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La crisis económica y el ansia de cambio encumbran a Obama (2008)

La crisis económica y el ansia de cambio encumbran a Obama (2008)

La designación del candidato del Partido Demócrata deparó un duelo tan competido entre Barack Obama y Hillary Clinton que ensombreció a la posterior elección presidencial

31/10/2020 a las 06:00

FICHA
Elección presidencial:
quincuagésima sexta
Fecha: 4 de noviembre de 2008
Votantes: 131.313.820
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Barack Obama: votos populares, 69.498.516; votos electorales, 365
John McCain: votos populares, 59.948.323; votos electorales, 173                                                                                                                                         

Hubo una generación que se emocionó con las heroicidades de John McClane en el Nakatomi Plaza, salvando a su exesposa Holly Gennaro de las garras del malvado terrorista Hans Gruber, a finales de los años 80. Para todos ellos, las elecciones de 2008 invitaban a hacer un chiste que salía solo: John McClane tenía una nueva misión, alcanzar la Casa Blanca. Pero no, aunque su nombre sonara parecido, el candidato Republicano de ese año no era el mismo que el protagonista de la Junga de Cristal: uno era John McClane, encarnado en la gran pantalla por Bruce Willis; el otro, John McCain, antiguo héroe de guerra en Vietnam y senador por Arizona. El desafío del segundo, no obstante, resultó a la postre tan complicado como los que se le planteaban al primero en la ficción.

McCain gozaba de gran prestigio. En 1967 fue herido y capturado por los norvietnamitas, sometido a torturas después, y aun así se empeñó en no ser liberado mediante un acuerdo que hiciera una excepción respecto a sus compañeros de cautiverio. Al fin, recuperó la libertad en 1973, aunque lastrado por problemas físicos crónicos. A principios de los 80 fue elegido en dos ocasiones para formar parte de la Cámara de Representantes y, después, como senador por Arizona, cargo en el que se mantuvo desde enero de 1987 hasta agosto de 2018. Además, McCain gozaba de ciertas simpatías incluso entre los menos afines a su ideario político conservador, ya que había demostrado en ocasiones una ductilidad que le alejaba de encasillamientos.

El problema para McCain era la pesada herencia que recibía de parte de George W. Bush. Como candidato del Partido Republicano, su figura estaba asociada a la del presidente, quien a lo largo de su segundo mandato había visto desplomarse su popularidad: la gestión del desastre provocado por el huracán Katrina y la crisis financiera que estalló en Estados Unidos en diciembre de 2007 le convirtieron en uno de los presidentes peor valorados de la historia del país. Bush, con todo, ya estaba amortizado debido a que no podía presentarse a un tercer mandato, pero la mancha en su reputación se extendió a sus colaboradores más cercanos y a los miembros de su gabinete, quienes se quedaron sin opciones de optar a la presidencia en 2008. Esto provocó que la carrera por la nominación en el Partido Republicano fuera especialmente abierta.

El primer favorito en los sondeos había sido el alcalde de Nueva York durante el 11-S, Rudy Giuliani. Sin embargo, pronto empezaron las sorpresas: en los caucus de Iowa se impuso el gobernador de Arkansas Mike Huckabee, lo cual le situó de inmediato en cabeza en las apuestas. Giuliani se rindió tras fracasar en las primarias de Florida, pero John McCain y Mitt Romney siguieron en la pelea. McCain ganó precisamente en Florida y también en New Hampshire, y llegó al “supermartes” en buena posición. Finalmente, en la gran fiesta de la democracia orgánica de los partidos que es ese “supermartes”, McCain venció en la mayoría de los estados y aseguró su nominación.

En el bando rival, el de los Demócratas, la designación del candidato fue tanto o más interesante que los propios comicios presidenciales. De hecho, el duelo entre Barack Obama y Hillary Clinton oscureció la posterior contienda electoral entre el propio Obama y McCain; un caso que, si bien no es único en la historia de Estados Unidos, sí que se sale de la norma. Hillary Clinton, esposa del expresidente Bill Clinton y senadora por Nueva York, parecía estar en el sitio adecuado y en el momento justo. Al mismo ritmo que la popularidad de Bush caía y, por tanto, se hacía más plausible una victoria de los Demócratas en la siguiente cita con las urnas, su nombre comenzó a sonar en los “mentideros” políticos. La victoria de los Demócratas en las elecciones de mitad de mandato, en las que recuperaron el control de ambas cámaras, era un precedente esperanzador. Así, el de Clinton no fue el único nombre en sonar, aunque sí el que parecía contar con más opciones de inicio. Se especuló también con la posibilidad de que Al Gore probara suerte tras su derrota en 2000, y lo mismo se dijo sobre John Kerry, el candidato en 2004. Con menos opciones aparecían viejos conocidos como John Edwards -aspirante a la vicepresidencia cuatro años antes- o un senador de Delaware que hoy en día está de actualidad: Joe Biden.

