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Kennedy contra Nixon, el Aquiles-Héctor de los duelos electorales (1960)

Kennedy contra Nixon, el Aquiles-Héctor de los duelos electorales (1960)

La pugna entre Kennedy y Nixon por la Casa Blanca es el momento cumbre de la historia de los comicios en Estados Unidos, un choque casi mítico e inmortalizado por el poder de la entonces floreciente televisión

18/10/2020 a las 06:00

FICHA:
Elección presidencial: cuadragésimo cuarta
Fecha: 8 de noviembre de 1960
Votantes: 68.895.628
Estados: 50
Colegio electoral: 537 votos (269 necesarios)
John F. Kennedy: votos populares, 34.220.984; votos electorales, 303
Richard Nixon: votos populares, 34.108.157 ; votos electorales, 219                                                                                     

Las elecciones de 1960, el Kennedy contra Nixon, palabras mayores. El capítulo más esperado de esta serie, la referencia y cumbre del periplo democrático de la primera potencia mundial. “¿Estás escribiendo la historia de las elecciones en Estados Unidos? Sobre Kennedy, ¿no?”. Si esta frase me hubiera dejado un euro en el bolsillo cada vez que la he escuchado en los últimos dos meses, hoy estaría jubilado -semiconfinado, pero en un dorado retiro-. La responsabilidad pesa y también el ánimo de contar este episodio de la mejor manera posible. Perdónenme esta intromisión como autor, esta voz que no debería sonar aquí, y déjenme que antes de entrar en materia me encomiende a la ayuda de las que hace ya milenios inspiraron a un tal Homero, que de relatar historias sabía un rato: “Decidme, Musas, las que habitáis en las olímpicas mansiones, cómo John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon se enfrentaron en las elecciones de 1960 y el triunfo, ensombrecido por las sospechas de fraude, recayó en aquel, el más joven de los dos”. Pues bien, dejemos que las Diosas canten...

Nos dicen, ellas, que debemos primero levantar la vista al cielo; no en busca de dioses caprichosos, como en 'La Ilíada', sino más allá. De hecho, por encima de los pájaros en vuelo, por encima también de las nubes, donde a finales de los años 50 comenzaron a aparecer unos objetos artificiales, una curiosa novedad, en el firmamento. Se trataba de satélites creados y enviados hasta allí por el hombre. El problema para Estados Unidos era que la delantera en esa tecnología la ostentaba su némesis, su enconado competidor: la Unión Soviética.

Desde la puesta en órbita del Sputnik 1 en 1957, la Guerra Fría cobró otra dimensión, y en esa nueva etapa la URSS parecía llevar la iniciativa. La estima de los norteamericanos sufrió un fuerte golpe. Tras los años de distensión del primer mandato de Dwight D. Eisenhower (1952-56) y su exitosa política exterior rayana en el amedrantamiento -respaldada por la superioridad tecnólogica y militar-, la nueva realidad reavivó los viejos temores de la población, los de los malos tiempos en los que Josif Stalin parecía un ogro al que Harry S. Truman no era capaz de contener.

El Partido Republicano, de la mano de Eisenhower, había ganado las elecciones tanto de 1952 como las de 1956. Se esperaba de este presidente que contuviera al comunismo y, al mismo tiempo, que alejara a su país del riesgo de una guerra directa con la Unión Soviética -debido al armamento del que ambas disponían, las consecuencias de un conflicto se adivinaban aterradoras-. ¿Quién mejor que el viejo 'Ike', el comandante supremo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, el comandante supremo de la OTAN, para llevar a cabo ese cometido? Pero el lanzamiento del Sputnik dejó, en cierta manera, desnuda a la Administración Eisenhower. La reacción de esta fue inmediata, ya que solo un año después, en 1958, se fundó la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio), y a partir de entonces se empeñaron millones de dólares en recortar la ventaja de la URSS. Sin embargo, en la población anidó una duda: “¿Nos ha fallado el viejo 'Ike'?”

