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Obituario

Valero Iribertegui Eraso, exsecretario municipal en Yesa y Huarte

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Valero Iribertegui Eraso
  • Juan Cruz Alli Aranguren
Publicado el 12/12/2022 a las 07:48
Lo dijo Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. El río de la vida de Valero Iribertegui Eraso fue a la mar el pasado 3 de diciembre, fecha significativa para quien, como toda su familia, se sentía profundamente navarro y dedicó su vida al servicio de la sociedad desde sus puestos de secretario de los ayuntamientos de Yesa y Huarte. Ante todo, mi condolencia a su esposa, María Luisa Iriguíbel; a sus hijos, Miguel, Idoia, María y Leire; a sus hermanos, Paco, Juan y Lucía, y a nietos, hermanos e hijos políticos.
Había nacido el 10 de julio de 1940 en la localidad estellesa de Meano y municipio de La Población donde su padre Miguel, natural de Beriain, era secretario. Fue el menor de una amplia familia de seis hijos y, como a su hermano mayor Paco, el padre les orientó por el servicio público del secretariado local, en el que todos ellos fueron funcionarios ejemplares por su preparación, vocación y honestidad.
Nuestra relación amistosa surgió en el instituto Ximénez de Rada, continuó durante nuestros estudios de Derecho y en la vida profesional, en la que tuvimos muchos contactos. Era un estudiante normal sacando la carrera sin problemas, muy aficionado a la literatura y con grandes inquietudes culturales, habiéndose impuesto el compromiso de leer una obra a la semana. Cuando le resultaba difícil por la prioridad de los estudios, la sustituía por ver una obra de teatro clásica en la televisión.
Alegre, simpático y deportista, su imagen era subido en una bicicleta con la que se desplazaba diariamente al museo de Navarra y después al campus del Sadar. Su epopeya ciclista fue llegar a París el último día del Tour de Francia de 1959 para acompañar a Federico Bahamontes en el Parque de los Príncipes. La alegría por el triunfo del ciclista español se vió entristecida por el robo de la bicicleta, que le obligó a regresan sin bici y sin dinero, buscándose la vida para llegar a Huarte. Más adelante pasó a otros deportes de ruedas, como las carreras rurales de cars, en las que llevaba de asistente a su hijo mayor Miguel.
Además de la formación teórica recibida en la Universidad de Navarra, su padre Miguel le transmitió su experiencia, consciente de lo que suponía ser secretario de un pequeño municipio por la falta de medios y la necesidad de atender muchas peticiones e, incluso, de dar consejos, recibir confidencias personales y estar a disposición para cualquier necesidad de los vecinos, comprobando la conveniencia de la formación jurídica. Era siempre el primer escalón de una administración próxima en el trato y en el servicio. Así lo aprendió Valero acompañando en las vacaciones a su padre en los trabajos de la secretaría, en las gestiones en la Diputación y en las relaciones con los compañeros del secretariado navarro. Su disposición, amabilidad y buen trato le hicieron ganar la estima de los vecinos de Yesa, donde ocupó su primera secretaría, y de Huarte, en la que sustituyó a su padre hasta su jubilación en 2002.
Valero fue testigo y protagonista de la transformación de Huarte de un pueblo rural y huertano de ‘cebolleros’ a otro industrial, de servicios y nuevos vecinos. Gestionó los nuevos espacios urbanos, industrial de Areta y residencial de Ugarrandía y Mokarte, que cambiaron la fisonomía, los usos del territorio y la sociedad. Muy consciente de su condición de servidor público, favoreció siempre todas las iniciativas que sirvieran para la modernización de la localidad y para que sus vecinos pudieran obtener puestos de trabajo y mejores condiciones de vida. Era muy consciente de que cualquier tiempo pasado no fue mejor.
En los años difíciles de la Transición sufrió los ataques de algunos que le debían la posibilidad que habían tenido ellos y sus familias en la localidad que les acogió, proporcionándoles trabajo y vivienda. Los cambios que sufrió la composición del Ayuntamiento nunca le hicieron olvidar que era un profesional público ni que su condición de secretario le obligaba a servir con objetividad, eficacia y eficiencia los intereses generales, asesorando en legalidad a los nuevos gestores elegidos democráticamente que, llenos de voluntarismo, pretendían imponer la ideología y la voluntad a la legalidad.
Descanse en paz en el recuerdo de su familia que le quiso y de cuantos le apreciaron por su entrega y dedicación a sus convecinos, mucho más generosa que la del “coro de los grillos que cantan a la luna” (Machado), sin aportar ni dejar otra cosa que el ruido que se lleva el viento.
El autor es amigo del fallecido y expresidente del Gobierno foral
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