Homenaje a Atxen Jiménez

Mil vidas como cocinera

Atxen Jiménez, en su restaurante en 2008
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Atxen Jiménez, en su restaurante en 2008
Atxen Jiménez, en su restaurante en 2008

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Sara Nahum

Publicado el 22/04/2023 a las 13:22

Tiene que ser precioso que la gente te vaya a recordar siempre sonriendo. Porque apuesto a que es así como vamos a acordarnos todos de Atxen Jiménez. Yo, además, elijo la imagen de verla sentada al piano, tocando feliz boleros y tangos para sus clientes. Clientes y amigos que es lo que acabábamos siendo todos. O eso nos gustaba pensar.

La última vez que la entrevisté fue en 2017 cuando la nombraron una de las Damas de la Gastronomía foral. Comenzaba entonces a entrar en el túnel de la memoria imprecisa en el que se fue adentrando poco a poco estos últimos años. Pero aquel día de noviembre entró en el Casino Iruña llenando con su luz todo el espacio. Como había hecho siempre. 

Llegó de la mano de su nieta Carlota y de su hijo Nicolás, que la habían llevado casi engañada. “No quisimos decirle con demasiada antelación que había sido premiada porque se pone muy nerviosa”, decían cómplices.

Y estaba tan elegante… Nuestra Lola Herrera foral, que se encontró con la actriz en San Sebastián y se partieron de risa con el parecido. Estilosa a más no poder, yo un día no aguanté más y entre espárragos y alcachofas le pregunté por su truco de belleza. Tenía una piel espectacular. “Nada más levantarme me unto la cara en aceite de oliva virgen extra. Hago la cama, leo el periódico… y al rato me lo quito”. 

Orgullosa de los productos de su tierra hasta límites insospechados. Ella que supo darle a la verdura el papel protagonista que merecía “después de años relegada como guarnición”.

De todo lo que hablamos aquella tarde me quedo con la seguridad con la que me contó que en mil vidas que viviera volvería a dedicarse a la cocina. Nada le hacía más feliz. Se sentía afortunada, agradecida con la vida que le había tocado vivir. Una mezcla de fortuna y trabajo. Y con esa sensación de vida exprimida a tope nos tenemos que quedar. Con la maravillosa suerte que supone eso. Hoy hay seguro ahí arriba un festín de verduras deliciosas. Y suena el piano…

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