Verano en mi pueblo
Todos los caminos llevan a Murieta
En esta localidad navarra situada en Tierra Estella veranean muchos niños de diferentes puntos, como Pamplona, Estella, País Vasco o incluso Sevilla

Publicado el 16/08/2025 a las 05:00
En Murieta hay un bar donde “se come de maravilla”, una estación de ferrocarril convertida en ayuntamiento y una casa de piedra que guarda un fósil en el marco de su entrada. Allí veranean muchos niños del País Vasco, de Estella, de Pamplona y hasta de Sevilla. Esto cuentan quienes mejor conocen sus calles a costa de recorrerlas todos los días en bicicleta, en patinete o a pie, para ir a las piscinas o al frontenis. A muy grandes rasgos, Gerard Alejandro Pinzón Merino, de 14 años, describe esta localidad de 358 habitantes como una “muy alegre, con parques y mucha gente para jugar”.
Con casi 70 más que él, Jesús Sainz Barrio, natural de Etayo, residente de Vitoria y veraneante de Murieta, opina lo mismo de esta localidad de Tierra Estella. “Es un pueblo ‘muy guay’, como dirían los jóvenes”. Desde el segundo piso de su casa, ubicada al lado de la Vía Verde del ferrocarril Vasco-Navarro, puede ver los techos de las casas de Etayo y, si se asoma a su patio interior, lo saludan los tomates y calabacines de su huerta. “A veces me dice, ‘joe cómo se me ha pasado la mañana’, cómo no, si te la has pasado hablando con los peregrinos y en la huerta”, reclama su esposa, María Rojo Manzano. Él tiene 82 y ella “muchos”. Llevan 22 veraneando en Murieta. En sus vidas, tal y como insisten ambos, prima la normalidad: “Hago como mi casa, y me paso la vida en la huerta. Hablo hasta con los tomates”. ‘Mari’, por su parte, se levanta, desayuna y va a por el pan. “Si viene alguien, pues hablo, pero hago mi vida normal”. Por las tardes, se junta con cinco amigas para caminar por la Vía Verde hasta Ancín.
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Es el pueblo de Sainz el que da nombre a un bar que es hostal y restaurante a la vez: el Etayo. Fernando Vicente Arteche y su esposa, Silvia Solchaga Fernández de Labastida, se pasan el verano viajando “a salto de mata” entre Murieta y Ancín. Para comer en la terraza del Etayo, comprar carne o txistorra, o pasear por la Vía Verde del ferrocarril Vasco-Navarro, que hasta hace 58 años enlazaba Estella-Lizarra con Vitoria-Gasteiz. Hoy conecta, con un camino que no supera los 5 kilómetros y que ‘Mari’ transita a diario, Murieta y Ancín, el municipio donde el matrimonio compró una casa hace 16 años. Y así, como si siguieran la ruta del ferrocarril, la pareja de vitorianos vivirá su jubilación en este pueblo que constituía una de las paradas del tren que dejó de operar en 1967. No les faltan razones para hacerlo: “La gente es maja, se come muy bien y así huimos un poco de la urbe. Hay pueblos pequeños que tienen todo”.
UNA CASA CON HISTORIA
Mientras construía el arco que bordea la entrada a su hogar, José Javier López Lana decidió colocar una piedra con un fósil enclavado que se encontró en una excursión al monte. Tiempo después, con la casa ya construida, desde su ventana podía ver las tres cimas del Montejurra y, más cerca, los exteriores del consistorio murietarra, desde donde lanzó el cohete de las fiestas en 2017. No era, sin embargo, la primera vez que se asomaba a ese balcón. Antes de ser ayuntamiento, el edificio erigido en medio de la última rotonda de Murieta fue la estación de ferrocarril del pueblo. A su padre, Miguel López Ganuza, que dedicó su vida y cariño a este transporte, le dejaron quedarse ahí hasta que López Lana cumplió 7 años. Muchos años después, nació su nieta, Aitana López Azcona, a quien le contó todas las historias que pudo sobre el ferrocarril y que han quedado, como ese fósil en la entrada, enclavadas en las piedras que sostienen su casa. Quizá por eso ella afirma estar enamorada de su hogar. “Nos hemos criado escuchando las historias de mi abuelo. Recuerdo que de pequeña les decía a mis padres: ‘¿Cuando yo sea grande vosotros dónde vais a vivir?”.
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De su infancia recuerda también cuando iba donde “la Mari” (María Rojo) a por galletas María. Así, como los niños que hoy pasean en bici, reservan el frontenis y se bañan en el río Ega, transcurrió también la infancia de Aitana, en un pueblo donde esa etapa parece interminable; donde, como dice Gerard Pinzón, siempre tienes con quién jugar. Ya con 19 años, Aitana alentó la formación la asociación de jóvenes del pueblo, con quienes ha organizado torneos de fútbol, catas de cerveza o una cena de navidad. “A raíz de eso nos hemos juntado mucho más. Hay gente de 18 años y hasta de 30. Mucho mix”. Porque, como bien dice Jesús Sainz, en Murieta hay cosas “para todo el mundo”.