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Normandía y Leyte atornillan a Roosevelt en la Casa Blanca (1944)

Las promesa de Roosevelt de no meter a Estados Unidos en la guerra se convirtió pronto en papel mojado, pero el curso de la contienda, positivo para los Aliados, hizo imposible que perdiera en sus cuartas elecciones

14/10/2020
FICHA:
Elección presidencial: cuadragésima
Fecha: 7 de noviembre de 1944
Votantes: 47.977.063
Estados: 48
Colegio electoral: 531 votos (266 necesarios)
Franklin D. Roosevelt: votos populares, 25.612.916; votos electorales, 432
Thomas E. Dewey: votos populares, 22.017.929; votos electorales, 99                                                                                                                  
El 7 de diciembre de 1941 fue uno de los días más trascendentales en la historia de Estados Unidos; uno que el presidente Franklin D. Roosevelt auguró que permanecería “en los anales de la infamia”. Seis portaaviones japoneses atacaron con sus aviones la Flota del Pacífico estadounidense en su propia base en Pearl Harbor (Hawai), le causaron graves daños, pero no la destruyeron del todo (ver "La lupa"). Esta agresión indignó y enarcedió a la población de Estados Unidos, rompió el relativo aislacionismo de la Administración Roosevelt y metió de lleno a la nación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.
Las promesas que Roosevelt había realizado durante la campaña electoral del año 40 se convirtieron de la noche a la mañana en papel mojado, pero nadie le culpó por ello. Razones de fuerza mayor se habían cruzado en su camino y le habían obligado a tomar una decisión que no deseaba. Al menos, ese era el relato oficial y esa fue la impresión que caló entre los ciudadanos de su país. Después, la guerra tuvo duras consecuencias para los combatientes, resultó especialmente ardua para una Armada llevada al límite por Japón en el Pacífico, pero al menos la población tenía el consuelo de que los combates se libraran en suelo extranjero. La economía estadounidense, enfocada al esfuerzo bélico y también a la producción de todo tipo de suministros -tan o más importantes que las balas- para enviar a sus socios en la guerra, recibió durante estos años algo equiparable a lo que supone un gigante batido de proteínas para un culturista; de hecho, fortaleció su músculo industrial de un modo espectacular y se situó en la rampa de lanzamiento para su definitivo despegue y consagración como primera potencia económica mundial. 
Roosevelt, asimismo, pudo presentar en 1944 un panorama halagüeño para los Aliados. En el Pacífico, los mayores peligros ya se habían superado y Japón parecía condenado a replegarse de isla en isla hasta su derrota final. La batalla del Golfo de Leyte, en el mes de octubre, fue quizá el golpe definitivo. Mientras, en Europa, el Desembarco de Normandía había sido todo un éxito y solo era cuestión de tiempo y paciencia que se repitieran los progresos de los años anteriores en el norte de África y en Italia. Y con idéntico resultado. Es decir, con la retirada de las fuerzas del Eje perseguidas por los Aliados, con Berlín en el horizonte esta vez.
Teniendo en cuenta estos logros, las elecciones de 1944 conocían a su ganador de antemano. Solo podía ser Roosevelt, en la que había de ser su histórica cuarta victoria electoral. Tras 144 años de respeto de la regla no escrita de no encadenar más de dos mandatos, una vez rota en 1940 parece que no hubo reparos en pisotearla aún más en 1944. La única sombra de duda alrededor del presidente concernía a su salud, pero oficialmente no había ninguna razón en la que basar esta preocupación. Solo eran rumores.
Cuando Roosevelt confirmó que optaría a un cuarto mandato, nadie en el Partido Demócrata se atrevió a interponerse. Fue nominado sin rival. Eso sí, hubo quienes sí se creyeron la versión de que Roosevelt estaba enfermo, así que hubo pelea por la designación del vicepresidente. No en vano, este sería el sucesor de Roosevelt si el presidente fallecía en el cargo. Finalmente, el aparato del partido consiguió imponer un cambio que el propio Roosevelt no deseaba: su anterior vicepresidente, Henry A. Wallace, quedaría fuera de la ecuación debido a sus veleidades izquierdistas, y el segundo nombre en el combo electoral demócrata sería un político que se había puesto en el escaparate tras liderar un comité de guerra del Senado: Harry S. Truman.
En el Partido Republicano había poco entusiasmo por competir en las elecciones. Una de sus principales figuras, el senador Robert A. Taft, se borró a las primeras de cambio. Representaba a la facción conservadora y esta tuvo que buscar otro nombre. Propuso al general Douglas MacArthur, pero este estaba más interesado en derrotar a Japón que a Roosevelt: en cuanto sufrió un revés en el proceso de elección interno del partido, al perder en unas primarias en Wisconsin, declinó seguir en la pelea. Así, la facción progresista contaba con los candidatos mejor situados: Wendell Willkie, derrotado con honores en 1940, y Thomas Dewey, gobernador de Nueva York. El segundo estaba logrando más respaldo en las primarias estatales, pero vio su camino aún más libre cuando, a finales de octubre, falleció Willkie. Al final, en la Convención Nacional Republicana se midieron Dewey y John W. Bricker. No hubo color. Dewey fue nominado en la primera votación y, con sensatez, eligió a Bricker como candidato a la vicepresidencia.
Durante la campaña arreciaron los rumores sobre los problemas de salud de Roosevelt. De hecho, en su aspecto físico se reflejaba el paso del tiempo y, quizá, también la presión acumulada durante tantos años de gobierno. Sea como fuere, él intentó acallar esas voces llevando a cabo una intensa actividad en la que, sobre todo, reivindicó la tarea realizada e insistió -como en 1940- en que no era el momento de un cambio en la dirección del país.
