Invasión
Kostya Oharkov, curado de un cáncer de huesos en Pamplona, vive en un búnker en Ucrania
Kostya Oharkov, de 7 años, llegó en abril de 2021 a Pamplona para tratarse de un cáncer de huesos en la CUN. El 14 de febrero vino a revisión y estaba curado. Hoy sobrevive en un búnker en Ucrania


Publicado el 11/03/2022 a las 06:00
La historia de Kostya Oharkov sobrecoge por partida doble. Emociona al cuadrado. Porque es un niño que con solo 7 años ya ha sufrido mucho y porque sigue siendo un valiente que continúa su pelea. La del cáncer y la guerra. En abril de 2021 viajó desde Ucrania a Pamplona para combatir un tumor de huesos muy agresivo, un osteosarcoma en el fémur, que no le dejaba dormir de dolor. Tras su curación, regresó a su país y el pasado 14 de febrero viajó de nuevo a la Clínica Universidad de Navarra (CUN) para pasar una revisión. Todo iba bien y, junto con sus padres, Anton y Yulia, volvieron contentos a Ucrania. Entonces, nada hacía presagiar lo peor. Diez días después, Rusia invadió el país y la familia sobrevive ahora en el sótano de su edificio de viviendas en Lviv, a 500 kilómetros al oeste de Kiev, la capital, y a 70 kilómetros de la frontera con Polonia. Anton y Yulia aspiran ahora “a salir a donde sea” para proteger la salud de su hijo. El que sigue es el relato que cuentan desde el búnker, donde se resguardan a diario y acomodan a su hijo sobre colchonetas y mantas. Una historia a la que sueñan con poner pronto un punto final feliz.
“Kostya es muy valiente. No tiene miedo ni se asusta. Está mucho mejor que otros niños con los que compartimos refugio”, explica la madre del pequeño, Yulia Oharkova, de 33 años y fotógrafa de profesión. “Después de todos los dolores físicos que ha superado, no le asusta nada. Si no hay dolor, todo lo demás no importa”, relativiza la situación. Porque Yulia recuerda que cuando llegaron a Pamplona, a través del programa de la CUN ‘Niños contra el cáncer’, su hijo sufría muchos dolores que no le permitían ni dormir. “Es lo que nos hizo sospechar que le ocurría algo grave”. Y hace casi un año, empezó el camino para su recuperación.
Así lo recuerda también el médico que lo ha atendido. El especialista en traumatología y cirugía ortopédica José María Lamo de Espinosa, que no dudó en compartir esta historia en un hilo de Twitter. “Al principio, era un niño muy retraído porque tenía mucho dolor y estaba agotado al no poder dormir. El tumor era muy grande. Medía dieciséis centímetros. Cuando fue mejorando, se convirtió en un pequeño más alegre y sociable, como era él antes de la enfermedad”, recuerda el facultativo. Y explica que el de Kostya era un tumor muy poco frecuente, de los que se da un caso entre 2.000 niños. “Nosotros tenemos mucha experiencia en este tipo de tumores porque recibimos a pacientes de todo el mundo. Lo importante es que intentamos preservar siempre la pierna y lo tratamos sin necesidad de amputar”, subraya. Así fue el caso de Kostya. “Tras una cirugía de siete horas, reconstruimos su fémur con su peroné y parte de la tibia” y añade que, tras dos ciclos de quimioterapia (antes y después de la cirugía), el niño ya está en recuperación. “Vinieron hace tres semanas y estaba muy bien, en un proceso de rehabilitación de la rodilla en Ucrania”. Pero desde el 24 de febrero, la vida se les puso totalmente del revés.
FISIOTERAPIA EN EL BÚNKER
Anton Oharkov, de 33 años y programador informático de profesión, cuenta que dos veces al día, cuando les alertan las sirenas, deben bajar al sótano de su edificio, un bloque de pisos en el centro de Lviv. “Tenemos siete minutos para llegar. Si es de noche, nos cuesta despertar al niño. Él se puede mover con muletas pero es lento. Por eso, lo bajamos en brazos”, argumenta Anton, al otro lado del hilo telefónico a las seis de la tarde del lunes (hora española) y cuando aún no han bajado al sótano. Una vez, allí, comparten el espacio con otros ocho adultos y tres niños. Se trata, añade, de un espacio muy alargado para todos los vecinos del edificio, con siete puertas de entrada, y cada familia dispone de su propio lugar. “¿Que qué hace Kostya? Juega con una vecina a la que conoce desde niño. Se entretienen con la tablet hasta que se les acaba la batería- se ríe Yulia.- También se divierten con juegos de mesa o comen galletas, que les gustan mucho”.
Pero Yulia y Anton se esfuerzan ahora por conseguir la manera de abandonar el país. “A los hombres no nos dejan salir pero yo voy a alegar que tengo un hijo con una discapacidad y que no puedo seguir ahí. ¡Lo principal es escapar y estar conectados con el mundo! ¿Qué pasaría si se reproduce el tumor, que es muy agresivo? ¡Aquí ya no podemos acceder a ningún hospital!”, lamenta Anton que, asegura, él podría trabajar desde cualquier parte del mundo como programador informático.
La dificultad se plantea ahora sobre cómo abandonar Lviv y llegar a la frontera. “Nos da igual pasar por Hungría que por Polonia. No sabemos a dónde ir pero eso se resolverá. El problema ahora es cómo llegar al paso fronterizo”, se adelanta Yulia. Porque el viaje, aunque la distancia sea de 70 kilómetros, cuesta actualmente una 30 horas porque todo el mundo huye del país. “Y Kostya no puede estar tanto tiempo sentado”, lamenta.
De momento, su marido y ella practican con el niño sesiones de fisioterapia en su casa y en el búnker. “Intentamos hacer los ejercicios que nos han enseñando durante dos horas al día. Kostya también camina por el piso y el sótano. Pero tenemos miedo de no estar haciéndolo bien”, se quejan Anton y Yulia. La situación en Ucrania, insisten, cada día es más complicada. “Vivimos bajo tensión. En una realidad de mucho caos. Lo peor es que no sabemos qué nos espera”. Una opinión que comparte el traumatólogo. “Ojalá puedan salir pronto porque el niño ha pasado hace poco una quimioterapia”.
De su estancia en Pamplona, los Oharkov dicen haberse llevado el cariño y la profesionalidad de quienes les acompañaron en su camino. Y han hecho posible la historia de Kostya.