"En uno de esos amigables intercambios de pareceres a los que nos tiene acostumbrados la vida parlamentaria, un diputado de Junts ha llamado “chulo de barra de bar” a un diputado de ERC"

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José María Romera

Publicado el 05/10/2024 a las 05:00

En uno de esos amigables intercambios de pareceres a los que nos tiene acostumbrados la vida parlamentaria, un diputado de Junts ha llamado “chulo de barra de bar” a un diputado de ERC. 

Quién iba a decir que veríamos a un líder catalán blandiendo un término de raíces tan madrileñas. 

Pero hay insultos transversales que salvan fronteras de idioma y nacionalidad, quizá porque el lenguaje de la trifulca tiende a lo universal. 

Este de “chulo” es además un insulto bifronte que sirve igual para la ofensa y la alabanza. Cuando lo usó aquella ministra para recordar las “cosas chulísimas” hechas por su Gobierno, no solo pretendía el autobombo. A la vez trataba de halagar a un público joven que, llevado por su tendencia al adanismo lingüístico, cree haber inventado ciertas palabras sin saber que llevan siglos en circulación.

A principios del XX, Baroja atestigua que “como insulto callejero se usaba mucho la palabra chulo”, pero su origen se remonta a principios del XVIII, cuando vino a designar al tipo popular del muchacho bravucón y presumido. 

Era un ejemplo de las que Carmen Martín Gaite, en su estudio sobre las costumbres amorosas de la época, llamaría “palabras de resonancia rufianesca” convertidas más tarde en elogios, como “guapo/a”, “majo/a” o “manolo/a”. 

Entre todas ellas es “chulo” la que ha adquirido mayor amplitud semántica; mientras en su acepción injuriosa conserva una fuerte carga peyorativa (el arrogante, el altivo, incluso el proxeneta), en la favorable señala una categoría estética imprecisa pero rotunda, a medio camino entre lo “bonito” de toda la vida y lo “guay” de las aniñadas jergas del momento. 

Pero no es solo una cuestión de lenguaje. En el ámbito del poder todo hace pensar que soplan vientos favorables para la chulería, a juzgar por la abundancia de líderes que la encarnan con innegable éxito. Viendo a tipos como Trump, Maduro, Putin o Netanyahu da la impresión de que estamos en manos de una Internacional de la chulería decidida a imponer su voluntad por encima de leyes, tratados globales y declaraciones de derechos humanos. Claro es que lo que a unos nos parece chulería a otros les parece una chulada. Todo es cuestión de ópticas. El caso es que entre una cosa y otra nos está quedando un mundo muy chulo.

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