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Harry S. Truman y la Cofradía del Clavo Ardiendo (1948)

Harry S. Truman y la Cofradía del Clavo Ardiendo (1948)

El sucesor de Roosevelt, Harry S. Truman, logró una victoria tan inesperada en las elecciones de 1948 que se ha convertido en paradigma de los vuelcos electorales y en una suerte de santo al que se acogen los condenados por las encuestas

15/10/2020 a las 06:00

FICHA: 
Elección presidencial: cuadragésimo primera
Fecha: 2 de noviembre de 1948
Votantes: 48.793.535
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Harry S. Truman: votos populares, 24.179.347; votos electorales, 303
Thomas E. Dewey: votos populares, 21.991.292; votos electorales, 189
Strom Thurmond: votos populares, 1.175.930; votos electorales, 39                                                                                                                                 

José Miguel González Martín del Campo, más conocido como Míchel, y de profesión jugador de fútbol, entrenador y comentarista, dejó durante su periplo televisivo alguna frase -más ocurrente que sesuda- para el recuerdo. Uno de sus momentos cumbre fue cuando bautizó como Cofradía del Clavo Ardiendo a los madridistas que en la primavera de 2005 todavía confiaban en que su equipo remontara en la competición doméstica y se aferraban a las exiguas posibilidades matemáticas de ganar la Liga. No explicó Míchel a quién profesaban devoción aquellos cofrades, pero si un caso similar se hubiera dado en Estados Unidos y con unas elecciones de por medio, sabemos que la última esperanza del candidato condenado por las encuestas hubiera sido guardarse una estampita de Harry S. Truman en el bolsillo de la chaqueta o poner su efigie en el salpicadero del coche, como un San Antonio. No en vano, cada vez que alguno de los aspirantes a la Casa Blanca marcha por detrás en los sondeos, muy destacado por lo bajo, apela al ejemplo de las elecciones de 1948. Aquel año, nadie daba un duro por las opciones del presidente por accidente Harry S. Truman de ganarse en las urnas la continuidad en el cargo. Sin embargo, este gobernante gris se reveló como un notable político de campaña y le comió la tostada al candidato del Partido Republicano, que ya se relamía con las mieles del triunfo.

Pero antes de analizar estas elecciones, hay que repasar la legislatura a la que habían de poner fin. En ella, Franklin D. Roosevelt elevó a la categoría de verdad profética los rumores que en los meses previos habían apuntado que su salud no era precisamente de hierro. Él se había esmerado en desmentir esa palabrería durante la campaña electoral correspondiente al año 44, como vimos en el reportaje anterior, pero la realidad es que el 12 de abril del 45, muy poco después de ser investido presidente de Estados Unidos por cuarta vez, sintió un extraño dolor en la cabeza y, a continuación, se desmayó. Los médicos poco pudieron hacer por salvarle, ya que falleció muy pocas horas después.

Con su muerte, Roosevelt dejó inconclusa buena parte de la tarea que tenía entre manos. Y no se trataba de asuntos precisamente sencillos. Porque si bien es cierto que la Segunda Guerra Mundial estaba prácticamente ganada para los Aliados en abril del 45, también lo era que la posguerra apuntaba ya a convertirse en un laberinto casi tan complicado como la propia contienda bélica. En aquel momento, la Unión Soviética ya aparecía en el horizonte como una nueva amenaza, como un enemigo mucho más que un aliado, y la carrera por Berlín había derivado en una competición abierta por decidir el futuro reparto de esferas de influencia en Europa. Además, en el otro frente, el del Pacífico, todavía quedaba por resolver el espinoso asunto de la rendición de Japón, la cual no parecía posible sin que mediara una orgía de sangre.

