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Eisenhower repite triunfo gracias a la bonanza económica y la

Eisenhower repite triunfo gracias a la bonanza económica y la "contención" internacional (1956)

Por primera vez en décadas, en Estados Unidos no existía una preocupación real, una urgencia, ni un debate más allá de la superficialidad y del artificio que pudiera desgastar de algún modo al presidente, quien logró cómodamente la reelección

17/10/2020 a las 06:00

Ficha:
Elección presidencial: cuadragésimo tercera
Fecha: 6 de noviembre de 1956
Votantes: 62.021.328
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Dwight D. Eisenhower: votos populares, 35.579.180; votos electorales, 457
Adlai Stevenson: votos populares, 26.028.028 ; votos electorales, 73                                                                                                                                                                                                                                   

El periodo que transcurre entre la primera elección de Dwight D. Eisenhower y la segunda, es decir de 1952 a 1956, es una época ominosa para los amantes de cierta tradición en los modales, de un modo de conducirse que al menos en apariencia resulte honorable, igual que lo es para los amantes de esa estética en que la distinción la marca el fino y delicado detalle dentro de la uniformidad y no la agresiva estridencia en medio de una competición de extravagancias. ¿Pero qué ocurrió en esos años? Ni más ni menos que una fractura radical, una tan grande y profunda que todavía no somos capaces de comprender su alcance. Eclosionó una nueva forma vivir la vida. El ser humano, en las regiones más prósperas del mundo, añadió a las etapas de su desarrollo una hasta entonces desconocida, por demás problemática y de inevitable mal gusto: la adolescencia.

El periodista John Savage, en su libro 'Teenage, la invención de la juventud', retrotrae el nacimiento de esta nueva etapa en la vida hasta el último cuarto del siglo XIX. Desde luego, resulta atrevido discutirle los argumentos a un experto en tribus urbanas de la talla de Savage, pero precisamente el carácter rompedor de su libro descansa en el hecho de que con sus argumentos logra adelantar el nacimiento de la cultura “teenage” (“adolescente”) varias décadas antes de lo comúnmente establecido. Aquí, más conservadores, utilizaremos el convencionalismo -que sin duda lo es- de situar el epicentro del terremoto alrededor del estreno de dos películas de Hollywood, dos mitos: 'Semilla de maldad', protagonizada por Marlon Brando en 1953, y 'Rebelde sin causa', con James Dean, en 1955. Y lo haremos así entre otras razones porque no es fruto de la casualidad que justo fuera en aquellos años cuando la cultura “teenage” pudiera, ya no germinar, lo cual había hecho efectivamente en los lustros anteriores, sino mostrarse como el tallo de una planta que crece por fin por encima de la tierra y se asoma por primera vez a los rayos del sol.

No en vano, tras los años terriblemente duros de la Gran Depresión, de la Segunda Guerra Mundial, de la crisis económica de la posguerra y los sobresaltos iniciales de la Guerra Fría, se llegó a una relativa paz marcada por la "contención" -el miedo a desatar el apocalipsis era tal que condujo a una disensión-, y esta se vio acompañada por una mejoría en el apartado económico, la cual había de perdurar hasta los inicios de la década de los 70. En medio de esta repentina bonanza, toda una generación de jóvenes ociosos quiso romper con los cánones establecidos por sus mayores, algo que hasta entonces solo había preocupado a un puñado de estetas bohemios atiborrados de absenta en París.

De lo leído hasta ahora se deduce que en Estados Unidos no existía una preocupación real, una urgencia, ni un debate más allá de la superficialidad y del artificio que pudiera desgastar de algún modo al presidente Eisenhower. Por el contrario, este parecía haber solucionado todos los entuertos que para su predecesor, Harry S. Truman, habían resultado inextricables.

La Guerra de Corea, por ejemplo, había llegado en 1953 a un armisticio que no le puso el punto final -de hecho, es un conflicto que sigue a día de hoy formalmente abierto-, pero al menos consiguió salvar el honor de Estados Unidos y alejó la posibilidad de una guerra con la Unión Soviética o con China. Asimismo, las Naciones Unidas, que tanto habían alarmado a los más recalcitrantes de entre los aislacionistas del país, se revelaron pronto como un instrumento débil gracias, sobre todo, al torpedeo continuo que ejercía el derecho de veto al que recurrentemente recurría la URSS en el Consejo de Seguridad. Por último, la mejora antes mencionada de las condiciones económicas puso fin a las huelgas y a los conflictos sociales, disipando también el fantasma de una posible infiltración de elementos subversivos comunistas.

