Caricatura que representa al candidato Blaine tatuado con todo tipo de escándalos políticos.
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Caricatura que representa al candidato Blaine tatuado con todo tipo de escándalos políticos.

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Grover "el bueno" y el valor político de la honestidad (1884)

El candidato del Partido Demócrata, Grover Cleveland, rompió la hegemonía Republicana con su honradez y transparencia como principales activos

Javier Iborra

Actualizado el 29/09/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: vigésimo quinta

Fecha: 4 de noviembre de 1884

Votantes: 10.049.754

Estados: 38

Colegio electoral: 401 votos (201 necesarios)

Grover Cleveland: votos populares, 4.914.482; votos electorales, 219

James G. Blaine: votos populares, 4.856.903; votos electorales, 182                                                                                                                                 

 

El presidente elegido en los comicios de 1880, James Garfield, pertenecía a una facción del Partido Republicano partidaria de reformar la administración pública. Sin duda, hacía falta limpiar un sistema que en la época estaba roído por un perverso y corrupto sistema de patronazgo, después de que durante los ocho años de gobierno de Ulysses S. Grant, entre 1868 y 1876, se hubiera instaurado la práctica de cambiar apoyos políticos por cargos o empleos públicos. El sucesor de Grant, Rutherford Hayes, había intentado revertir esta situación, pero un solo mandato no era suficiente. Otros debían continuar su tarea... o aparcarla y dejar que la corrupción campara a sus anchas como en los tiempos de Grant. No faltaban partidarios de esta última postura: la corrupción genera adeptos, antes y ahora, sobre todo entre aquellos que se benefician de ella o los que se preguntan por qué ellos no van a hacer lo que otros hicieron antes. Por eso, cuanto más arraiga la corrupción, más difícil resulta de erradicar. 

Cuando el Partido Republicano nominó a Garfield para los comicios de 1880, apostó por proseguir la senda trazada por Hayes. Sin embargo, buena parte del partido no apoyaba la reforma, así que se buscó una solución de compromiso para evitar una ruptura abierta. Se eligió como candidato para la vicepresidencia a Chester Arthur, uno de los “leales” al legado de Grant y al sistema de patronazgo. El combo Garfield-Arthur ganó aquellas elecciones y, en 1881, se dispuso a gobernar el país.

Sin reparar en ello, el Partido Republicano había puesto a Garfield en una posición comprometida. Solo su presencia, su misma existencia, apartaba a los “leales” del poder. Si el presidente desaparecía, uno de los suyos ocuparía la Casa Blanca. Esto debió pensar Charles Jules Guiteau. Había sido un activo miembro del Partido Republicano durante algunas campañas electorales y consideraba que su trabajo merecía ser recompensado con un cargo. No en vano, esa había sido la práctica habitual durante años. Él soñaba con ser nombrado cónsul en alguna ciudad europea, pero su petición cayó en saco roto. Culpó a Hayes y a los reformadores de aquella repentina y puritana racanería, así que decidió vengarse. Esperó a Garfield en una estación de tren de Washington y le disparó, hiriéndole de gravedad. Al hacerlo, gritó: “¡Soy el más leal ("stalwart") entre los leales! Lo hice y quiero ser arrestado. ¡Arthur es el presidente ahora!”.

Garfield vivió varios meses después del atentado, pero no terminó de recuperarse del todo, empeoró finalmente y murió en el mes de septiembre de 1881. Guiteau fue juzgado por su crimen, hallado culpable y ahorcado el 30 de junio de 1882. La iniquidad de la reclamación de Guiteau quitó la venda de los ojos a muchos que habían transigido con el patronazgo. Uno de estos fue Chester Arthur. Primero, ascendió al cargo de presidente con normalidad (ya era la cuarta vez en la historia del país en que fallecía un presidente, dos por muerte natural y dos fruto de la violencia, así que el mecanismo de sucesión estaba más que probado). Y después dio la espalda a los “leales” y apoyó la regeneración. Así, el Congreso aprobó en 1883 una ley de reforma de la administración (Pendleton Act) que estableció la necesidad de aprobar exámenes para acceder a cargos públicos. Esto pretendía evitar, o al menos paliar, el mercadeo de puestos. Y Arthur la firmó.

