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La Guerra Fría mete a un general de cinco estrellas en la Casa Blanca (1952)

La Guerra Fría mete a un general de cinco estrellas en la Casa Blanca (1952)

Dwight D. Eisenhower, comandante de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, ganó las elecciones de 1952 para restañar el orgullo herido de la nación tras la retirada de Corea del Norte

16/10/2020 a las 06:00

FICHA:
Elección presidencial: cuadragésimo segunda
Fecha: 4 de noviembre de 1952
Votantes: 61.769.147
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Dwight D. Eisenhower: votos populares, 34.075.529; votos electorales, 442
Adlai Stevenson: votos populares, 27.375.090; votos electorales, 89                                                                                                                                                                

La victoria inesperada de Harry S. Truman en los comicios de 1948 le concedió una segunda oportunidad para redimirse de los errores de su primer mandato. Posiblemente, se había ganado esa “bola extra” con su acertada campaña electoral, pero lo cierto es que la tarea le había venido grande en sus primeros años en la Casa Blanca, y en los siguientes terminaría por verse francamente desbordado. Lo que resulta extraño, visto en retrospectiva, es que los votantes estadounidenses no supieran predecir esta circunstancia; sin embargo, ellos no tienen la exclusiva de este tipo de miopía, ya que en muchos otros países y épocas se ha tropezado en la misma piedra con sorprendente afición.

De todas maneras, no todo fue malo, ni mucho menos, durante los tiempos de la Administración Truman. La economía mejoró paulatinamente y entró en una etapa de bonanza, auspiciada por el nuevo orden que habían instaurado los Acuerdos de Breton Woods firmados en 1944, que abrieron una edad de oro para el intercambio internacional con el dólar como moneda de referencia. El descenso del desempleo y la mejora de las perspectivas contribuyeron a atenuar las tensiones sociales de los primeros años de la posguerra.

No obstante, el meollo de los problemas seguía siendo la política exterior. La Guerra Fría ya no era una amenaza en el horizonte, como quizás lo había sido en los primeros meses después de la Segunda Guerra Mundial, sino que se había convertido en una realidad palpable, un peligro real: la Unión Soviética aparecía definitivamente como el gran enemigo. La perspectiva de un conflicto directo entre ambas superpotencias angustiaba a los estadounidenses y a buena parte de la humanidad, entre otros detalles porque en ese momento existían armas capaces de destruir a una escala casi planetaria: por ejemplo, en 1949 la URSS comenzó a experimentar con la bomba atómica, que Estados Unidos ya había lanzado en dos ocasiones contra Hiroshima y Nagasaki en 1945. Además, en China, tras una larguísima guerra civil, el antiguo “Imperio del centro” mutó en una dictadura socialista y se alineó en el bloque comunista.

Por si esto no fuera suficiente, el reparto de Corea en dos mitades pergeñado en 1945, con un Norte tutelado por la Unión Soviética y un Sur bajo la égida de Estados Unidos, terminó por no satisfacer a nadie. El Norte invadió al Sur y provocó la intervención de Estados Unidos, primero, y de las recién creadas Naciones Unidas, después (ver "La lupa"). Sin embargo, cuando el contraataque del Sur amenazó con colapsar a Corea del Norte, entonces se inmiscuyó en el conflicto China -con apoyo material soviético- y estabilizó el frente. La entrada de este nuevo actor obligó a los soldados estadounidenses a una retirada que sembró la preocupación entre sus conciudadanos, quienes en sus peores pesadillas imaginaban que la pérdida de la península de Corea era la primera pieza de un dominó que terminaría por sepultar a todo el globo bajo el manto del comunismo.

A Truman, además, le tocó lidiar también con un mal endémico de la administración estadounidense y que tenía la mala costumbre de aflorar de vez en cuando: la corrupción. Aquello quizá fue la puntilla que convenció a los miembros del Partido Demócrata de que Truman, por muy hábil que fuera en campaña, no podía ser el candidato idóneo para las elecciones de 1952. Las primarias arrancaron en el estado de New Hampshire, y allí Truman obtuvo unos pobres resultados: fue derrotado con claridad por el senador de Tennessee Estes Kevaufer y decidió retirarse de la carrera presidencial. Con todo, trató de influir en la nominación: quiso promover al gobernador de Illinois, Adlai Stevenson, pero este rechazó la oportunidad en un primer momento. Finalmente, tras una larga serie de reuniones con Truman y otros líderes del partidos, cambió de opinión y en la Convención Nacional Demócrata derrotó a sus principales rivales, el mencionado Kevaufer y Richard Russell Junior.

