

Por la mínima y gracias a una polémica revisión: no es la Liga, fue el presidente (1876)
El candidato del Partido Republicano se impuso por un solo voto electoral en unos comicios celebrados entre acusaciones de fraude: por primera vez, una comisión designó al presidente
Actualizado el 27/09/2020 a las 06:00
Elección presidencial: Vigésimo tercera
Fecha: 7 de noviembre de 1876
Votantes: 8.413.101
Estados: 38
Colegio electoral: 369 votos (185 necesarios)
Rutherford B. Hayes: votos populares, 4.034.311; votos electorales, 185
Samuel J. Tilden: votos populares, 4.288.546; votos electorales, 184
Las elecciones de 1876 reunieron casi todos los ingredientes para haber permanecido en el recuerdo. Solo les faltó uno, el detalle de que sus candidatos hubieran gozado de un renombre mayor, y seguramente esto las ha condenado a un segundo plano en el imaginario popular. Más prolijo resulta enumerar aquello que las hace únicas. Para empezar, fueron las del Centenario de Estados Unidos (celebrado en ese año 1876 como un oasis de alegría y orgullo en mitad de una gravísima depresión económica). Segundo, establecieron un récord de participación, el 81,8%, nunca superado después. Tercero, se cuentan entre las cinco rarezas en las que el candidato con más votos populares no obtuvo la victoria. Cuarto, su resultado, con un solo voto electoral de diferencia, fue el más apretado (descontando el absurdo empate entre Jefferson y Burr en 1800). Y quinto, tuvieron, posiblemente, la resolución final más polémica de la historia del país.
Estos comicios, además, estuvieron a punto de establecer otro récord. Pudieron ser los primeros en los que un presidente se presentara a la reelección con dos mandatos a sus espaldas. Ulysses S. Grant, el héroe de la guerra civil y presidente desde 1868, estuvo tentado de hacerlo. De hecho, tanto su partido, el Republicano, como el electorado contaban con que no faltaría a la cita. Sin embargo, la larga crisis económica que siguió a la quiebra bursátil de mediados de la década (el conocido como Pánico de 1873) y una miríada de escándalos de corrupción que implicaban a políticos e industriales le convencieron de que retirarse era la mejor idea.
Grant abogó entonces por que le sucediera su secretario de Estado, Hamilton Fish. Este, cercano a los setenta años, se consideraba demasiado mayor para la tarea y declinó el ofrecimiento. Así, cuando se reunió la Convención Nacional del Partido Republicano, el candidato que aparecía con más posibilidades era el congresista James G. Blaine, pero una catarata de acusaciones de corrupción le restaron fuerza. Sus correligionarios se animaron entonces a buscar a un hombre que, ante todo, pareciera honesto y lo encontraron en Rutherford B. Hayes, un antiguo general de la Guerra de Secesión que después había sido gobernador de Ohio. Apenas se le conocía fuera de su estado, lo cual no importaba mucho ya que contaba con una hoja de servicios impoluta y eso era lo que le hacía casi único. En la séptima votación, resultó nominado para las elecciones.
Los Demócratas, por su parte, también se esmeraron en buscar al menos corrupto de entre los suyos. Como eso era algo difícil de determinar, entendieron que alguien que hubiera peleado por encerrar a políticos de escasa altura moral sería, por fuerza, alguien digno de confianza. Y así, eligieron al gobernador de Nueva York, Samuel J. Tilden, un abogado que se había distinguido en la persecución de las manzanas podridas de la política.
El Partido Demócrata había ganado las elecciones al Congreso que se celebran en el ecuador de cada legislatura; en este caso, en 1874. Dominaba la Cámara de Representantes por primera vez desde hacía lustros y había encontrado a un candidato ilusionante. Se veía más cerca de la victoria de lo que lo había estado desde 1856. Sin embargo, los Republicanos volvieron a agitar lo que en la época se conoció como la "camiseta ensangrentada". Es decir, insistieron en recordar el papel de los Demócratas en la Guerra de Secesión, y resumieron el asunto con el siguiente eslogan: "No todo Demócrata fue un rebelde, pero todos los rebeldes eran Demócratas". Además, el candidato Republicano, el semidesconocido Hayes, demostró ser un político sólido durante los meses previos a los comicios, mientras que Tilden acusaba cierta falta de salud y de garra, tan necesarias ambas para pelear en una campaña descarnada como aquella.