No obstante, un joven senador de Illinois, casi un advenedizo que había accedido al Congreso en una fecha tan reciente como 2005, trazó un plan asombrosamente ambicioso. Pensó que ya estaba preparado para alcanzar la Casa Blanca y que podía conseguirlo. Reclutó a un veterano estratega electoral, David Axelrod, para idear una campaña que le llevara al objetivo. Parecía una locura, pero ese senador, Barack Obama, contaba con virtudes poderosas: su temple, su voz y su rostro enamoraban a las cámaras; además, se trataba de un nombre nuevo en el panorama político, un soplo de aire fresco. También contaba con una esposa inteligente y poseedora de una telegenia tan potente o más que la suya, y ella, Michelle Obama, podía ayudarle a pelear el favor del voto femenino a la propia Hillary Clinton. Por si todo esto no fuera suficiente, se trataba de un afroamericano: una victoria suya en las elecciones le convertiría en el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, lo cual, en sí mismo, ya era una sugerente carta de presentación. Para muchos norteamericanos había llegado el momento de saldar la cuenta pendiente con la más populosa de sus minorías.

El estado de Iowa, según estamos viendo a lo largo de esta serie, era la primera toma de contacto de los aspirantes con los ciudadanos y, como tal, se le concedía una extraordinaria importancia. El ganador de ese asalto fue Obama, mientras que Clinton rozó la debacle al terminar en tercer lugar, por detrás también de John Edwards. Este resonante triunfo puso en el mapa de la nación a Obama como el candidato del cambio y los sondeos reflejaron una extraordinaria subida de su popularidad. Clinton estaba contra las cuerdas, pero entonces sacó su genio político. En lugar de rendirse, incrementó su exposición pública, participando en debates y entrevistas difundidas por televisión e internet, con la vista puesta en las primarias de New Hampshire. Su estrategia funcionó. Contradiciendo a las previsiones, que daban como ganador allí a Obama, Clinton se impuso por un 2% de diferencia. La pelea no había hecho nada más que comenzar y sería cosa de dos, ya que, a finales de enero, John Edwards dio un paso al costado tras quedar relegado al tercer lugar no solo en New Hampshire, sino también en Carolina del Sur.

El “supermartes” parecía llamado a dictar sentencia. La intensidad y emoción del duelo entre Obama y Clinton hizo que esta cita fuera el punto álgido de todo el proceso relacionado con los comicios de 2008, por encima incluso de la celebración de las elecciones presidenciales, como atestiguan los apelativos que recibió: “Mega Martes”, “Giga Martes”, “Tsunami Martes” o “el Martes del Destino”. No obstante, el Partido Demócrata estaba tan dividido entre Obama y Clinton que la celebración de primarias y caucus en 23 estados ese 5 de febrero aclaró muy poco el panorama. Clinton ganó en diez estados; Obama, en trece. Y mientras este sumaba 847 delegados, aquella contaba con 834. El show debía continuar. Quedaban más primarias por delante y el resultado era indeciso. La campaña se recrudeció hasta el extremo de que ambos candidatos corrieron el riesgo de destruir las posibilidades de su contrincante de cara a la pelea realmente importante, la que debía enfrentarles a McCain, pero ya nadie podía pisar el freno. La competición prosiguió hasta el último día: el 3 de junio, fecha en la que Dakota del Sur y Montana cerraban el proceso de primarias, Obama alcanzó por fin el número suficiente de delegados para asegurarse la nominación.

Después de esta agotadora lucha con Clinton, Obama había pasado de ser un semidesconocido a convertirse en una celebridad a nivel mundial. Su siguiente objetivo era ganar a McCain en las elecciones presidenciales y para ello lanzó su campaña “Washington debe cambiar”, acompañada por el afortunadísimo eslogan “Sí se puede” (ver “La lupa”). McCain se vio superado por la ola de ilusión generada por su rival. Además, le pesaba la herencia de Bush, la impopularidad del presidente, y también las turbulencias económicas desatadas por el colapso de la burbuja inmobiliaria años antes, y que se recrudecieron en septiembre de 2008 con una crisis bursátil mundial.

