Movilidad

El rey de los viajes en villavesa

Para Iñigo Juango Arteaga, 49 años y menos de un 10% de visión, viajar en el transporte urbano comarcal es un placer. Lo hace varias veces al día, conoce al detalle recorridos, horarios, líneas, paisaje y paisanaje y concluye que tenemos un buen servicio

Iñigo Juango a bordo de la línea 4 que coge muchos días para ir al centro o a las extensiones.
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Iñigo Juango a bordo de la línea 4 que coge muchos días para ir al centro o a las extensiones
Iñigo Juango a bordo de la línea 4 que coge muchos días para ir al centro o a las extensiones.

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Pilar Fernández Larrea

Publicado el 02/03/2024 a las 05:00

"No sé los viajes que hago, montaré unas ocho veces al día, me encanta, me relaja, me gusta ver gente, el ambiente, la ciudad pasar, los ruidos, todo”. Recorrer Pamplona y la Comarca en villavesa es apasionante para Iñigo Juango Arteaga, 49 años, vecino de Barañáin con menos de un 10% de visión. Le gusta desde niño y estas décadas sobre ruedas han sido un aprendizaje que retiene con ayuda de una memoria prodigiosa. No hay detalle que se le escape. Lo sabe todo sobre recorridos, horarios, frecuencias, autobuses, chóferes, tecnología, motores, paisajes y paisanaje. Asombra escucharle y edifica su razonamiento.”Una sugerencia no es un reproche y siempre hay que argumentarla. Lo hago muchas veces a la Mancomunidad, siempre me atienden y más de una vez han asumido las peticiones o introducido cambios”, expresa en un viaje de tantos.

Cuenta su periplo en un trayecto de la línea 4, la que coge con mayor asiduidad, cerca de su casa. “Con 10 años ya me gustaba montarme, entonces en Barañáin era La Montañesa y yo preguntaba a mi madre si podía subir y me daba una vuelta, cuando los billetes eran de papel, tacos de mil unidades que los chóferes rompían, ras, mojando en la gomita. Unas 50 pesetas costaba entonces, y a mí me maravillaba todo aquello”, expresa Iñigo.

Nació con cataratas congénitas. “Agradezco a mis padres que me animaran a ser autónomo, nunca quisieron que diera pena, solo que fuera uno más”, apunta Iñigo. Es una de las 900 personas ciegas en Navarra, afiliado a la ONCE, colabora también con Retina Navarra y Gerna, asociación de enfermedades raras. Trabajó en corredurías de seguros, primero con su padre, luego como autónomo y ahora es pensionista, vive solo y está involucrado en mil historias, también canta en orquestas, colabora con el mariachi Chuchín Ibáñez y ha sido campeón de España de tiro olímpico con carabina. Pero todo esto sin dejar nunca la villavesa, su “novia sobre ruedas” como las llama su novia Raquel, la de verdad.

En un relato minucioso de cifras y fechas menciona la fusión entre La Montañesa y Cotup en 1999 y tantos hitos, como la irrupción del bonobús. “Me daba reparo no poder utilizarlo por la baja visión, pero me madre me animó”, recuerda las primeras máquinas canceladoras y toda la evolución tecnológica hasta llegar a las tarjetas sin contacto actuales.

Iñigo Juango junto a una parada del transporte urbano comarcal en la avenida Conde Oliveto de Pamplona.
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Iñigo Juango junto a una parada del transporte urbano comarcal en la avenida Conde Oliveto de Pamplona.jesús garzaron
Iñigo Juango junto a una parada del transporte urbano comarcal en la avenida Conde Oliveto de Pamplona.

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CHÓFERES Y AMIGOS

Guarda buenos recuerdos y amistades de los chóferes de La Montañesa, como Félix, o Alberto Setoáin. “A mediados de los 80, los domingos Alberto tenía descanso de una hora en el paseo de Sarasate de 8 a 9 de la mañana, en ese rato iba a misa a San Nicolás y yo le acompañaba, era un trato muy cercano, más como de pueblo. Ahora las cosas son distintas, todo ha crecido mucho, la vida va más rápido y lo entiendo, hay muchas personas al volante, les saludas, qué tal, buen día y poco más, no les quiero distraer. En esta vida todo consiste en ponerte en la piel del otro y en la de los conductores, también”, sostiene.