El alcance real de esta duda solo podemos suponerlo, ya que Eisenhower no volvió a someterse al veredicto de las urnas. No hubiera podido hacerlo ni aunque lo deseara, ya que en 1951 se había aprobado la Vigesimosegunda Enmienda, poniendo negro sobre blanco la que había sido una de las más largas tradiciones de la democracia estadounidense: la limitación a dos mandatos presidenciales. La introducción de esta enmienda fijó para la historia que solo hubiera una excepción a la norma, los cuatro mandatos de Franklin D. Roosevelt.

Tampoco era la política exterior lo único imputable al debe de Eisenhower. En 1958 se produjo una limitada recesión, conocida con el elocuente nombre de "Recesión Eisenhower" (ver Glosario), que generó altos niveles de desempleo. Solo fue un paréntesis en medio de un crecimiento continuo que no cesaría realmente hasta 1970, pero contribuyó a debilitar al gobierno.

En paralelo a la labor de Eisenhower, el vicepresidente en sus dos mandatos, Richard Nixon, había urdido una plataforma de propaganda alrededor de su cargo y, lo que para él era más importante, de su propia figura. A lo largo de ocho años había tenido tiempo de sobra para arrinconar la sempiterna irrelevancia que conlleva el desempeño de la vicepresidencia en Estados Unidos y dotarla de un sentido completamente nuevo, algo así como una cantera de futuros presidentes -como había sido la secretaría de Estado durante la infancia del país-. Si Eisenhower no podía optar a la reelección, el candidato obvio del Partido Republicano para los comicios de 1960 debía ser Nixon. De hecho, su único posible rival de peso, Nelson Rockefeller, asumió su derrota antes de la Convención Nacional, y esta se resolvió sin que nadie presentara una candidatura alternativa al vicepresidente.

En el bando Demócrata el panorama había mutado por completo en solo cuatro años. Si en 1956 habían arrojado a Adlai Stevenson a los pies de los caballos, en 1960 olían la sangre, la posibilidad de una victoria, y los aspirantes afloraron como setas. Uno de ellos había tenido cierta participación en la Convención Nacional Demócrata del año 56. Su intento de acompañar a Stevenson como candidato a la vicepresidencia, si bien fallido, le había rescatado de un relativo anonimato. Ese hombre, un joven senador de Massachusetts, se llamaba John Fitzgerald Kennedy. Y aunque había sido derrotado por el prestigioso -e insistente, como vimos en reportajes precedentes- Ester Kevaufer, muchos anotaron su nombre para el futuro. Y 1960 era el futuro.

Kennedy se empleó a fondo para reunir apoyos en las primarias del partido. Quizá intuía que en un cuerpo a cuerpo en la Convención Nacional Demócrata tenía las de perder, como le había pasado cuatro años antes. Así, cuando llegó la cita, ya tenía los deberes hechos y se impuso en la primera votación a Lyndon B. Johnson, el líder de los Demócratas en el Senado. Con la intención de aunar fuerzas en el partido, Kennedy ofreció a Johnson el cada vez más apetecible puesto de candidato a la vicepresidencia, y ambos formaron el combo de aspirantes del partido en los comicios del 60.

La campaña se movió por unos cauces previsibles en lo sustancial, aunque la clave, más que nunca, estuvo en los detalles. A grandes rasgos, Kennedy acusó a los Republicanos de haber dejado que la URSS adelantara tecnológica, militar y económicamente a Estados Unidos, mientras que Nixon se presentaba como un gestor confiable y probado tras ocho años al lado, codo con codo, de Eisenhower. Desde luego, Nixon también puso el acento en la condición de católico de Kennedy, pero este la llevó a gala para, precisamente, ganarse a los votantes de esta confesión. La gran diferencia estuvo en que mientras Kennedy centró el tiro en aquellos enclaves en los que se preveía un resultado más igualado, el otro se embarcó en un maratoniano “tour” a lo largo de los 50 estados, que le desgastó sin obtener resultados evidentes en todos los casos. Y sí, ya eran 50 estados, porque estas fueron las primeras elecciones tras la admisión de Alaska y Hawái.