Con todos estos temas tuvo que lidiar Truman, el vicepresidente que el Partido Demócrata había impuesto a Roosevelt, dando pábulo a los ominosos rumores sobre su salud. Truman actuó con decisión, sobre todo en el frente japonés: dio luz verde al lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, lo que le valió un puesto de honor en una de las páginas más negras de la historia de la Humanidad. Pero Truman también tuvo un papel destacado en la fundación de las Naciones Unidas, e incluso se mostró tajante en la lucha contra la expansión del comunismo en Europa. Sus decisiones, desde luego, no estuvieron exentas de críticas, muchas de ellas fundadas, pero en su descargo se debe apuntar que la tarea que le correspondió parecía cincelada para una de esas personalidades que surgen muy de vez en cuando -y que la Fortuna, caprichosa, a veces hace coincidir en el tiempo y en el lugar exactos para que puedan brillar con toda su intensidad-. Truman, por desgracia, no era uno de esos hombres.

Además, por si el “sudoku” internacional no era ya suficientemente enrevesado, la economía estadounidense tampoco ayudó. Igual que en la anterior posguerra, Estados Unidos sufrió turbulencias al terminar el conflicto: en este caso, la inflación se desbordó, y en algunas zonas del país fue necesario racionar los alimentos como en tantos otros lugares de Europa -España incluida, desde luego-. Esta situación provocó otra oleada de huelgas como la de los años del Terror rojo, que ya analizamos con lupa en un reportaje anterior, solo que en esta ocasión el temor frente al comunismo había aumentado exponencialmente y las huelgas se veían como auténticas cuñas de la URSS para desestabilizar el territorio norteamericano.

Llegado el año 1948, Truman estaba contra las cuerdas. El partido rival, el Republicano, tenía tan claro que estaba ante la oportunidad de recuperar la Casa Blanca que evitó cualquier tipo de experimentos y se encomendó de nuevo a Thomas E. Dewey. En las filas Demócratas cundió el pánico. Y con él llegó la división. El sector más conservador, el más arraigado en el Sur y que todavía era de un racismo recalcitrante, se apiñó alrededor de Strom Thurmond, formó un nuevo grupo político, el Dixiecrat, y se lanzó a la carrera presidencial. No lo hizo con la intención de ganar realmente, sino de evitar que los candidatos principales alcanzaran la mayoría y, de este modo, se vieran obligados a negociar con un tercer partido para conseguir la investidura... es decir, pretendían hacer pasar por caja al futuro presidente, como tantas veces ocurre hoy en día en la política española. En el otro extremo del Partido Demócrata, la facción radical izquierdista también montó su propia formación, encabezada por el exvicepresidente Henry Wallace. Así, a la Convención Nacional Demócrata acudieron únicamente aquellos que no deseaban involucrarse en veleidades extremistas, y se celebró con la moral tan baja que simplemente se concedió la oportunidad a Truman de pelear por la reelección, creyendo que era un regalo envenenado.

Este era el panorama previo a la campaña electoral, aderezado con unas encuestas que daban como ganador a Dewey invariablemente. Pero esta sensación de que el triunfo estaba en su mano le jugó una mala pasada al candidato Republicano: le llevó a ser excesivamente cauto y a protagonizar una campaña de perfil bajo, minimizando la posibilidad de cometer errores. Y así cedió la iniciativa a un Truman que, por sorpresa, demostró una notable tenacidad, embarcándose en una maratoniana gira de discursos y apariciones públicas. Para viajar por todo el país, Truman utilizó un tren al que dio el elocuente sobrenombre de 'Ferdinand Magellan' (ver Glosario). La parte trasera del vehículo se había acondicionado a modo de estrado y desde allí realizaba sus discursos. Truman consiguió que las paradas de su tren se convirtieran en auténticos acontecimientos multitudinarios, y a través de ellos conseguió cambiar la imagen que el electorado tenía de él.

