Una deriva sintomática en las calles
En las últimas semanas se suceden noticias de vandalismo con el nacionalismo vasco como nexo de unión, en las que GKS, escisión crítica con Bildu por “aburguesarse”, vende un relato antifascista

Publicado el 26/01/2025 a las 05:00
El vídeo de unos encapuchados atacando el monumento de Los Caídos de Pamplona ha corrido estos días como la pólvora en redes sociales. Es una de esas imágenes que de un tiempo a esta parte se suceden en Navarra y que hacen revivir recuerdos de un pasado que no fue mejor.
En las últimas semanas se han ido sucediendo acciones vandálicas vinculadas al nacionalismo vasco, comunista y a la izquierda abertzale, que, aunque en menor intensidad, remiten a los años en los que la kale borroka campaba a sus anchas.
Muchas de ellas vinculadas a GKS, movimiento comunista surgido de la escisión de las juventudes de Sortu y Bildu, a las que critican por su proceso de “aburguesamiento” tras su estrategia de pactos con los gobiernos del PSOE.
Esta Gazte Koordinadora Sozialista, que este sábado orquestó una demostración de fuerza con sendas manifestaciones numerosas en Pamplona y Bilbao, mantiene un pulso con la izquierda abertzale tradicional, la misma que acaba de hacerse con el control total de Bildu al laminar en la coalición a EA y Alternatiba.
Se trata, en definitiva, de liderar el relato de lucha “obrera antifascista”, bandera que tanto gustan enarbolar los herederos políticos de ETA. Sin embargo, buena parte de las últimas acciones de unos y otros, que graban y publican, encaja en esa calificación.
Derribar el Toro de Osborne de Tudela, obstaculizar catas del TAV en Navarra, pintadas amenazantes, empapelar bicicletas municipales, marquesinas y autobuses de Pamplona o embadurnar con pintura roja Los Caídos son ejemplos.
Cierta banalización de la violencia, unida al blanqueamiento que desde las instituciones se viene realizando del pasado de ETA y Bildu, está calando en parte de un segmento de la población más joven, la que no vivió los años de plomo del terrorismo y de quienes lo ampararon políticamente.
Cuando se cumplen 30 años del asesinato de Gregorio Ordóñez, pocos conocen la historia del concejal popular y menos aún la de Miguel Ángel Blanco, figura antaño icónica. El relato es clave para una memoria justa, digna y con convivencia, y así han de entenderlo quienes gobiernan si no quieren volver a sufrir en la calle la tergiversada visión que estos supuestos “antifascistas” trataron y tratan de imponer.