

Bill Clinton sorprende a Bush y rescata a los Demócratas (1992)
El fin de la Guerra Fría no sirvió al presidente George H. W. Bush para ilusionar a unos votantes preocupados por la economía y abrió la puerta al Partido Demócrata a lograr su primer triunfo desde 1976
Actualizado el 27/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: quincuagésima segunda
Fecha: 3 de noviembre de 1992
Votantes: 104.426.659
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 538 votos (270 necesarios)
Bill Clinton: votos populares, 44.909.806; votos electorales, 370
George H. W. Bush: votos populares, 39.104.500; votos electorales, 168
Ross Perot: votos populares, 19.743.821; votos electorales, 0
Los votantes estadounidenses, además, han dado tradicionalmente prioridad a los asuntos internos y, en especial, los relacionados con la economía, por delante de los internacionales. Y como el país estaba en recesión, las encuestas no concedían al presidente Bush el papel de favorito para los comicios de 1992. Lo sorprendente del caso es que tampoco asignaban ese cartel a ningún aspirante del principal partido rival, el Demócrata, sino a un independiente: Ross Perot. La situación no tenía precedentes en la historia del país, y en buena lógica estaba llamada a revertirse cuando los grandes partidos, echando mano de sus ingentes recursos económicos, entraran de lleno en la campaña. Para Perot el dinero no era un problema, debido a la cuantía de su fortuna personal; sin embargo, por causas que todavía no han sido perfectamente aclaradas, se apartó de la luz pública durante meses, cediendo la iniciativa a sus oponentes cuando podía haberse lanzado a por la victoria.
El presidente Bush se postuló para la reelección, aunque sabía que iba a tener competencia incluso dentro de su propio partido, el Republicano. Buena parte de sus correligionarios no le perdonaban que hubiera roto su promesa de la campaña anterior de no subir los impuestos -una línea roja para los Republicanos conservadores- y consideraban que su insistencia en presentar un perfil moderado era una traición a su antecesor, Ronald Reagan. Esta facción conservadora se reunió alrededor de la candidatura de un periodista, Pat Buchanan. Él fue el encargado de ofrecer el discurso inaugural durante la Convención Nacional Republicana, pero aquel privilegio resultó ser un regalo envenenado. Buchanan soltó un discurso agresivo, que provocó una deriva de simpatías hacia un Bush más sobrio y reforzado por el éxito reciente en la Guerra del Golfo. El presidente venció con claridad a Buchanan; logró más de 2.000 delegados, por solo 16 de su competidor.
En el Partido Demócrata había más dudas que certezas. La sucesión de batacazos electorales generaba recelos en los posibles candidatos. Así, por ejemplo, renombrados representantes como el gobernador de Nueva York, Mario Cuomo, o el reverendo Jesse Jackson prefirieron dejar pasar la oportunidad. Se abrió así la puerta a que personajes menos conocidos pelearan por la nominación. El "supermartes" de las primarias encumbró por sorpresa al gobernador de Arkansas, Bill Clinton. Él se presentó como un centrista, un "Nuevo Demócrata", y ofreció con éxito una imagen renovada para un partido necesitado de referentes. Pronto surgieron rumores sobre supuestas infidelidades a su esposa Hillary, pero ambos las acallaron con inteligentes apariciones televisivas: en la Convención Nacional Demócrata, celebrada en Nueva York, Clinton se impuso al exgobernador de California Jerry Brown y al senador Paul Tsongas.
Una vez establecidos los tres aspirantes principales, las encuestas situaban en primera posición a Ross Perot; en segunda, a Bush, y en tercera, a Clinton. Este último necesitaba realizar una campaña agresiva y para ello emprendió una gira en autobús a lo largo de todo el territorio de Estados Unidos acompañado por el candidato a la vicepresidencia Al Gore. Bush, por su parte, no fue capaz de ilusionar al electorado y se defendió atacando la personalidad casquivana (*) de Clinton, lo que a la postre contribuyó a humanizar a su contrincante y a convertirlo en una figura mucho más mundana -y cercana a los votantes- de lo que acostumbraba a estilarse en la política de la época. Pronto los sondeos reflejaron un vuelco impresionante, con el candidato Demócrata aupado a la primera posición de la carrera.