El presidente se labró una notable popularidad gracias a un cabal desempeño de sus funciones. Parecía lógico que optara a la reelección. De hecho, lo intentó, pero cuando llegó la hora de celebrarse la Convención Nacional del Partido Republicano ya sabía que su salud no era buena y que muy posiblemente no viviría lo suficiente como para completar un segundo mandato. Aun así, mantuvo su candidatura, si bien no la defendió con pasión. Además, se encontró con un oponente poderoso dentro de su propio partido: James G. Blaine, derrotado en las convenciones nacionales de 1880 y 1884. Era un político importante, pero muy controvertido, siempre rodeado por acusaciones de corrupción. Sin embargo, fue capaz de reunir los apoyos suficientes para imponerse a Arthur y pelear al fin por la presidencia.

El Partido Demócrata se reunió después. Ya sabía que Blaine sería su rival, de manera que buscó al más honesto entre los suyos. Grover Cleveland, conocido por Grover “el bueno”, reunía el requisito principal; solo necesitó dos votaciones para imponerse en la Convención Nacional.

Durante la campaña no se habló casi de nada que no fuera la moral de los candidatos. Los casos de corrupción de Blaine se airearon ampliamente y, de entre ellos, gozó especial fortuna uno que implicaba algunas cartas que revelaban cómo había utilizado su influencia en el Congreso a favor de hombres de negocios a cambio de dinero. Estas terminaban con la frase “queme esta carta, lo cual se convirtió en un eslogan de campaña para sus oponentes.

Pero no solo Blaine, también Grover Cleveland se vio salpicado por la polémica. Poco antes de los comicios apareció una mujer, María Crofts Halpin, que reclamaba que el candidato Demócrata era el padre de su hijo. Él mismo reconocía haber tenido una relación con ella, pero no estaba seguro de ser realmente el padre del niño; sea como fuere, pagaba su manutención. Cuando el asunto se hizo público, Cleveland ordenó a sus asesores que respondieran “solo con la verdad” y así mitigó los daños que el tema pudiera causar a su candidatura.

En el Partido Republicano, mientras, el riesgo de escisión que se había vivido en elecciones anteriores se hizo aún más patente con Blaine como cabeza de cartel. Los "mestizos" -rivales de los "leales"- le habían apoyado en la Convención Nacional en 1880, pero la erupción de casos de inmoralidad política relacionados con él les convenció de que no era el hombre indicado para sanear la administración. Decidieron votar al partido rival, el Demócrata, y recibieron el impronunciable nombre de “mugwumps” (ver Glosario). Su cambio de chaqueta resultó, a la postre, decisivo.

Cleveland y Blaine encararon los comicios con absoluta incertidumbre sobre los resultados. Estaban tan igualados que cualquier estado podía ser decisivo, pero sobre todo era importante arrebatar al rival alguno de sus feudos tradicionales. Los Republicanos esperaban ganar en el Norte, mientras que los Demócratas contaban con la fidelidad del "Sólido Sur". Este cálculo beneficiaba a los Republicanos, como había quedado demostrado en las últimas citas electorales. La población de los estados norteños había experimentado un crecimiento espectacular desde los tiempos de la Guerra de Secesión y estos otorgaban por sí mismos la mayoría de los votos electorales. Si los Demócratas querían desbancar a los Republicanos y evitar que encadenaran siete mandatos consecutivos, debían robarles alguno de estos estados del norte.

Lo lograron. Y Nueva York fue la clave. Cleveland había sido gobernador del estado y gozaba de gran popularidad. Además, uno de los colaboradores de Blaine, un pastor protestante, pronunció un desacertado discurso que molestó a la numerosa población irlandesa y católica de Nueva York. Por solo 1.149 votos populares de diferencia, los Demócratas ganaron este enclave, sumaron los 36 votos electorales que este otorgaba.  Así superaron la mayoría simple y, por primera vez desde 1856, uno de los suyos ganó la carrera por la Casa Blanca.

