Nuevas tecnologías

Así es un trabajo supervisado por los algoritmos inteligentes

Los ‘riders’ son la avanzadilla de lo que antes o después acabará llegando a otras empresas para optimizar el rendimiento de sus empleados

David Moreno Álvarez comenzó trabajando como rider en septiembre de 2019 para salir del paro
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David Moreno Álvarez comenzó trabajando como rider en septiembre de 2019 para salir del paro
David Moreno Álvarez comenzó trabajando como rider en septiembre de 2019 para salir del paro

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Carlos Lipúzcoa

Publicado el 06/05/2024 a las 05:00

David Moreno Álvarez conoce muy bien lo que es trabajar al dictado de la inteligencia artificial. Su experiencia de trabajo como autónomo a golpe de pedal para Glovo, la conocida plataforma de envíos a domicilio, comenzó en septiembre de 2019. Por entonces tenía 32 años y muchas ganas de conseguir unos ingresos regulares tras una temporada en el paro. El comienzo de su trayectoria laboral como rider llegó tras una charla con un repartidor que se encontró por la calle. “Le pregunté y, en principio, me parecieron bien las condiciones. Estaba necesitado y me dijo que estaba sacando dinero, así que me metí en la aventura”, comenta.

Entre las cosas que le gustaban de esta nueva profesión estaba la propia bicicleta, que para él es una afición además de un medio de transporte, y el contacto con la calle. Como trabajador por cuenta propia, David se ponía sus propios horarios y fijaba las libranzas para alcanzar la cantidad que consideraba suficiente para cubrir sus necesidades. La flexibilidad era, por tanto, su santo y seña, de forma que se autoimponía más horas de trabajo si no le llegaban suficientes encargos a lo largo de la semana o prescindía del día de descanso, normalmente los lunes. Todas estas decisiones las tomaba al ritmo que le marcaba la aplicación desde la que le llegaban los encargos y en la que se reflejaban sus ganancias.

Con cerca de cuarenta horas semanales trabajadas, la compensación económica no llegaba a los mil euros mensuales. Alcanzar las cifras de las que presumían algunos riders pasaba necesariamente por la “autoexplotación”, según considera. “Para sacar unos 2.000 euros, había que meter once o doce horas diarias y no parar ningún día”, asegura. Y tras un primer año con la tarifa plana, las cuotas a la Seguridad Social subieron dándole un buen bocado a sus ingresos.

Eso le convenció para aceptar la oferta para convertirse en empleado por cuenta ajena a los tres años de empezar. Lo hizo al integrarse en un spin off de Glovo conocida como Glovo Express, donde ha permanecido hasta la fecha. Allí sigue ahora, aunque actualmente está afectado por un ERTE y con pocas esperanzas de volver a trabajar. En febrero despidieron a varios compañeros y permanece pendiente de lo que pueda pasar con su futuro.

FUNCIONAMIENTO OPACO

David Moreno Álvarez no ha perdido el contacto con sus antiguos compañeros que siguieron en la modalidad de autónomo. Y, por lo que le cuentan, las cosas no han cambiado demasiado en este tiempo. Una de las principales quejas de estos conejillos de indias de la IA aplicada a la gestión de personas es la opacidad con la que funciona el algoritmo: “Está completamente oculto a nosotros”. A los riders de Glovo solo se les proporciona una puntuación, obtenida a partir de distintos parámetros, que sirve para premiarles o castigarles. Quienes consiguen mantenerla en valores altos pueden empezar a recibir los encargos antes que los demás. La puntuación cambia según la satisfacción de quienes reciben los envíos y la eficiencia para cumplir los tiempos de entrega.

“Se supone que no tienes jefes y trabajas en función de tus intereses, pero si rechazabas varios encargos te acababan penalizando”, comenta. Aunque nadie sabe exactamente cómo funcionan los resortes de la app, los riders intuyen que el movimiento es un factor clave para encadenar entregas de forma que la jornada sea rentable. Cuanto más tiempo paran, menos trabajo llega y aumenta su penosidad. En ocasiones el tipo de encargo tras un periodo de inactividad parece más a un castigo que otra cosa, con entregas a destinos al límite de la distancia máxima posible. “Son pedidos que han rechazado otros riders y que acaban saltando de un terminal a otro”, explica David Moreno Álvarez.

El cálculo del montante por encargo, con montantes de tres a cinco euros, tiene una base fija a la que se añaden algunas bonificaciones como la demanda del momento o la lejanía. Sin embargo, la retribución por la distancia ha perdido brillo con el paso de los años. Los riders suelen frecuentar zonas con más bares y restaurantes desde los que habitualmente provienen los encargos. También saben que, cuanto más alta sea la demanda, más margen deja en el bolsillo. Y eso sucede precisamente cuando la gente no quiere salir de casa ya sea por el mal tiempo o por haber algún acontecimiento televisado. Así, los inviernos son más rentables que los veranos. Y por eso durante la pandemia fue una actividad floreciente, aunque ahora está un poco de capa caída.

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