Aniversario

50 años del incendio que pudo cerrar la mayor industria de la historia de Navarra

La rápida actuación de los bomberos y el empeño de los trabajadores de Authi evitó un desastre que habría supuesto el final de una naciente industria del motor llamada a sentar las bases de la futura prosperidad económica

Pedro Antonio Gómez sostiene la imagen en la que se ve el incendio de 1974 en el mismo lugar actualmente mientras posan sus compañeros en Authi: Enrique Bidegain, Enrique Jáuregui, José María Salvador, Juan José Martínez, Fidel Uroz, Pedro Ibarra, José María Martorell, Esteban Bidegain y Pedro Eslava
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Pedro Antonio Gómez sostiene la imagen en la que se ve el incendio de 1974 en el mismo lugar actualmente mientras posan sus compañeros en Authi: Enrique Bidegain, Enrique Jáuregui, José María Salvador, Juan José Martínez, Fidel Uroz, Pedro Ibarra, José María Martorell, Esteban Bidegain y Pedro Eslava
Pedro Antonio Gómez sostiene la imagen en la que se ve el incendio de 1974 en el mismo lugar actualmente mientras posan sus compañeros en Authi: Enrique Bidegain, Enrique Jáuregui, José María Salvador, Juan José Martínez, Fidel Uroz, Pedro Ibarra, José María Martorell, Esteban Bidegain y Pedro Eslava

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Carlos Lipúzcoa

Publicado el 06/10/2024 a las 05:00

El miércoles 9 de octubre se cumple el 50º aniversario del incendio que arrasó el almacén general de la factoría de Automóviles Hispano Ingleses (Authi), empresa que ahora se conoce como Volkswagen Navarra. Aquel fuego logró ser controlado a tiempo y los daños fueron limitados, pero se bordeó la catástrofe porque las llamas estuvieron a punto de pasar al taller de pintura. Si esto hubiera sucedido, el incendio habría devorado la fábrica por completo, lo que, en las difíciles circunstancias en las que se hallaba el mercado automovilístico de la época y con la matriz británica propietaria a punto de quebrar, probablemente hubiese significado el punto final de la industria automovilística en Navarra.

Creada en 1965, nueve años después Authi producía coches de las marcas Austin, Morris y MG, aunque el vehículo estrella que salía de la cadena de montaje de Landaben era el mítico Mini. Las instalaciones principales estaban formadas por una gran nave en forma de L, todavía en uso en la actualidad en Volkswagen Navarra, en la que los tres talleres principales, chapistería, pintura y montaje, compartían un único espacio junto al almacén general. La posición central del área de pintura, una zona repleta de productos químicos, hubiera propagado el fuego con gran facilidad al resto de instalaciones.

Una destrucción completa del recinto habría servido de excusa perfecta para dar por finiquitado el principal esfuerzo por dotar a Navarra de una próspera industria del motor. El núcleo central del Programa de Promoción Industrial impulsado en 1964 por la Diputación de Navarra era precisamente lograr la implantación de una empresa automovilística, objetivo que se logró, tras el sonoro fracaso en 1956 de Citroen, gracias al interés del Marqués de Huidobro por colocar los motores que, hasta la fecha, vendía a FASA Renault. Por el camino de cruzaron los ingleses de British Motor Holdings (BMH), conglomerado que fabricaba las marcas Austin, Jaguar, Morris y MG.

Así nació Authi a mediados de los 60 en un contexto de dura competencia entre distintas provincias por atraer a los fabricantes deseosos de conseguir una porción del creciente mercado en España. La demanda de coches en Europa por entonces era inagotable y el negocio parecía asegurado por décadas. Pero la crisis del petróleo de 1973, provocada por la guerra de agresión de Siria y Egipto contra Israel, dio un vuelco total a la situación y frenó en seco las ventas. Aquella recesión económica también puso contra las cuerdas a la matriz británica de Authi. Fue precisamente en este panorama con sobrecapacidad de producción de coches en España cuando tuvo lugar el incendio de la fábrica de Landaben. Todo ello da idea del difícil momento que atravesó debido al siniestro esta empresa que, en la actualidad, da trabajo directo a 4.500 personas. Y las estimaciones de empleo indirecto multiplican por tres esa cifra.

