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Obituario

Josefa Erro Goñi, religiosa del colegio Santísimo Sacramento de Pamplona

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Josefa Erro Goñi
  • Amaya Villanueva
Actualizado el 14/12/2022 a las 07:47
El pasado domingo fue un día especial en lo numérico, 111222, y también en lo emocional porque despedimos a una persona enorme, única e irrepetible, la madre Josefa Erro Goñi.
En la Parroquia de San Juan Bosco de Pamplona no cabía un alfiler. Nada más contundente que un funeral: quien ha repartido amor, recibe amor. Familiares, profesores, religiosas, alumnos y alumnas infantiles y exalumnos y exalumnas (algunos peinando canas) del Colegio Santísimo Sacramento de la calle Abejeras nos reunimos para despedir a esta gran mujer y agradecer, con mayúsculas, haber coincidido con ella en el camino. Guitarras, cajones y hasta un violín acompañaban un coro de voces que entonaron las canciones que más le gustaban.
La madre Josefa, que residió desde su nacimiento en Pamplona, ha sido toda una institución en el Santísimo Sacramento, un colegio pequeño y familiar donde algunos y algunas hemos pasado la infancia y parte de la adolescencia. Como bien dijo el sacerdote, la humildad y sencillez eran los valores que mejor definían su manera de ser. Campechana y divertida, la madre Josefa era un peluche andante que siempre estaba cuando la necesitabas.
Su visión era reducida, pero veía más que nadie porque su mirada estaba cargada de ganas. Si habías olvidado una tarea en casa, solo tenías que acercarte a la portería. Allí estaba ella con su mirada socarrona para ver qué drama podía solucionar antes de que un castigo alterase nuestras inocentes vidas. Descolgaba el teléfono ‘Góndola’ y con su chorro de voz decía: “¡Buenos días! Llamo del cole pero no es nada grave. Tengo aquí a una ‘sin-fundamento’ que dice que se le ha olvidado algo”. Si te dabas un golpe en aquel patio infernal de asfalto o te subía la fiebre, ella avisaba rauda y veloz a tus padres, se sentaba a tu lado mientras llegaban y siempre te gastaba alguna broma para hacer la espera más llevadera.
Si escuchabas por los pasillos un cántico a la Virgen no había duda, era ella. Su alegría impregnaba cada esquina del colegio. Siempre había un caramelo en sus bolsillos para curar todo tipo de heridas, las físicas y las emocionales. Ella igual no lo sabía, pero era una gran psicóloga. La madre Josefa era un bálsamo, cálida y amorosa, servicial, dispuesta y cariñosa. Pocas personas habrán dejado tanta huella en tantas vidas. Pocas personas con tantos valores. ¡Muchas gracias por tanto, madre Josefa!
Amaya Villanueva Burdaspar fue alumna del Santísimo Sacramento
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