Las elecciones que se sientan a la mesa con Kennedy y Nixon (1896)
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Las elecciones que se sientan a la mesa con Kennedy y Nixon (1896)

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Los comicios olvidados que se sientan a la mesa con el Kennedy contra Nixon (1896)

La pugna entre McKinley y el brillante orador Jennings Bryan, en plena crisis económica, ha pasado a la posteridad como una de las más intensas e interesantes de la historia de Estados Unidos

Javier Iborra

Actualizado el 02/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: vigésimo octava

Fecha: 3 de noviembre de 1896

Votantes: 13.938.674

Estados: 45

Colegio electoral: 447 votos (224 necesarios)

William McKinley: votos populares, 7.111.607; votos electorales, 271

William Jennings Bryan: votos populares, 6.509.052; votos electorales, 145                                                                                              

Las 28ª elecciones presidenciales en Estados Unidos ocupan un lugar en el Olimpo de la política. Parafraseando al futbolista Antoine Griezmann, “se sientan en la misma mesa” que un Kennedy contra Nixon o el Lincoln contra McClellan. Sin embargo, su fama solo alcanza a los entusiastas de la política; a pocos lectores menos avezados en la historia de Estados Unidos les sonarán siquiera los nombres de William McKinley y William Jennings Bryan, los dos aspirantes que protagonizaron la gran pugna de 1896.

¿Pero dónde reside el interés por estas elecciones? Curiosamente, no en los temas que se abordaron durante la campaña, sino en el vigor y la fuerza con los que las candidaturas fueron defendidas. Los ciudadanos, como pocas veces, se sintieron apelados y movidos a votar. Unos por miedo, otros movidos por una genuina fascinación. El magnetismo de un orador brillante trasladó a Estados Unidos a los tiempos de la Grecia clásica, cuando un discurso era más poderoso que un millar de hoplitas. Al mismo tiempo, asomó al país al precipicio del populismo, de la utilización de las pasiones con fines electorales. A lo largo de este reportaje veremos si los votantes se lanzaron a ese pozo o lograron esquivarlo.

El contexto ayudaba a la aparición de mesías redentores. Tres años antes se había producido un nuevo sobresalto económico, el Pánico de 1893 (ver “La lupa”), que había empobrecido a muchos a lo largo de todo el país o exacerbado aún más los problemas que en algunas zonas ya se venían arrastrando desde tiempo atrás. Este era el caso de miles de granjeros del Medio Oeste.

Los Demócratas, que gobernaban desde la Casa Blanca de la mano de Grover Cleveland, creían que no iban a tener ninguna posibilidad en las siguientes elecciones. Organizaron su Convención Nacional en Chicago en medio de un hondo pesimismo. Pero de repente surgió una luz. Un antiguo diputado de Nebraska, casi un desconocido, tomó la palabra en medio de aquellos anodinos debates. Se llamaba William Jennings Bryan y habló con una elocuencia sorprendente, con la pasión de un predicador, de un iluminado. Más que consignas políticas parecía lanzar admoniciones morales, y pocos escaparon a su embrujo. Aquel discurso se ha conservado en los libros como uno de los remarcables de la historia de Estados Unidos. Desde luego, Bryan consiguió ser nominado candidato por el Partido Demócrata para las elecciones de 1896.

Este modo de ganar relevancia a través del don de la palabra contaba con cierta tradición en el país. Un orador brillante como Daniel Webster recibió el premio a su elocuencia con una candidatura a las elecciones de 1836, y el propio Abraham Lincoln se ganó su nominación a la presidencia gracias a que forzó -y ganó- una serie de debates con el por entonces mucho más conocido senador Stephen Douglas. Pero además de bonitas palabras, de puro oropel, el discurso de Bryan se asentaba sobre ideas firmes. Él, desde luego, las expuso con claridad. Con valentía, incluso. Muchas iban en contra de lo defendido por el presidente Grover Cleveland y una respetable porción del Partido Demócrata. Por ejemplo, reclamó que se abandonara el "patrón oro" para adoptar el "bimetalismo", que se apostara por una alta inflación y, además, criticó a esos poderes económicos que en su opinión habían arrastrado al país a la crisis económica.