A comienzos de los 70, en España empezaba a bullir un nuevo espíritu sindical que prosperaba al margen de las estructuras oficiales de la dictadura franquista. Influidos por los movimientos del resto de Europa, se primaban los lazos de fuerte solidaridad y compromiso entre trabajadores, aunque también una visión frentista con las empresas. Sin embargo, este clima hostil hacia el capital en el que se estaba empezando a empapar la plantilla de Authi, no impidió que sus empleados entendieran perfectamente lo que estaba en juego si ardía la fábrica. Y actuaron en consecuencia.

UN NEGRO PRESAGIO

El 9 de octubre de 1974 parecía que iba ser un rutinario día más para los 1.679 trabajadores de Authi, que se preparaban para comenzar la jornada a las siete de la mañana. José María Martorell Pérez, que entonces tenía 29 años y trabajaba en el almacén de repuestos desde 1969, vivía junto con su mujer en un piso de Barañáin que daba al barranco desde el que se podía observar Authi. Como el resto de sus compañeros, se había levantado pronto para desayunar y asearse antes de enfilar hacia la fábrica cuando su esposa le alertó: “Oye, me parece que tenéis un incendio en la fábrica”. Echó un vistazo por la ventana y vio una delgada columna de humo que salía de la nave. Cogió el coche “a toda velocidad” y bajó sin perder tiempo. La empresa estaba abierta y ya estaban trabajando los primeros bomberos.

Los hermanos Enrique y Esteban Bidegain Iragui, que en 1974 tenían 26 y 24 años respectivamente, llegaban también a la fábrica desde la casa familiar en Esparza de Galar. El mayor ocupaba un puesto en chapistería desde 1966 y el pequeño llevaba tan solo un año en montaje. Al acercarse vieron “una columna de humo muy negra pero estrecha que se elevaba hacia lo alto”, algo que, según narra Esteban, les provocó “una gran desazón, como si se acabara todo el futuro”. Su hermano Enrique reconoce que, hablando de aquella experiencia, le vuelven “los recuerdos como flashes” y tiene grabado en la mente el caos del sonido de “ambulancias, bomberos y policías”. Algunos creyeron que el humo podía deberse a una avería en el expreso de Barcelona, cuya llegada a Pamplona coincidía con la entrada en la fábrica. “Todavía se empleaban locomotoras de vapor, pero al llegar vimos que no, que el humo salía de la fábrica”, cuenta Pedro Ibarra Cervantes, que tenía 26 años y era soldador en chapistería.

Juan José Martínez Ruiz, nacido en Ágreda y que por entonces tenía 30 años, y admite que estaban “paralizados por el miedo” y miraban “impotentes” cómo se estaban quemando sus puestos de trabajo. “Nos preguntábamos qué sería de nosotros si cerraba la fábrica. También si el incendio había sido fortuito o provocado”, relata este extrabajador de Authi destinado al taller de montaje. Tras esos primeros minutos de confusión por la visión dantesca ante sus ojos, los trabajadores que se iban acumulando en el exterior de la fábrica empezaron a organizarse espontáneamente para echar una mano a los bomberos. Un grupo numeroso formó “una cadena humana” en uno de los accesos laterales, entre el almacén y montaje, para sacar los neumáticos, tal como rememora Pedro Eslava Eslava, que tenía 28 años cuando se produjo el siniestro y que trabajaba en montaje.