Con estas cartas sobre la mesa, llegó el famoso debate... ¿Debate? ¿Un debate? No fue solo uno, ¡sino cuatro! ¿Cómo es posible? El error, una vez más, está en nuestra memoria. Aunque en el recuerdo colectivo permanezca la idea de que Kennedy y Nixon se batieron en un único duelo dialéctico televisado, en el que Nixon sudaba y no iba maquillado mientras Kennedy estaba moreno y guapo y seguro de sí mismo, y que aquello fue lo mismo que cavar su propia fosa para el candidato Republicano, la realidad resultó bien distinta. Al menos, más compleja, como suele suceder.

Sí que hubo un primer debate entre Kennedy y Nixon que se ajusta al mito. Se celebró el 26 de septiembre de 1960. Más de 60 millones de espectadores lo siguieron a través de la televisión, y otros muchos lo sintonizaron por la radio. Para los que solo oyeron, venció Nixon; para los que lo vieron con los ojos, Kennedy. O eso decían las encuestas. Las cuestiones relativas a la imagen derivadas de estos resultados han hecho correr ríos de tinta y han generado auténticas escuelas de comportamiento para dirigentes y políticos. Lo cierto es que no hay datos que permitan cuantificar la trascendencia real de todos esos trucos, pero debemos suponer que, como los gallegos y las meigas, algo hay.

Lo que no le conviene al mito es señalar que hubo otros tres debates posteriores, que también fueron vistos por un número muy similar de millones de espectadores y en los que Nixon había tomado buena nota de sus errores, atenuando el impacto negativo que hubiera podido tener su participación en el primer duelo.

Así, se llegó al segundo martes de noviembre de 1960, día 8, y los ciudadanos dejaron a un lado las encuestas, los editoriales de la prensa, y votaron. El ganador no sería a la postre el que dijera tal o cual analista después de estudiar el sudor de la frente de un candidato, sino el recuento de los votos electorales, emanados estos, a su vez, de 50 recuentos diferentes -uno por estado- del sufragio popular. Pero, ¡ay!, hubo un problema. En Texas e Illinois las cuentas no estaban claras. En otros nueve estados también había dudas, y todas apuntaban a posibles tejemanejes del partido Demócrata. La cuestión era de extraordinaria relevancia, ya que, en cuanto al voto popular, los comicios habían registrado lo más cercano a un empate que se había visto en los últimos 80 años.

Dando por buenos los datos originales -sobre los que pesaba la sospecha de fraude-, ambos habían obtenido más de 34 millones de sufragios, con una diferencia de solo 112.827 a favor de Kennedy. En el fondo, daba igual quién de los dos estuviera por encima en el voto popular, ya que lo que importaba era el resultado del Colegio Electoral. Ahí la ventaja de Kennedy era sustancialmente mayor, 303 a 219, quizá porque su campaña en los estados indecisos, aquellos que caían de un lado o del contrario por -literalmente- puñados de votos, había dado sus frutos.

De todos modos, para enredar aún más el panorama, el senador Harry F. Byrd, líder de los Demócratas en Virginia, recibió 15 votos electorales del profundo Sur, incluido el de un “electoral infiel”, es decir, de un miembro del Colegio Electoral que faltó a su juramento de votar a quien dictaran los ciudadanos de su estado.

El lío del fraude podía haber sido de aúpa. En la bancada Republicana resonaban voces que animaban a Nixon a no reconocer el triunfo de su rival. Sin embargo, el propio Nixon ofreció un discurso tres días después de las elecciones en el que asumió su derrota.

Se repetía el ejemplo de Samuel J. Tilden en 1877. Entonces, aquel candidato rehusó poner en un aprieto al sistema electoral estadounidense aceptando la victoria de Rutherford B. Hayes, a pesar de que había fundadas sospechas de que los resultados habían sido de todo menos limpios en varios estados del Sur. De la mano de Nixon afloró una vez más el pragmatismo político estadounidense, se evitó un peligroso “interregno” y Kennedy desembarcó en la Casa Blanca. Fue el primer católico en hacerlo como presidente.