Dispone de la tarjeta con tarifa social para personas con discapacidad con la que paga 19 céntimos cada uno de los dos primeros viajes y 40 céntimos los posteriores en una jornada. “Y puedes coger hasta tres líneas distintas por el mismo precio si haces los transbordos en menos de 45 minutos”, detalla y añade: “Cojo los abonos mensuales, me compensa más, hago los viajes que quiero”, apunta un jueves por la tarde de febrero. Preguntado por el trayecto de un día cualquiera describe el del miércoles anterior: “Salí sobre las siete y media de la tarde y llegué a las diez y veinte de la noche a casa. Primero de Barañáin al centro, luego del centro hasta el seminario, otra vez al centro y cogí la 17 hasta Mutilva y luego a Berriozar, a la vuelta bajé en Merindades y cogí la 4 para regresar a casa. Ayer me paseé por los autobuses, me apetecía hacer algo distinto, no todos los días son iguales, otras veces bajo, doy un paseo largo, vuelvo a subir, depende”, cuenta resuelto y explica que esos trayectos largos aprovecha para revisar correos en el móvil, responder o borrar mensajes.... el trabajo que otra persona haría en un sofá, por ejemplo. Hay veces que coge la 4 y llega hasta Huarte, 52 minutos, o le suma la extensión hasta Arre, una de las que le gusta. Parece la más larga, pero no: “Yo diría que es la 16, de Berriosuso a Beriáin Viejo, allí están...”.

“Para mí es un placer ir en un autobús, sobre todo urbano, que te puedes subir y bajar cuando quieras o levantarte y moverte, como en el tren, no me gustan tanto los viajes largos en autobús interurbano, como ir de Pamplona a Barcelona, eso no, prefiero moverme”, puntualiza Iñigo. Viaja en todas las líneas, tanto diurnas, como las nocturnas, aunque en estas, advierte, “hay que ir con más ojo”. Y valora el “esfuerzo” de la Mancomunidad con la red que cubre la noche.

Iñigo Juango utiliza el mando para personas ciegas que le informa por voz del tiempo de espera para cada línea en la parada. Y si percibe alguna incidencia avisa a TCC, la sociedad concesionaria del servicio. Conoce a los técnicos, “muy eficientes”, afirma. Y a él le conoce prácticamente toda la plantilla. “Es una persona estupenda, siempre dispuesto a echar una mano”, apunta Carlos Elizalde.

Iñigo considera que Pamplona tiene un buen servicio de transporte urbano, de frecuencias, de recorridos, de horarios. Lo ha comparado con muchas ciudades, le gusta moverse en transporte cuando sale fuera de Navarra: conoce los buses de San Sebastián, el tranvía de Vitoria, el metro de Bilbao, el de Madrid, los autobuses de Zaragoza, Tarragona o Palma.

En Pamplona y la Comarca percibe que el servicio se ha estancado en la velocidad. “No es cuestión de aumentar frecuencias, lo que hay que mejorar es la velocidad. No hacemos nada con que el autobús llegue cada seis minutos si tarda igualmente media hora en cubrir el trayecto”, reflexiona.

Ha pasado casi media hora desde que subimos al bus en Barañáin. Bajamos en la avenida Conde Oliveto, la puerta emite un pequeño sonido al cerrarse. “Nos viene muy bien, pero no todos los autobuses lo tienen, se lo quitan por no incomodar a los viajeros. Menos en el modelo Mercedes porque si lo hacen, la marca no acepta la garantía”, detalla Iñigo sin presumir un ápice de su dominio de motores y tecnología: “Me encantan las máquinas, los motores, no solo de autobús, también ascensores y otros”.

Iñigo acumula anécdotas como para llenar muchas páginas. “Algo que hacía siempre era coger el bus a las 10 de la noche en la plaza de los Castaños de Barañáin, iba al hospital Virgen del Camino, sacaba un chocolate de la máquina, volvía en el de las diez y cuarto”. Es singular y al tiempo trivial, otra mirada al mundo.

“No me digas lo que puedo hacer o no, déjame que lo intente. La discapacidad es relativa, hay que ser uno más. Estoy orgulloso de ser como soy, hay quien tiene cosas peores, no tengo brotes, ni crisis y ese resto visual es un tesoro para mí. Ser positivo, esa es la clave”, se despide al otro lado del cristal, hacia un destino improvisado.

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