Algunos de los más atrevidos entraron al interior de la nave a sacar todo lo que podían “con la boca tapada y casi a ciegas”, según recuerda Pedro Antonio Gómez Valenzuela, jienense que en 1974 tenía 26 años y trabajaba en Authi desde 1965. “¡Es que se quemaba tu futuro y el de tus hijos y te la jugabas!”, exclama entre lágrimas. Aunque el fuego estaba localizado en la zona del almacén, un humo denso y muy negro llenaba todo el taller de montaje, lo que hacía particularmente peligroso adentrarse por el riesgo de intoxicación. Ello no impidió que los más osados sacaran con pañuelos cubriendo el rostro los coches terminados para evitar que se dañaran por el hollín o el calor.

Los momentos más angustiosos se vivieron durante los trabajos para evitar que las llamas alcanzaran el taller de pintura, que se encontraba justo al otro lado de un muro interior junto al almacén que estaba ardiendo. Los bomberos sabían que era prioritario enfriar ese muro para impedir que el calor acabara propagando el incendio a una zona repleta de productos químicos que era “un auténtico polvorín”. El objetivo era dar tiempo al resto de los equipos de extinción para controlar las llamas del almacén. Entre tanto, el techo del almacén acabó colapsando porque las altas temperaturas habían debilitado la estructura de acero que lo sujetaba.

Para las diez de la mañana, se daba por controlado el incendio para alivio de los trabajadores. Una hora más tarde, a las once, los responsables de la empresa dieron orden a la plantilla para que volviera a sus casas. Enrique Jáuregui Gorraiz tenía 28 años y trabajaba por entonces en chapistería. Admite que, debido al ajetreo de la jornada, no era consciente de la gravedad de las consecuencias del incendio en ese momento. Él fue uno de los cien voluntarios que pidió la empresa para formar un retén que hizo labores “de apoyo y vigilancia” en la fábrica todo el día. Las llamas quedaron completamente extinguidas hacia las cinco de la tarde y en la fábrica solo permaneció el retén de apoyo.

Cronología del incendio en la fábrica de Automóviles Hispano Ingleses
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Cronología del incendio en la fábrica de Automóviles Hispano InglesesDiario de Navarra
Cronología del incendio en la fábrica de Automóviles Hispano Ingleses

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LA CAUSA DEL FUEGO

Fidel Uroz Iribarren, que contaba 32 años en 1974, no recuerda con exactitud cuánto tiempo hubo que esperar hasta que la temperatura bajó lo suficiente para entrar en la zona siniestrada a inspeccionar los daños. Empleado como soldador en chapistería, formó parte del equipo de la empresa encargado de hacer las primeras pesquisas dentro del almacén: “Estuvimos indagando muchas horas, pero no encontramos ningún indicio de que hubiera sido provocado. Fueron los materiales los que facilitaron la propagación de las llamas, como la tela de los asientos”. La efectiva actuación de los bomberos y la colaboración de los trabajadores para sacar material inflamable limitaron los daños, según las estimaciones de la empresa, a una cantidad entre 500 y 700 millones de pesetas, el equivalente a entre 51 y 71 millones de euros al cambio actual teniendo en cuenta la inflación. La fábrica conservaba así buena parte de su valor y era posible reactivarla con un nuevo propietario.

Los trabajos de desescombro comenzaron en cuanto se dieron por concluidas las investigaciones de bomberos, policía y el seguro. Hubo que levantar un nuevo almacén general y los trabajos para limpiar el hollín llevaron dos meses. El incendio fue “la gota que colmó el vaso” y British Leyland aceleró sus planes para vender Authi. Se decidió aprovechar el remanente de piezas que quedaban para completar una última tirada de coches Austin y Morris que concluyó en mayo de 1975. Desde ese momento, prácticamente toda la plantilla fue al paro a la espera que se concretara la compra por parte de Seat tras el veto a que General Motors se hiciera con el control de la fábrica de Landaben. Los cerca de 1.700 extrabajadores de Authi respiraron con alivio tras más de un mes de angustia cuando el cierre de la operación se hizo oficial el 30 de junio de 1975. Arrancaba una nueva etapa que abriría el paso a que 18 años después, en diciembre de 1993, Volkswagen adquiriera las instalaciones. Y el resto es historia.

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