"La campaña electoral avanza, y los candidatos sueñan con gabarras que los transporten a la gloria aclamados por la multitud"

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José María Romera

Publicado el 13/04/2024 a las 05:00

La sociedad vasca afronta una de las elecciones autonómicas más disputadas de la historia, pero estos días toda su atención estaba concentrada en una humilde barcaza. Es la distancia que va de la ficción política a la realidad social, no menos ficticia por otra parte. La historia ya la conocen, porque ha dado la vuelta al país, al continente, al planeta y a la galaxia entera: el Athletic ganó la Copa del Rey, y la villa de Bilbao al unísono lo celebró por todo lo alto, sacando a pasear la gabarra por la ría entre los vítores de un millón de personas debidamente enfundadas en sus camisetas rojiblancas. Aunque este gusto por la uniformidad ya es común entre las hinchadas de todos los equipos, en Bilbao va más lejos porque alcanza a balcones, terrazas, fachadas, edificios oficiales, iglesias, comercios, centros educativos y de ocio, en un ensimismamiento bicolor al que ni siquiera los candidatos han podido sustraerse. Y en el centro de aquel inmenso paroxismo, la gabarra. Si en el imaginario de los aficionados la copa viene a ser el Santo Grial de esta proeza, la gabarra hace el papel de carroza triunfal en el desfile de los cruzados que regresan victoriosos de su aventura. El relato de la hazaña no puede quedarse en un mísero gol de penalti en el cara o cruz del desempate frente un equipo del montón. Necesita amplificarse con un lenguaje conmemorativo hinchado hasta la hipérbole y un estado de inflamación colectiva llevado hasta el delirio. Es lo que tienen de malo las bilbainadas, que se han de superar a sí mismas si quieren seguir asombrando al mundo. En la gabarra viajaban unos muchachos iguales a aquellos a quienes el entrenador Bielsa reprochó en su día ser "millonarios prematuros", ahora en comunión mística con la plebe. Pero para el aficionado la gabarra debe de tener la propiedad mágica de sublimar todos los contrasentidos de manera que cualquier gesto que se produzca en torno a ella se carga automáticamente de significados nobles y emotivos. Por eso se entiende que llamen tradición a un rito que solo conoce tres ediciones. En fin, ya pasó. La ciudad recobra poco a poco la cordura, la campaña electoral avanza, y los candidatos sueñan con gabarras que los transporten a la gloria aclamados por la multitud.

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