Dewey, por su parte, intentó presentar a Roosevelt como un gobernador despótico, caprichoso y derrochador, como según el imaginario popular lo habían sido los longevos reyes de siglos pasados en Europa. El hecho de que el presidente acumulara doce años ya en la Casa Blanca dotaba de cierto crédito a estas críticas, hasta que el propio Roosevelt las refutó con el célebre “Discurso de Fala” (ver Glosario), en el que limpió su nombre, también el de su inseparable terrier escocés, y ridiculizó al candidato rival.
En las elecciones no hubo margen para la sorpresa. Roosevelt obtuvo más del 53% del voto popular y 432 votos en el colegio electoral. Venció en 36 estados y solo concedió 12 a Dewey. No en vano, el Partido Republicano podía estar de algún modo satisfecho, ya que logró sus mejores resultados desde el Crack del 29.
Roosevelt había logrado acallar las habladurías sobre su salud, pero no escapó a la cruda verdad: el 12 de abril de 1945 falleció, semanas después de ser investido presidente por cuarta vez. Harry S. Truman le sucedió y fue quien tuvo que conducir a Estados Unidos durante el tramo final de la guerra y los no menos difíciles tiempos de la paz.
La lupa: "El día de la infamia"
Desde finales del siglo XIX, Japón se había convertido en una potencia imperalista: Corea, China y Rusia sufrieron sus embates durante décadas, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los espectaculares avances nipones durante la década de los 30 les llevaron a ampliar sus objetivos. Los restos de los imperios británico, francés y holandés en el sureste de Asia quedaron en el punto de mira y no tardaron en caer en manos japonesas; solo las Filipinas, ocupadas por Estados Unidos, fueron la excepción.
Estados Unidos no pasó por alto la beligerancia del país del Sol Naciente y le impuso un embargo económico que era especialmente dañino para su industria. Japón, por su parte, anunció que para su supervencia necesitaba controlar un área inmensa del Pacífico, a la que llamó Esfera de coprosperidad de la Gran Asia Oriental Japonesa. El choque estaba servido.
En octubre de 1941, el general Hideki Tojo formó un nuevo gobierno y estableció un plan. Las negociaciones con Estados Unidos proseguirían como mucho hasta el 23 de noviembre. Si ese día no había acuerdo, se lanzaría la “operación Hawai”, que incluía un ataque a la principal base americana en el Pacífico: Pearl Harbor. Finalmente, la diplomacia fracasó y se dio luz verde para el ataque.
La fuerza destinada a caer sobre Pearl Harbor partió de Japón el 26 de noviembre. Sin embargo, cuando alcanzó la zona de destino, en la primera semana de diciembre, conoció que el portaaviones estadounidense Lexington y otros cinco cruceros habían salido a realizar unas maniobras y no estarían en el puerto; aun así, los atacantes siguieron adelante con su misión.
El 7 de diciembre, seis portaaviones de la flota japonesa lanzaron centenares de aparatos al aire y los enviaron hacia las islas Hawai. Hubo dos oleadas: la primera pilló completamente desprevenida a la guarnición estadounidense; la segunda se encontró con mayor oposición. No obstante, la operación fue un éxito, ya que los asaltantes lograron una resonante victoria a costa de escasa bajas (64 muertos y un número indeterminado de heridos). Los estadounidenses, en cambio, perdieron 2.390 hombres y contaron 1.178 heridos, 21 buques hundidos o dañados y más de 300 aviones destruidos o afectados.
Según el historiador Carl Smith, “Estados Unidos habría entrado igualmente en guerra, aunque cabe especular si lo habría hecho a tiempo para ayudar a Gran Bretaña. Lo que está claro es que el conflicto con Japón se habría producido tarde o temprano”. Pearl Harbor, desde luego, precipitó los acontecimientos y, como dijo el almirante japonés Yamamoto, “despertó al gigante dormido”. Estados Unidos se involucró en la guerra, pero el pretexto era tan contundente, “la vergüenza y la rabia de los estadounidenses” -en palabras de Smith- era tan grande, que no podía quedar sin respuesta. Por eso, nadie se molestó en reprocharle a Roosevelt que estuviera incumpliendo su promesa electoral de 1940.
Glosario
“FALA SPEECH”: Fala era el nombre del perro de Franklin D. Roosevelt, un terrier escocés pequeño y peludo que se había convertido en una figura familiar para los estadounidenses. Durante la campaña electoral del año 44, los Republicanos acusaron al presidente de haber enviado un barco de guerra a las islas Aleutianas con el único propósito de recoger a Fala, después de que se lo hubiera olvidado allí por descuido durante una gira diplomática. Esta crítica se imbricaba en una estrategia de desgaste contra Roosevelt centrada en presentarle como un derrochador arbitrario, que no tenían ninguna consideración por el dinero de los contribuyentes.
El presidente no tardó en responder. En su primer acto de campaña, el 23 de septiembre, pronunció un discurso de media hora radiado para todo el país y, con grandes dosis de ironía, replicó las críticas. Según dijo, ni a su familia ni a él le afectaban las ataques, pero sí a Fala, “porque Fala es escocés... y su alma escocesa se puso furiosa. No ha sido el mismo perro desde entonces”.
Estas palabras despertaron tal hilaridad entre el público que se llegó a decir en la época que hasta el más “cara de piedra” de los Republicanos se había reído. Desde luego, lograron el efecto deseado por Roosevelt. Curiosamente, la idea de tratar el asunto con humor había sido del cineasta Orson Welles, quien a lo largo de toda la campaña ayudó al candidato Demócrata enviándole ideas o frases para insertar en sus discursos.
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