Así, quizá la única preocupación para los electores cuando se acercaba la fecha de volver a votar al presidente era, precisamente, la salud del propio presidente. Dwight Eisenhower había sufrido un grave ataque al corazón en 1955 y poco después había tenido que someterse a una nueva cirugía para curarse un problema intestinal. Eisenhower, que ya tenía 66 años, se recuperó razonablemente bien de estas dolencias, recibió la autorización de los médicos y, disipando las dudas que pudiera haber, confirmó que se presentaría a la reelección. Sin duda, la oportunidad la pintaban calva, ya que podía estar razonablemente seguro de ganar tanto en el proceso electoral dentro de su propio partido como en los comicios presidenciales a la Casa Blanca.

La Convención Republicana pintaba un tanto aburrida, de modo que se le intentó dar algo de picante a la elección del candidato a vicepresidente. En 1952, este había sido Richard Nixon. Se trataba de un político popular, que además se había mostrado más activo de lo que era habitual en este cargo. Esa actividad le había granjeado bastante fama y, al mismo tiempo, había revalorizado la antes insulsa vicepresidencia. Quizá esto empujó al secretario de Defensa, Harold Stassen, a postularse para el puesto, pero Eisenhower zanjó la cuestión anunciando que confiaba en Nixon y que no había mucho más que discutir.

El Partido Demócrata tenía escasas esperanzas de derrotar a Eisenhower. Aun así, hubo aspirantes a dar la cara. Uno de ellos fue Adlai Stevenson, antiguo candidato en las elecciones de 1952 y todavía, cuatro años después, el preferido del partido. Frente a él, volvió a probar suerte el senador Estes Kefauver, y entre ambos se hicieron el mutuo favor de celebrar un debate televisado destinado a proporcionarles renombre. Daba igual quien ganara, ya que se aplicó el axioma de que más valía quedar mal pero dejarse ver, antes de que no les vieran en absoluto. Después del debate se celebraron primarias en varios estados y Stevenson venció con tal claridad que Kefauver se retiró de la carrera incluso antes de celebrarse la Convención Nacional Demócrata. En ella, asomaron la cabeza el gobernador de Nueva York, Averell Harriman, y el expresidente Harry S. Truman; sin embargo, Stevenson había acumulado tantos delegados en las primarias que ya era tarde para desbancarle. Venció en la primera votación.

Pero si la Convención Republicana había querido darle más salsa al asunto poniendo el foco en la elección del candidato a vicepresidente, Stevenson fue un paso más allá en la contraparte Demócrata: anunció por sorpresa que la decisión de quién le acompañaría en el cartel recaería en los propios delegados y que la votación se celebraría al día siguiente. Kefauver, siempre atento a cazar un cargo, se postuló de inmediato. Pero no fue el único. Un joven senador de Massachusetts, John Fitzgerald Kennedy, irrumpió en el panorama político nacional por primera vez al presentarse como alternativa. En la votación, ganó el veterano Kefauver, pero Kennedy llamó la atención de muchos, quienes anotaron su nombre para el futuro.

Durante la campaña, el Partido Demócrata exigió que los beneficios del crecimiento económico se destinaran a programas sociales y, al mismo tiempo, que la distensión internacional conllevara un descenso del gasto militar. Se trataba de un discurso cabal y seguía los cánones establecidos para el ideario Demócrata de la época; con todo, estaba destinado a dejar muy fríos a los electores. El Partido Republicano, por su parte, centró su estrategia en loar la figura de Eisenhower, casi tanto como lo hubieran hecho los Demócratas en los viejos tiempos del “rey” Andrew Jackson. El presidente, además, pudo sortear sus debilidades físicas gracias a la televisión, que por primera vez se utilizó masivamente como plataforma electoral, y dos eventos internacionales le ayudaron a apuntalar su prestigio: la Revolución de 1956 en Hungría y, sobre todo, la Crisis de Suez (ver “La lupa”). En esta última, Estados Unidos empleó todo su peso diplomático para obligar a sus aliados israelíes, británicos y franceses a abandonar Egipto, el cual habían ocupado mediante una rápida invasión para tomar el control del canal.

Después de todo lo dicho, a nadie sorprenderá que Eisenhower consiguiera la reelección. Y lo hizo imponiéndose con mayor diferencia que en 1952, tanto en el voto popular como en el voto electoral. Curiosamente, meses después de la segunda investidura de Eisenhower, la confianza estadounidense quedó seriamente trastocada por circunstancias que ocurrieron en los límites de este planeta: entre la termosfera y la exosfera, concretamente. Sobre ese tema, la Carrera Espacial, volveremos de nuevo en el siguiente capítulo, que será -por fin- el del esperado duelo entre Kennedy y Nixon.