La votación popular se llevó a cabo el 7 de noviembre y el recuento no dejó lugar a dudas de que Tilden había obtenido más sufragios. Sin embargo, en el sistema político estadounidense lo que cuenta son los votos del Colegio Electoral. Y ahí había dudas. Tilden parecía haber ganado también, pero en cuatro estados se habían alzado quejas -decían que los Demócratas habían usado a los Camisas Rojas y la Liga Blanca para amedrentar a posibles votantes Republicanos- y arreciaban las acusaciones de fraude. Estas parecían lo suficientemente razonadas como para tenerlas en cuenta. Los cuatro estados en cuestión -Carolina del Sur, Luisana, Florida y Oregón- representaban 20 votos electorales. Sin contar esos votos, Tilden sumaba 184 y Hayes, 165. Si Hayes sumaba esa veintena que estaba en duda, superaría a Tilden por uno (184-185) y, además, lograría exactamente los 185 necesarios para obtener mayoría simple (ver ficha en la parte superior). Con la mayoría en sus manos, se evitaría tener que afrontar la “elección contingente”, según la cual el Congreso decidía quién sería el ganador, como había ocurrido en 1824.
Para investigar las acusaciones de fraude y tomar una decisión al respecto, el Congreso nombró una Comisión Electoral formada por miembros del Senado, de la Cámara de Representantes y de la Corte Suprema. Lo que ocurrió después ha hecho correr ríos de tinta. En los años 50 del siglo XX, el historiador Comer Vann Woodward, ganador del Premio Pulitzer, señaló que ambos partidos alcanzaron un acuerdo entre bastidores, nunca redactado ni firmado, que ha recibido el nombre de Compromiso de 1877. Desde entonces, no se ha conseguido demostrar o refutar si tal componenda se produjo. Lo único seguro que es la Comisión Electoral se pronunció a favor de conceder los 20 votos a Hayes y, por tanto, dio la presidencia al Partido Republicano. Los Demócratas acataron el veredicto con sorprendente docilidad.
Hasta aquí los hechos. El problema es que desde el primer momento escamó a muchos la actitud del Partido Demócrata. ¿Cómo aceptó aquella decisión con tanta tranquilidad? ¿Puede ser que hubieran llegado a un pacto ambos partidos, un pacto secreto? Y si lo hicieron, ¿qué hubieran ganado los Demócratas a cambio de entregar la Casa Blanca a los Republicanos? Las dos primeras preguntas no tienen respuesta. No, al menos, una unánime entre los historiadores. La tercera ha interesado a los defensores de la teoría del Compromiso, quienes apuntan a que a cambio de renunciar a una victoria que les correspondía, los Demócratas habrían arrancado al Partido Republicano la renuncia a proseguir con la Reconstrucción en el Sur (ver “La lupa”). Así, el ejército se retiraría de los estados ocupados; los “carpetbaggers”, desprovistos de la protección de los soldados, tendrían que marcharse; y los “redentores”, los blancos que se oponían a la igualdad racial, recuperarían el control de los antiguos feudos de la Confederación. Todo esto, de hecho, se produjo. Con Compromiso o sin él. Y la población negra, los esclavos liberados, fueron los principales perjudicados. A partir de entonces sus derechos menguaron hasta devolverles a una situación tristemente cercana a la de la primera mitad de siglo XIX.
Y la Guerra de Secesión, definitivamente, se cerró en falso.
No obstante, para llevar a cabo un cambio social de esa índole solo había dos caminos: o persuadir a la gran mayoría de la población de los estados de la extinta Confederación para que modificaran sus puntos de vista de la noche a la mañana o imponerlo. Como lo primero no parecía plausible, se optó por lo segundo. Así, el ejército de la Unión y los blancos infiltrados en el Sur, los “carpetbaggers”, fueron los instrumentos del Partido Republicano para asegurarse el control de las Legislaturas sureñas. Y, al mismo tiempo, el Congreso dominado por los vencedores dotó al país de tres enmiendas (la XIII, XIV y XV) que avanzaron con grandes zancadas en el camino hacia la igualdad racial.