En su memorable discurso en la Convención Nacional Demócrata, Bryan habló de “la crucifixión de la humanidad en una cruz de hierro”, utilizando la retórica con ecos bíblicos a la que era tan proclive. De inmediato, aquella intervención se ganó el sobrenombre de “Discurso de la Cruz de Oro”, las palabras dichas por Bryan cruzaron el continente de lado a lado, resonando en todos los rincones de la nación, y a su paso despertaron una ola de entusiasmo entre las clases bajas y los más desfavorecidos por la crisis.

Grover Cleveland no podía estar de acuerdo con las ideas de Bryan. Él pertenecía a Nueva York, uno de los estados en los que tenían más fuerza esos poderes económicos a los que Bryan acusaba de empobrecer al resto del país. Además, era un ferreo partidario del "patrón oro". Si los Demócratas apostaban por Bryan, esto equivalía a repudiar los cuatro años de gobierno de Cleveland y su Administación. También significaba que el partido se rompería en dos, aunque no necesariamente por la mitad. Una camarilla cercana al presidente Cleveland, conocida como los Demócratas borbónicos, se separó y se unió al Partido Nacional Democrático. Llegó a presentar un candidato a las elecciones de 1896, el senador John M. Palmer, pero sus resultados fueron peor que discretos.

El Partido Demócrata podía pensar que lo que perdía con la marcha de los simpatizantes de Cleveland lo iba a ganar absorbiendo a los Populistas. De hecho, las propuestas de Bryan en su "Discurso de la Cruz de Oro" encajaban como un guante con el ideario del Partido del Pueblo. Tanto es así que para muchos fue esta formación la que absorbió a los Demócratas, y no al contrario. Lo cierto es que los Populistas también nominaron a Bryan para las elecciones, de manera que el candidato iba a contar con el apoyo de los dos partidos.

Los Republicanos, por su parte, habían llegado al verano con la sensación de que en unos meses desembarcarían en la Casa Blanca. Sin embargo, con la irrupción de Bryan, habría lucha. En su Convención Nacional eligieron en la primera votación y por amplio margen a William McKinley, un veterano de la Guerra de Secesión que había dado su nombre a un famoso arancel en los tiempos de Benjamin Harrison. Su figura generaba confianza entre los hombres de negocios y, en general, en todos aquellos a los que les marchaban razonablemente bien las cosas en el terreno económico: desde prósperos agricultores hasta trabajadores cualificados. Todos ellos compartían los recelos sobre las promesas populistas de Bryan.

La campaña electoral marcó un hito por su intensidad. Bryan realizó una incansable gira en la que pronunció más de 600 discursos. Fue aclamado allá por donde pasó, entre otras razones porque tuvo la prudencia de no pisar el noreste de Estados Unidos, en el que tenía poco que ganar. No obstante, aquellos que le escucharon coincidieron en señalar que, por su imponente estatura y su estudiado tono de voz, sus discursos causaban honda impresión en los asistentes.

Pero los Republicanos no se quedaron atrás. Su candidato, McKinley, llevó a cabo una estrategia en cierto modo contraria, que gozaba de cierta tradición y consistía en no realizar apariciones públicas. Nos puede resultar muy chocante, pero funcionaba. Recibía el nombre de “front porch campaign” (ver Glosario), es decir, “campaña del porche delantero”, porque era precisamente en el porche de su casa en el único lugar en el que el candidato se relacionaba con los ciudadanos o con los representantes públicos que fueran a visitarle. Entonces, ¿cómo se entiende que los Republicanos estuvieran a la altura del trotamundos Bryan durante la campaña? La clave está en el dinero.

El director de campaña de McKinley era Mark Hanna, seguramente el primero de su clase que utilizó una estrategia que podríamos calificar como moderna. Se reunió con banqueros, industriales y hombres de negocios y les recordó el peligro que para ellos suponía tener a Bryan en la Casa Blanca. Si querían evitarlo, él aceptaría una generosa donación. En un cheque, a ser posible. Así logró reunir un monto económico como no se había visto antes para una campaña. Según algunas estimaciones, disponía de cinco veces más recursos que el Partido Demócrata.