El Partido Republicano, por su parte, contaba con dos trasatlánticos para esta cita. Tal era su talla que realmente resultó más reñida la Convención Nacional Republicana que las posteriores elecciones presidenciales. Uno de estos grandes nombres era Dwight D. Eisenhower, el general que había dirigido las operaciones de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial y que en 1952 ocupaba el cargo de comandante de la OTAN en Europa. El prestigio de Eisenhower era gigantesco y por su experiencia podía presentarse como el hombre adecuado para el momento preciso.

Con un perfil mucho más político, pero también con notables y probadas credenciales -sobre todo en el Congreso-, aspiraba a la presidencia el senador de Ohio Robert Taft, apoyado por el ala conservadora del partido. La principal discrepancia entre Eisenhower y Taft era el papel que debía desempeñar la nación en la Guerra Fría. El primero, como no podía ser de otra manera debido a su trayectoria y a su posición en la OTAN, abogaba por una intervención firme frente a las ambiciones de la Unión Soviética. El segundo, en cambio, encarnaba esa tradición aislacionista tan característica de Estados Unidos. La elección resultó realmente apretada, si bien finalmente prevaleció Eisenhower, que resultó nominado por el Partido Republicano junto a un joven senador de California como compañero de candidatura. Ese hombre se llamaba Richard Nixon.

Como ya se ha mencionado, la campaña electoral tuvo quizá menos interés incluso que la Convención Nacional Republicana. Eisenhower podía criticar a placer la labor de los Demócratas en el gobierno, ya que no faltaban debilidades que señalar. Además, apeló al culto a su personalidad mediante ese famoso eslogan que hacía un juego de palabras con su apodo: "I like Ike" ("me gusta Ike"). Mientras, Stevenson de ningún modo podía apelar a los logros de la Administración Truman: primero, porque eran exiguos, y segundo, porque él no había pertenecido a ella. Así, Stevenson intentó a la desesperada jugar la baza del miedo a una nueva recesión económica, recordando a los votantes que los Republicanos habían estado al mando del país durante los"felices años 20" que desembocaron en la catastrófica Gran Depresión. Por esta vía, apeló a la "Coalición del New Deal", que tantos éxitos electorales había dado a los Demócratas en el pasado reciente.

Stevenson también puso el acento en la tibieza de Eisenhower frente a la cruzada emprendida por el senador Republicano Joseph McCarthy, conocida como "Macartismo" (ver Glosario), que provocó una caza de brujas contra estadounidenses acusados o sospechosos de colaborar con el comunismo. Sin embargo, este mensaje no podía tener demasiado recorrido entre los votantes, ya que ellos mismos apoyaban mayoritariamente las prácticas de McCarthy en un contexto en el que el miedo al comunismo había alcanzado máximos absolutos en el país. Eisenhower, además, contraatacó con acusaciones al gobierno de haber permitido que espías soviéticos se infiltraran en la administración.

En último término, la gestión de la Guerra de Corea y de la Guerra Fría decantó la balanza. El descontento con Truman salpicó a su compañero de partido, Adlai Stevenson, y Eisenhower pudo vencer con claridad. Logró el 55% del voto popular y venció en todos los estados menos en los tradicionalmente Demócratas del Sur, si bien algunos de estos votaron por los Republicanos por primera vez en décadas. El descalabro de Stevenson se trasladó también a las elecciones al Congreso, en las que su partido perdió tanto la Cámara de Representantes como el control del Senado. 

Con este apabullante triunfo de Eisenhower, un candidato del Partido Republicano volvía a pisar la Casa Blanca como presidente por primera vez en 20 años, algo que no había ocurrido desde que Herbert Hoover la abandonara con el país sumido de lleno en la Gran Depresión. No obstante, el país y el mundo habían cambiado radicalmente en ese lapso de tiempo, el que había transcurrido desde los estertores de los "felices años 20" hasta los casi apocalípticos inicios de la década de los 50.

La lupa: la Guerra de Corea

La península de Corea había estado ocupada por Japón desde los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Al ser liberada por los Aliados, igual que ocurriera con buena parte de Europa, se convirtió en fuente de discrepancias entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambas deseaban extender su influencia en Asia y Corea se convirtió pronto en uno de los enclaves más espinosos.