El triunfo de Obama no resultó una sorpresa. Ganó por un amplio margen tanto en el voto popular como en el electoral, con diferencias a las que los Demócratas no se habían asomado desde los tiempos de Lyndon B. Johnson. De hecho, Obama consiguió para su partido la victoria en estados que le habían estado vedados en las últimas décadas, como Carolina del Norte (desde 1976), o Indiana y Virginia (desde 1964). Además, sus casi 69,5 millones de sufragios siguen siendo un récord todavía no igualado por ningún otro candidato presidencial.

Barack Obama cumplió así la última etapa de su hoja de ruta, que le había llevado desde un despacho de abogados y las aulas de la Universidad de Chicago en 2005 hasta la Casa Blanca en 2008. El siguiente paso, según sus promesas, era cambiar Washington. Si lo consiguió o no sería una cuestión debatible; no obstante, en el próximo reportaje veremos si al menos consiguió convencer a los estadounidenses de que se merecía una segunda oportunidad.  

 

 

La lupa: “Yes We Can”, las tres palabras que llevan a la Casa Blanca

Ninguna expresión surgida del ámbito político y, en especial, de una campaña electoral ha calado con tanta fuerza en el vocabulario popular como el “Yes We Can”, adaptado al castellano como “Sí se puede”. No en vano, el acierto de este eslogan se ha convertido en una especie de referente alquímico, un ideal que se ha intentado replicar o igualar infinidad de veces en los últimos años, o directamente se ha adoptado incluso como nombre de marca: el ejemplo más evidente de este uso es el del partido político Podemos.

El origen del eslogan lo glosó hace unos años el periodista Chapu Apaolaza -habitual de la sección de Opinión de Diario de Navarra-. Según su relato, en 2004, un joven Barack Obama intentó convencer al reputado estratega político David Axelrod para que se embarcara en la aventura de encumbrarle hasta la Casa Blanca.  Lo consiguió, finalmente, y Axelrod a cambio le regaló una de las principales herramientas para su victoria: el “Yes We Can”.

La primera vez que Obama la pronunció, la frase completa fue la siguiente: "Nos dicen que no podemos cambiar Washington, pero sí, podemos. Yes, we can!". Axelrod, años después, explicó su trascendencia: "En lugar de decir lo bueno que era, hablaba de lo que podemos hacer juntos. Daba la idea de que las cosas se podían cambiar".

No obstante, Obama se mostró reticente a usar ese lema en un primer momento. Le parecía “poco serio”. Sin embargo, su mujer, Michelle, logró convencerle. "Gracias a Dios estaba ella allí ese día", recordó Axelrod en su autobiografía.

Axelrod acompañó a Obama durante su elección como senador en 2004 y luego en las dos campañas presidenciales de 2008 y 2012. En todas ellas triunfó. "Obama es de esos candidatos que te encuentras una vez en la vida", reconoce Axelrod con modestia. También su “Yes We Can” es un eslogan irrepetible.

GLOSARIO

“SENADOR JUNIOR”: en el Senado de los Estados Unidos -una de las dos cámaras que forman el Congreso-, cada uno de los estados cuenta con dos senadores, independientemente de su población o de su poderío económico. De estos dos senadores de cada estado, a quien lleva más años en el cargo se le conoce como “senador senior” y el otro recibe la denominación de “senador junior”. Barack Obama se presentó a las elecciones de 2008 como “senador junior” de Illinois.

Sobre el papel, no hay dos categorías diferentes de senadores, de manera que la distinción tiene un valor simbólico, si bien las reglas internas del funcionamiento del Senado otorgan más atribuciones a los miembros con mayor antigüedad.

Actualmente, hay cien senadores en Estados Unidos, que son elegidos por votación popular desde 1913. Son nombrados para un período de seis años -renovable-, de manera que cada dos años se realizan elecciones en las que entra en juego un tercio de la Cámara.

La Constitución establece tres requisitos para los candidatos al Senado: deben tener como mínimo 30 años, acreditar su condición de ciudadanos de Estados Unidos al menos durante los nueve años anteriores y, además, residir en el estado al que desean representar.

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