Verano en mi pueblo
Las vacaciones saben a río, a sierra y niñez en Galdeano
'Diario de Navarra' recorre la geografía foral para hablar con los vecinos y visitantes, y mostrar cada sábado por qué el verano es tan espacial en los pueblos navarros, que se llenan de vida
Publicado el 20/07/2024 a las 05:00
El veraneo en Galdeano, concejo del valle de Allín de 62 vecinos abrigado por la sierra de Lóquiz, sabe al agua fresca del río Urederra, al monte y a los recuerdos de una infancia azul e inolvidable para quienes tuvieron el placer de disfrutarla. Aquellos niños que apenas empezaban las vacaciones estivales de una EGB de clases de mañana y tarde salían disparados hacia el pueblo donde seguían viviendo sus abuelos. Sus padres se habían marchado a las ciudades. A Pamplona, San Sebastián y otras en las que ellos ya crecieron. Pero Galdeano siguió siendo el punto de encuentro. La casa de todos. La familia extensa de tíos y primos volvía allí año tras año. En torno al pórtico de la iglesia donde se juntaban, a los juegos en la calle de días sin móviles y televisiones con solo dos canales se tejieron experiencias tan valiosas para ellos que ahora, cumplidos los 40 o los 50, son sus hijos pequeños. adolescentes o ya jóvenes quienes las disfrutan.
El perfil del veraneante típico en Galdeano se construye así. En familia. Aunque tengan acento inglés como Robert Balerdi, que viaja cada año desde Londres, el lugar al que le llevó la vida y donde reside con sus tres hijos en la veintena. “De niño venía a ver a los abuelos y he seguido haciéndolo siempre. A mis hijos les sigue gustando estar aquí”, cuenta. En esta localidad de Allín, entonces, como ahora, los grupos de amigos integraban a distintas edades. Había escuela en lo que hoy es la sociedad y él, que entonces venía de Madrid, se pasaba por ella en esos días previos a las vacaciones hasta que sus amigos navarro empezaban el tiempo de descanso. “Pasábamos el día jugando en la calle, sin ninguna preocupación y bañándonos en la piscina particular que abría uno de los abuelos”, recuerda. Y relata como hoy sus hijos londinenses aguardan cada martes la llegada del heladero. Un clásico en estos valles que se hace esperar a veces hasta la madrugada.
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FELICES DE VOLVER
Los veraneantes que se encuentran al atardecer de un día de julio en la plaza Luis Balerdi, donde se alza el Hotel Palacio Dos Olivos, o en la sociedad eje también de la vida local comparten testimonios similares. La donostiarra Nere Bidebarrieta Legarda regresa al pueblo de sus abuelos, donde aún vive su madre, Cristina, y ha trasladado esa forma de disfrutar de las vacaciones a sus hijos adolescentes. “Vienes de la ciudad, te traes tu libro, te tomas tu cerveza y es como que te recargas las pilas. Aquí estás en la naturaleza”. Y apunta al arraigo como otro de los motivos de este regreso que les hace felices verano a verano. “Hay mucho de eso también. Lo llevamos en la sangre. Es el amor al pueblo del que desciendes, la libertad de la niñez, los amigos de esos años. Nuestros hijos tienen también aquí su cuadrilla y quieren venir porque lo han vivido desde pequeños”.
Tanto apego y fidelidad a este pequeño enclave repetido en Artavia, Larrión y otros concejos próximos cuyas fiestas constituyen otra de las citas imprescindible de estas semanas estivales, se traduce en la conservación de sus cascos urbanos donde muchos han arreglado las casas de sus antepasados para seguir disfrutándoles. “A veces se reforman, otras se hacen nuevas pero es una manera de regenerar y conservar el pueblo”, prosigue esta vecina de la capital guipuzcoana.
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Teresa Santamaría Fernández, residente en Burlada, comparte una experiencia similar. “Era mi abuela la que vivía aquí y veníamos en verano tres familias, nos dejaban a los nietos y eso lo hemos conservado luego nosotros transmitiéndoselo a nuestros hijos. Hacen lo mismo que nosotros, todo el día en la calle jugando.” Levantarse, salir temprano, a comer y de nuevo hasta la noche, cuando hay que ir a buscarles. El silencio, la paz, la sierra de Lóquiz les animan -sostienen- a continuar viniendo. Y la huerta, uno de los grandes entretenimientos para Teresa que ha querido mantenerla tras fallecer sus padres. Como lo es el monte para su primo, Iñaki Asurmendi Fernández, otro de los veraneantes de Galdeano.