Con todo este dinero, Hanna pagó a oradores que criticaban a Bryan, imprimió panfletos y montó en trenes a medio millón de votantes para llevarlos a la casa de McKinley. Allí, en el porche delantero, escucharon al candidato Republicano y le aclamaron. De todas maneras, el mayor efecto de la estrategia de Hanna fue que las críticas a Bryan calaron en parte de la población y muchos comenzaron a verle como un exaltado que abusaba de una retórico religiosa, casi apocalíptica, para referirse a temas mundanos.

De todas maneras, el asunto casi único de debate -a distancia- entre los candidatos fue la dicotomía entre el "patrón oro" y el "bimetalismo", como de hecho había ocurrido en las anteriores citas electorales. Para 1896 la economía había comenzado ya a recuperarse y las ideas más ortodoxas y menos radicales de McKinley se beneficiaron de ello. Además, también la división en el Partido Demócrata remó a favor del candidato Republicano: en unas elecciones con una altísima participación (se rozó el 80%), McKinley logró un amplio triunfo en el Colegio Electoral, apoyado por los votantes del noreste y también por los inmigrantes alemanes de los estados norteños del Medio Oeste. Bryan ganó en el sur, en el oeste y en los estados más rurales del Medio Oeste, pero perdió estados clave como Kentucky debido a la dispersión del voto entre las dos facciones Demócratas.

De esta manera, Estados Unidos dio la espalda a la tentación del populismo y al poder de la palabra. Pero estas elecciones tuvieron consecuencias más hondas si cabe: el Partido Demócrata pagó la osadía de su apuesta no solo con la derrota en las urnas, sino dividido y debilitado. El Partido Republicano, por su parte, llegó a la Casa Blanca en el momento justo, cuando la economía encaraba un ciclo expansivo. Así, estos ingredientes se coaligaron para que en 1896 se inaugurara una etapa de dominio de los Republicanos que se extendió, casi sin interrupción, hasta 1912.

La lupa: el Pánico de 1893
La crisis económica que se cernió sobre Estados Unidos en 1893 recibe, como muchas anteriores, el sobrenombre de “Pánico”. Quizá en este caso la expresión no se ajusta del todo, ya que no hubo un crack puntual, un momento determinado en el que el miedo atenazó la economía, como en otras ocasiones. Más bien se dio una espiral negativa, dentro y fuera del país norteamericano, que desembocó en una depresión cuyos efectos más vívidos se hicieron patentes entre 1893 y 1896.

Los estadounidenses de la época culparon al presidente Grover Cleveland, igual que habían hecho con Martin Van Buren quienes vivieron la crisis de 1833. Y de hecho, a largo plazo, la principal consecuencia de esta crisis fue que provocó la división del Partido Demócrata y la relativa absorción del Partido Populista, lo que puso en bandeja una serie de triunfos electorales al Partido Republicano.

Otra consecuencia importante de la crisis de 1893 fue el aumento del antisemitismo. El gobierno de Estados Unidos sufrió una importante carestía de reservas de oro y necesitó solicitar préstamos. Los obtuvo de empresarios célebres como J.P. Morgan o de banqueros como la familia Rothschild, de ascendencia judía. La extraordinaria riqueza de estos hombres de negocios -casi obscena si se comparaba con la pobreza en la que estaba sumida buena parte del país- alimentó los recelos antisemitas, sobre todo entre los miembros del Partido del Pueblo.

GLOSARIO
FRONT PORCH CAMPAIGN”: Con esta expresión se alude a un tiempo de campaña electoral que tuvo gran predicamento en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX y que consistía en que que el candidato permaneciera en su casa y solo diera discursos a los seguidores que se acercaran a visitarle.

Ejemplos existosos de este tipo de campañas fueron las de James A. Garfield en 1880, Grover Cleveland en 1884, Benjamin Harrison en 1888 y la de William McKinley en 1896, que es quizá la más famosa de todas las “campañas de porche delantero”.

 

 

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