en el resultado de los comicios, ya que hubiera sido necesario que Donald Trump perdiera 37 electores y que estos entregaran sus votos a Hillary Clinton, lo que estuvo lejos de suceder.
A lo largo de la historia democrática de Estados Unidos se habían dado 155 casos de “electores infieles” -incluyendo los destinados a los presidentes y a los vicepresidentes-, si bien el único caso comparable al de 2016 se produjo en 1808, cuando seis electores dejaron de votar a James Madison incumpliendo el juramento.
El récord de “infidelidad” se estableció en 1872, si bien tenía una razón de ser: el candidato Horace Greeley falleció el 29 de noviembre, 24 días después de que los ciudadanos pasaran por las urnas, pero antes de que el Colegio Electoral se reuniera. Así, hubo lógicas dudas de quién debía recibir esos votos: 63 de los 66 electores votaron a otros políticos -el gobernador de Indiana, Thomas A. Hendricks, un destacado compañero de partido de Greeley, y el candidato a la vicepresidencia, Benjamin G. Brown, se llevaron la mayoría-, mientras que los otros tres fueron fieles al mandato de votar a Horace Greeley. El premio para ellos fue ver sus sufragios rechazados, bajo la lógica aplastante de que no se podía elegir como presidente a un muerto. A partir de entonces, en los siguientes 144 años hasta 2016, no se dio ni un solo caso de “infidelidad” múltiple en el Colegio Electoral.
Satiacum afirmó que fallaba a su juramento debido a que Clinton no había defendido lo suficiente a las tribus originarias de Norteamérica. Spotted Eagle, por su parte, se mostró sorprendida por el voto recibido y deseó que sirviera para visibilizar su lucha en contra del proyecto Keystone XL, que planeaba la construcción entre Estados Unidos y Canadá de un oleoducto -aprobado finalmente por Donald Trump en 2017-.
El primer indio norteamericano en lograr un voto en el Colegio Electoral fue Charles Curtis, en 1928, elegido vicepresidente de la mano de Herbert Hoover.
Te puede interesar