El “reinado” de John Fitzgerald Kennedy estaba destinado a durar muy poco tiempo, solo tres años, antes de morir asesinado en Dallas (Texas). Pero igual que Aquiles, el héroe de 'La Ilíada' que también había nacido bajo la condena a una vida breve, su fama le sobreviviría y le convertiría, de algún modo, en inmortal.

 

La lupa: del "debate de cocina" al incidente del U-2

La Guerra Fría vivió momentos de relativa relajación durante los dos mandatos de Dwight D. Einsenhower (1952-1960). La desestalinización emprendida por el secretario general del Partido Comunista de la URSS, Nikita Kruschev, y el miedo de ambas naciones a una mutua agresión con bombas atómicas condujo a que ambas se autoimpusieran una política de "contención". Se creó entonces un clima de rivalidad neta entre el bloque capitalista y el comunista, pero sin el encono de los primeros años de la posguerra. Dentro de este contexto se produjo el que ha pasado a la historia como "debate de cocina" entre el propio Kruschev y el vicepresidente de EEUU, Richard Nixon.

El 24 de julio de 1959, Nixon y Kruschev acudieron en Moscú a la apertura de la American National Exhibition, una muestra de productos tecnológicos de uso cotidiano -electrodomésticos y televisores- fabricados en Estados Unidos. Ambos se encontraron en el lugar donde se había recreado una cocina típica de un chalet americano. La conversación derivó en un duelo dialéctico alrededor de los logros del capitalismo y del comunismo, centrado en la producción de utensilios de cocina -lo que acabó dando nombre al suceso-. En un momento dado Nixon puso su dedo índice en el pecho de Kruschev mientras le hablaba enfáticamente. La televisión captó el gesto, contribuyendo a aumentar la popularidad del vicepresidente en su país. 

No obstante, las relaciones entre las dos grandes potencias del mundo se agriaron poco después. En mayo de 1960, el avión espía estadounidense U-2 fue derribado tras invadir el territorio soberano de la Unión Soviética. Los restos del avión fueron mostrados al mundo, y también se informó de que el piloto, Francis Gary Powers, había sobrevivido. La Administración Einsenhower, aunque lo intentó en un primer momento, no pudo negar la evidencia de que el avión existía y que estaba realizando una misión de inteligencia. 

Dos semanas después, París albergó una cumbre de líderes mundiales, la cual fracasó debido a la negativa de Eisenhower de emitir una disculpa pública. El incidente significó el inicio de una nueva etapa en la Guerra Fría, marcada por un recrudecimiento de las tensiones, que solo dos años más tarde desembocaría en la crítica Crisis de los Misiles de Cuba.

Glosario

EISENHOWER RECESSION”: Estados Unidos experimentó un crecimiento económico prácticamente ininterrumpido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta 1970. Hubo pequeñas excepciones coyunturales, de las que la más importante se produjo en 1958. Ese año, el país entró en recesión y, si bien esta no fue ni profunda ni duradera, sí que minó el prestigio del gobierno. Tanto es así que a este fenómeno se le denomina coloquialmente como la "Recesión Eisenhower".

Las causas de este repentino frenazo fueron las propias de una economía sobrecalentada. Las ventas de coches disminuyeron simplemente porque la demanda no era capaz de absorber toda la oferta existente. Y lo mismo ocurrió con la vivienda. Cuando estas dos locomotoras ralentizaron su ritmo de producción, buena parte de la cadena se resintió. Además, la Administración Eisenhower recortó en 1957 los gastos en Defensa, lo cual también generó una brecha entre la capacidad industrial del país y las ventas reales.

Eisenhower reaccionó con rapidez y tomó medidas encaminadas a reactivar la economía. Estas funcionaron, y en apenas unos meses los indicadores mostraron una vuelta a los valores positivos de crecimiento. No obstante, el mayor éxito del presidente fue que sus efectivas medidas no comprometieron los presupuestos del gobierno, sino que se ajustaron a su proclamada intención de “mantener la casa en orden” por encima de todo.

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