* En la imagen de cabecera se puede ver una caricatura realizada por Bernhard Gillam para la revista Puck en la que el candidato James G. Blaine aparece tatuado con numerosos escándalos. Es una parodia de la obra 'Phryné devant l'aréopage', del francés Jean-Léon Gérôme.

La lupa: la revuelta de Haymarket Square
La lucha por los derechos de los trabajadores vivió uno de sus episodios fundacionales en mayo de 1886 en Chicago. La ciudad había experimentado un crecimiento demográfico desbocado desde los años 50, pasando de tener menos de 30.000 habitantes en 1850 a superar el millón en 1890. Esto la convertía en la segunda más poblada del país, solo por detrás de Nueva York, y todo se lo debía al ferrocarril y a las fábricas. Era, en sí misma, un símbolo de la Revolución Industrial.  Pero detrás de estas cifras en apariencia rutilantes había decenas de miles de personas sometidas a unas condiciones laborales indignas.

Los obreros experimentaban penurias similares a lo largo de todo Estados Unidos, así que comenzaron a asociarse. En la época cobró fuerza la Noble y Sagrada Orden de los Caballeros del Trabajo, que reclamaba mejoras pero a la vez se mantenía a una prudente distancia del anarquismo y del socialismo. De esta manera, las reivindicaciones seguían un cauce pacífico.

El 1 de mayo de 1886, en Chicago, comenzó una huelga masiva pero no violenta, que tenía como objeto reclamar la jornada laboral de ocho horas. Las concentraciones se sucedieron durante cuatro días sin incidentes. El propio alcalde de la ciudad estuvo presente en el lugar para garantizar que no hubiera problemas. Sin embargo, cuando cayó la noche del 4 de mayo y el alcalde se retiró, considerando que el acto había terminado, miles de manifestantes permanecieron en la plaza. Entonces, el inspector de policía John Bonfield determinó que era necesario desalojar a los huelguistas y trató de echarlos. No se sabe quién lo lanzó, pero un artefacto explotó en medio de los policías y estos reaccionaron disparando contra la multitud.

Varios policías habían fallecido en la explosión y un número indeterminado de obreros se contó entre los heridos o muertos por los disparos posteriores. El alcalde declaró el estado de sitio e impuso el toque de queda. Hubo una riada de detenciones. Finalmente, ocho trabajadores fueron juzgados y cuatro de ellos condenados a muerte (otro se suicidó en la cárcel) en un proceso rodeado de polémica y acusaciones de fraude.

Estos hechos dieron lugar a la conmemoración del Primero de mayo, que hoy en día está considerado el Día internacional de los trabajadores en buena parte del mundo. Curiosamente, no en Estados Unidos, donde se celebra el primer día de septiembre.

Glosario
MUGWUMPS”: Quizá sea este el término más extraño, difícil de deletrear y desconocido de todos los que van a pasar por esta sección. Como concepto tuvo una vigencia efímera, que se circunscribió a la década de los 80 del siglo XIX, y se utilizó para designar a los miembros del Partido Republicano que estaban tan molestos por la candidatura de James G. Blaine, a quien consideraban un político corrupto, que dieron su apoyo a la formación rival. Dado que las elecciones de 1884 se decantaron por unos pocos cientos de sufragios en el estado de Nueva York, se apunta a que este trasvase de votos resultó a la postre decisivo.

La palabra “mugwump” procedía de un idioma amerindio, el algonquino, que había sido uno de los más hablados alrededor de los Grandes Lagos hasta que los colonos blancos expulsaron o aniquilaron a los indios. Otro término de esta sección, caucus, también procedía -según algunas teorías- de este idioma. “Mugwump” significa en su lengua original “líder, jefe o persona importante”, de manera que se utilizó de modo peyorativo para ridiculizar a aquellos que “se pasaban de honestos”, con un significado equivalente a nuestra expresión “más papistas que el papa”.

El escritor Mark Twain se incluyó a sí mismo entre los “mugwumps” en su ensayo 'Ciencia cristiana'.

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