Llegado el momento de que las urnas dictaran sentencia, contra todo pronóstico, con un partido dividido en tres y afrontando una situación política interna y externa realmente complicada, Truman ganó. Logró el 49% del voto popular, y 2.303 votos electorales. Dewey se quedó con el 45% de los votos, 189 sufragios del colegio electoral... y un palmo de narices. Thurmond y Wallace, por su parte, no alcanzaron ni siquiera el 3% del voto popular, aunque al Partido Dixiecrat le valió para ganar en cuatro estados del profundo Sur.

Esta victoria de Truman se convirtió inmediatamente en un talismán para las causas perdidas electorales, pero lo más significativo es que sumó el quinto triunfo consecutivo para los Demócratas, cifra que ni antes habían conocido ni después han conseguido repetir.

La lupa: la derrota que solo lo fue en la portada

La imagen de Truman agitando un periódico en una estación subido a su famoso tren particular, el 'Ferdinand Magellan', quedó desde el mismo instante en que se produjo como uno de los iconos de la historia electoral en Estados Unidos.

Ese periódico que Truman enarbolaba eufórico era la edición del 3 de noviembre de 1948 del Chicago Tribune, cuya portada tenía el siguiente titular: "Dewey derrota a Truman". El error del Chicago Tribune se debió a la confianza que existía en un triunfo del candidato del Partido Republicano, lo cual pareció confirmarse a lo largo a la jornada electoral, conforme iban llegando los primeros resultados.

El Chicago Tribune no tardó en darse cuenta de su error ni en lamentar su precipitación. Los datos que apuntaban a una "inevitable" victoria de Dewey poco a poco fueron virando hacia un sorprendente triunfo de Truman. Sin embargo, ya era tarde. Para cuando el Tribune cambió su titular de portada ya habían sido impresos y enviados más de 100.000 ejemplares.

Para Truman, el desliz de este periódico era la guinda soñada a su victoria electoral, ya que entre el Tribune -cuya línea editorial le situaba muy cerca del Partido Republicano- y él mismo existía un largo historial de desencuentros.

Con motivo del 25 aniversario de las elecciones de 1948, el Chicago Tribune tenía pensado regalar a Truman una placa conmemorativa con el titular de aquella mítica portada. Por desgracia, no pudo hacerlo, ya que el por entonces expresidente falleció un año antes, el 22 de diciembre de 1972.

Glosario

“WHISTLE-STOP TOUR”: La campaña de Truman fue un rotundo éxito, como atestigua su inesperado triunfo en las elecciones de 1948. Esta se basó en una intensa gira de discursos, lo cual no tenía nada de novedoso, ya que otros candidatos como Jennings Bryan o Theodore Roosevelt también habían llevado a cabo estrategias similares. La particularidad de la campaña de Truman fue que consiguió rodearla de un aura pintoresca gracias al uso que realizó de un tren particular con el que no solo se desplazaba, sino que además le servía como plataforma para realizar los propios discursos. Ese tren, como ya se ha mencionado en el artículo principal, se llamaba 'Ferdinand Magellan' -en un honor al noble y explorador portugués- y se convirtió en una celebridad.

Este uso de un tren como plataforma particular de un candidato tampoco era del todo novedoso. Antes que Truman lo había utilizado el cinco veces candidato Eugene V. Debs en sus campañas de principios de siglo para pedir el voto para el Partido Socialista. Sin embargo, como Debs pertenecía a uno de esos "terceros partidos", sus periplos no alcanzaron la repercusión que si logró Truman, quien, más allá de su impopularidad al inicio de la campaña, no dejaba de ser el presidente en ejercicio buscando seguir en la Casa Blanca.

El término "whistle-stop tour" se debe a un comentario crítico del senador Republicano Robert Taft, que acusaba a Truman de obviar al Congreso durante el tramo final de su mandato, mientras dedicada su tiempo a hacer una gira alrededor de todo el país.

El 'Ferdinand Magellan' había sido construido en 1928 por la compañía Pullman y su nombre oficial era 'US number one presidencial railcard'. Todavía se conserva en el museo Gold Coast Railroad de Miami.

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