De un modo un tanto provisional se llegó a un acuerdo salomónico: Corea quedó dividida en dos, con el Norte tutelado por la Unión Soviética y el Sur por Estados Unidos. La frontera artificial se trazó a lo largo del Paralelo 38. Así, mientras el Norte se convertía en una república socialista -República Popular Democrática de Corea-, el sur -la República de Corea- tendría unas características típicamente capitalistas y razonablemente democráticas.

La propia escalada de tensión de la Guerra Fría afectó a ambas Coreas y pronto se hizo palpable la imposibilidad de llegar a un acuerdo de reunificación. Pero, al mismo tiempo, ninguna de las dos renunciaba al anhelo de que Corea volviera a ser un único país. Esta situación generó suspicacias que fueron en aumento hasta que, el 25 de junio de 1950, Corea del Norte invadió el Sur y con una rápida maniobra militar prácticamente tomó el control de todo el territorio. Esta acción obligó a Estados Unidos a intervenir, si bien con la prudencia previa de llevar el asunto a las Naciones Unidas.  Así, con el aval de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, tropas dirigidas por el general estadounidense Douglas MacArthur desembarcaron en Corea y expulsaron a los invasores del Norte, amenazando a su vez con un triunfo total sobre la república comunista.

El previsible descalabro de Corea del Norte provocó la reacción de China, que entró en el conflicto con el apoyo tácito y material de la Unión Soviética. Su irrupción pilló completamente desprevenidas a las tropas de la ONU y devolvió el frente de la guerra al Paralelo 38. La retirada del décimo Cuerpo de Ejército de Estados Unidos frente al empuje de las tropas chinas fue entendida en Norteamérica como una terrible humillación.

La Asamblea de las Naciones Unidas aprobó una resolución que condenaba a la República Popular China como agresora en el conflicto y le exhortaba a abandonar la península de Corea. Sin embargo, la presión diplomática no tuvo ningún efecto. Truman decidió entonces relevar al general Douglas MacArthur, a pesar del prestigio del que gozaba en Estados Unidos. Todo esto convenció a la opinión pública de la nación de que la guerra había sido un fracaso.

Entre 1951 y 1953 apenas hubo más enfrentamientos de entidad; solo unas largas negociaciones de paz que fructificaron en un armisticio firmado el 27 de julio de 1953. El acuerdo estableció una zona desmilitarizada alrededor del Paralelo 38 y se pospuso la discusión de los detalles para el futuro acuerdo de paz que en último caso debía rubricarse. Curiosamente, casi 70 años después la paz definitiva todavía no se ha alcanzado, lo cual significa que Corea del Norte y Corea del Sur siguen técnicamente en guerra.

Glosario

“MACARTISMO”: este término engloba las acciones emprendidas por el senador Joseph McCarthy durante los primeros años de la década de los 50 encaminadas a combatir la ideología comunista en Estados Unidos. El proceso derivó pronto en una "caza de brujas" debido a la riada de denuncias -en ocasiones falsas- y a la psicosis anticomunista que se vivía el país. Los métodos utilizados por McCarthy fueron además notablemente irregulares y subvirtieron las garantías democráticas de los acusados. Entre estos se contaban políticos y militares, pero también periodistas y personas relacionadas con la cultura, especialmente con el cine. 

McCarthy contó durante esta "cruzada" con el apoyo mayoritario de la población. No en vano, la Guerra Fría vivía un momento particularmente tenso dado que en 1949 la Unión Soviética había comenzado a realizar pruebas con su propia bomba atómica, la guerra civil en China había encumbrado a Mao Zedong ese mismo año y, al siguiente, Corea del Norte había invadido a su gemela del Sur. En este contexto, McCarthy, senador por Wisconsin, saltó a la política nacional al denunciar que en la Administración Truman había anidado una conspiración comunista. Su acusación no solo fue tenida en cuenta, sino que le valió para implantar su "caza de brujas" con la aquiescencia del Congreso.

También hubo firmes opositores al "macartismo". Entre estos destacaron los denominados Diez de Hollywood, que recibieron esa denominación debido a que todos estaban relacionados con el cine de alguna manera. Al ser interrogados en el Congreso, se negaron a declarar sobre sus filiaciones políticas y finalmente fueron condenados a penas de cárcel por "desacato". Los Diez de Hollywood eran Dalton Trumbo, Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner Jr, John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz y Adrian Scott.

Asimismo, Arthur Miller se posicionó en contra de esta persecución en 1953 a través de una de sus obras teatrales: 'Las brujas de Salem'.

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