 

La lupa: Estados Unidos y la Crisis de Suez

Estados Unidos vivió una cierta distensión durante el primer mandato de Dwight Eisenhower. En 1953 había muerto Josif Stalin y ese mismo año se puso fin, o al menos un paréntesis semipermanente, a la Guerra de Corea. Además, la nueva Administración supo jugar la baza ganadora que suponía su poderío bélico, aplicando una doctrina que el secretario de Estado, John Foster Dulles, calificó como “política arriesgada”: se traducía grosso modo en una amenaza más bien poco velada del uso de la fuerza bruta ante cualquier conato de conflicto.

La primera ocasión en la que esta "política arriesgada" hubo de pasar una prueba de fuego importante fue en 1956. Ese año se produjeron dos acontecimientos internacionales de máxima relevancia, como fueron la Revolución Húngara y la posterior represión de la Unión Soviética, y la invasión de Egipto por parte de Israel, Reino Unido y Francia en la Crisis de Suez.

En Hungría, Estados Unidos no fue capaz de disuadir a la Unión Soviética de poner fin a la revuelta de un modo sangriento. Quizá en los cálculos políticos de Washington pesó que por la libertad de un pequeño país centroeuropeo no merecía la pena arriesgarse a desencandenar un conflicto de impredecibles consecuencias.

Sin embargo, en la Crisis de Suez -también llamada Guerra del Sinaí- Estados Unidos sí que intervino y lo hizo para desautorizar a sus aliados en la OTAN. Les obligó a retirar sus ejércitos y a devolver a Egipto los territorios ocupados. Eso sí, al menos Israel logró que Egipto dejara de armar a las guerrillas que atacaban su territorio y también el derecho de paso para sus barcos en los estrechos de Tirán en el Mar Rojo.

Para el Reino Unido y para Francia, cuyo objetivo en la guerra era evitar la nacionalización del Canal de Suez por parte de Egipto, la derrota diplomática fue completa y provocó tanto la dimisión del primer ministro británico, Anthony Eden, como la animadversión de Charles de Gaulle hacia la Administración Eisenhower.

A Estados Unidos no le hizo falta amenazar con una intervención militar, lo cual ya hizo la Unión Soviética por su parte; le fue suficiente con apretar los resortes diplomáticos adecuados y amagar con tomar medidas económicas en contra de los tres países invasores. A cambio, apoyó al ministro de Exteriores canadiense Lester Pearson y su plan de instaurar una fuerza de intervención internacional, los Cascos Azules, y enviarla a Egipto para realizar labores policiales y pacificadoras en la zona del conflicto. Esta iniciativa le valió a Pearson el Premio Nobel de la Paz en 1957.

Esta Crisis de Suez, no obstante, dejó heridas abiertas entre Israel y Egipto. Además, envalentonó al presidente Gamal Abdel Nasser, erigido de la noche a la mañana en un héroe en el mundo árabe, lo cual le condujo a cometer un error de cálculo una década más tarde: volvió a bloquear entonces los Estrechos de Tirán y encendió la mecha para la Guerra de los Seis Días, en la que Israel triunfó plenamente con el beneplácito -esta vez sí- de Estados Unidos.

Glosario

“EL CASO BROWN CONTRA EL CONSEJO DE EDUCACIÓN": primero, una aclaración. El padre Brown es un célebre personaje creado por el escritor G.K. Chesterton; un sacerdote que se dedica en su tiempo libre a investigar casos criminales. No obstante, al hablar de "caso Brown" en este Glosario no se hace referencia a un rechoncho cura católico inglés, ficticio además, sino a un tal Oliver Brown, muy real, afroamericano y residente en Kansas, en pleno corazón de los Estados Unidos.

En 1951, las autoridades escolares de la ciudad de Topeka denegaron una plaza en la escuela pública más cercana a su residencia a la hija de Oliver Brown. A cambio, le obligaron a inscribirse en un colegio segregado para negros. Oliver Brown y representantes de otras doce familias afectadas por el mismo maltrato denunciaron al Consejo de Educación de Topeka ante un juzgado federal, reclamando que la política de segregación era inconstitucional.

El juzgado de distrito de Kansas falló en contra de los denunciantes, apelando a una decisión anterior de la Corte Suprema -datada en 1896-, según la cual la segregación no violaba la Decimocuarta Enmienda siempre que la escuela segregada tuviera unas condiciones equiparables a la no segregada. Esa doctrina se resumía coloquialmente con la expresión "segregados pero iguales".

Oliver Brown interpuso un recurso y apeló a la Corte Suprema, la cual aceptó estudiar el caso. El fallo definitivo fue dictado el 17 de mayo de 1954 y estableció que "las instalaciones educacionales separadas son inherentemente desiguales". Esta sentencia abrió el camino para la integración racial y fue precursora de los movimientos por los derechos civiles, que a partir de 1955 cobraron especial relevancia a lo largo del país y cristalizaron en la Ley de Derechos Civiles de 1964.

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