Ross Perot intentó a última hora recuperar el terreno perdido. Su ideario resultaba especialmente pertinente para aquellos comicios, ya que giraba alrededor de la economía: propugnaba una reducción de la deuda nacional y paralizar las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (ver “La lupa”), que se estaban ultimando en la época. Por momentos logró que la pelea se presentara más apretada, arrebatando a Clinton parte del voto de los descontentos con Bush, pero un nuevo vuelco era imposible: Clinton se impuso tanto en el voto popular como en el electoral y rompió la racha de triunfos Republicanos. Bush pasó a la selecta galería de presidentes derrotados en su intento de reelección -acompañando a John Addams, Martin Van Buren, Grover Cleveland, Benjamin Harrison, William H. Taft, Herbert Hoover, Gerald Ford y Jimmy Carter-, mientras que Perot acumuló un 18,9% de los sufragios, la cifra más alta conseguida por un tercer candidato desde 1912, cuando Theodore Roosevelt rompió la hegemonía Republicano-Demócrata con esa creación particular a la que denominó Partido Progresista y que fue, igual que Perot, una rareza, una excepción, en la historia política de Estados Unidos.
El triunfo de Clinton enterró definitivamente la era Reagan y la Guerra Fría y posiblemente -la historiografía lo dirá con el paso del tiempo- puso fin a un corto siglo XX, que quizá se pueda acotar entre 1914 y 1992. Las dos guerras mundiales y sus ondas expansivas dejaron de ser protagonistas de la geopolítica global, los viejos bloques desaparecieron y llegó el momento de que Estados Unidos ejerciera su hegemonía en solitario, mientras un nuevo actor comenzaba a desperezarse en Asia y a crecer alimentado por la globalización: el gigante chino y el siglo XXI aparecían ya en el horizonte.
*Entienda el lector este término según la primera acepción de la RAE ("que es despreocupado e insensato y actúa sin ninguna formalidad") y no la segunda ("que coquetea y establece relaciones de forma pasajera, sin ningún compromiso serio").
El TLCAN era la extensión de un anterior acuerdo bilateral entre Canadá y Estados Unidos, datado en 1988. Durante el mandato de Bush, en 1991, comenzaron las negociaciones y fue firmado en diciembre de 1992 por parte del propio presidente de Estados Unidos, del primer ministro canadiense Brian Mulroney y del presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. No obstante, esta firma se produjo un mes antes de las elecciones, de modo que durante la campaña electoral el tratado fue un arma arrojadiza de primera magnitud entre los aspirantes a la Casa Blanca.
El 1 de enero de 1994, tras ser ratificado por las cámaras legislativas de los tres países implicados, el tratado entró en vigor con un plazo inicial de existencia de 15 años, aunque luego fue posteriormente renovado. Donald Trump ha expresado recientemente su deseo de revisar las condiciones del acuerdo.
Triunfos apabullantes como los de Reagan o Bush, en los que el mapa era monopolizado por el vencedor, no dejaban adivinar dónde surgirían nuevas afinidades comparables a la ya extinta del “Sólido Sur” hacia los Demócratas -a la que tantas veces se ha hecho referencia a lo largo de esta serie-. Sin embargo, los equilibrados comicios de 1992 sí ofrecieron algunas pistas interesantes. En ellos hizo aparición la que posteriormente fue denominada como “Muralla azul”, que agrupaba a una veintena de estados repartidos por todo el país con un rasgo común: su querencia por los candidatos Demócratas. De hecho, los miembros de la “muralla” se mostraron inquebrantablemente fieles hasta que, en 2016, Trump se impuso en tres de ellos.
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