Este plan hubiera disgustado a Abraham Lincoln, si no hubiera sido asesinado justo tras el fin de la guerra. A pesar de su pertenencia al Partido Republicano y de que había sido un ferviente defensor de la guerra, creía que la prioridad pasaba por solidificar la unidad del país. Quizá comprendió que el proceso de transformación del Sur no podría realizarse en un año, un lustro o una década, sino que sería cuestión de generaciones.
Su sucesor, Andrew Johnson, compartía esa visión o, al menos, tuvo el suficiente respeto por Lincoln como para defenderla. Pero el Congreso exigía una Reconstrucción dura e hizo una demostración de fuerza para imponerla, saltando por encima del poder ejecutivo una y otra vez. Después, cuando Grant llegó a la presidencia, aparcó las ideas de Lincoln y se situó en el bando del Congreso. Así, durante la década que siguió a la guerra, el Sur estuvo en manos Republicanas y los negros avanzaron en la consecución de sus derechos, pero todo ello a costa de provocar graves tensiones.
Una parte de la población blanca de los territorios derrotados no se resignaba a aceptar que aquellos que habían sido sus esclavos se convirtieran de repente en sus iguales e, incluso, que pudieran decidir por ellos desde puestos de responsabilidad. Hubo disturbios, surgió el Ku Klux Klan y en general se extendió un hondo descontento en contra de los 'carpetbaggers', auténticos agentes de la Reconstrucción infiltrados en el Sur. Estos, además, en muchas ocasiones abusaron de su poder y actuaron de un modo corrupto, ensuciando el nombre de otros que realmente habían emigrado empujados por sus elevados ideales.
Ya antes de 1877 la Reconstrucción había dado algunos pasos hacia atrás, y los derrotados en la guerra civil habían recuperado el control en varios estados. Ellos se hacían llamar “redentores”, contaban con el apoyo del Partido Demócrata, y se esmeraron en apartar de las Legislaturas estatales a los “carpetbaggers” y a los libertos. Pero en Carolina del Sur, Luisiana y Florida, que habían sido tres de los principales baluartes de la Confederación, el ejército impedía que los “redentores” tomaran el control.
El jaleo de las elecciones de 1876 quizá abrió una puerta a la negociación. Eso es lo que defienden los partidarios de la teoría del Compromiso de 1877. Los Republicanos estaban a punto de perder el poder en Washington, del que habían disfrutado ininterrumpidamente desde 1860, y quizá podían realizar concesiones para impedirlo. Los Demócratas, por su parte, deseaba que las tropas se marcharan del Sur y recuperar el mando en sus feudos tradicionales.
La cierto es que existiera o no el Compromiso de 1877, el ejército se retiró de los estados que ocupaba ese mismo año, incluso antes de la investidura de Hayes. Y el Norte ya no interfirió más en el modo en que el Sur trataba a los negros en sus tierras; miró hacia otro lado y permitió que se procediera a una sistemática privación de derechos de la población negra: un fenómeno que recibe el nombre de “Segregación tras la Era de la Reconstrucción”.
Los instrumentos para llevar a cabo esa involución en el Sur fueron variados, diferentes según las peculiaridades de cada estado, pero el rasgo común era el establecimiento de unos requisitos a los votantes que pocos esclavos liberados pudieran cumplir. Por ejemplo, se obligaba a certificar el pago de impuestos, saber leer y escribir o poseer una propiedad, lo cual resultaba difícil de conseguir para los estratos más pobres de la sociedad de los que la inmensa mayoría de los negros formaba parte. Pero el más restrictivo de todos estos requisitos (y, por lo tanto, el más macabramente efectivo) era la llamada “cláusula del abuelo”, que negaba el derecho al voto a aquellos cuyos padres o abuelos no hubieran podido votar antes del 1 de enero de 1867, lo que en la práctica excluía de la participación política a todos los libertos.
