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Coronavirus Navarra

Silvia Zugasti, nonagenaria: “June me ha salvado la vida”, por Marialuz Vicondoa

Hasta que llegó el virus no se conocían. Ahora una es el enlace con la vida de la otra

Silvia Zugasti, nonagenaria: “June me ha salvado la vida”
Silvia Zugasti, nonagenaria: “June me ha salvado la vida”
Actualizado el 05/06/2021 a las 12:28
SI no llega a ser por ella, no sé qué hubiera hecho. June me ha salvado la vida”. Quien habla al otro lado del teléfono es Silvia Zugasti Barandiarán, una mujer nacida en Riezu, que vive sola, en la calle Sandoval de Pamplona, que es válida totalmente e independiente, que en situaciones normales sale todos los días de casa para hacer sus recados e ir a misa, y que, ahora, con sus noventa años ya cumplidos, vive el confinamiento a ‘rajatabla’. Entre tanta mala noticia causada por el coronavirus, a Silvia Zugasti un día se le apareció un ángel. A ella eso le pareció.

June Gabarain Campos, de 17 años (Pamplona, 30-12-2002) es vecina del Casco Viejo, donde vive con sus padres y su hermano de 12 años. Un día le llegó un ‘whatsapp’ en el que la asociación AZ Ekimena pedía voluntarios de la zona del Casco Viejo para ayudar a personas que necesitaran hacer la compra, ir a la farmacia, sacar al perro... Y mandó sus datos. Así, de inmediato, sin dudar. ¿Que por qué? “Porque al final yo estoy en casa sin saber qué hacer, me viene bien salir y ayudo a la gente que lo necesita”, explica al teléfono, con prisa, porque ya es hora de llevarle la compra a su vecina, que le espera ‘como agua de mayo’. “Es la única persona a la que veo en estos tiempos”, apunta Silvia Zugasti.

Estudiante de segundo de bachillerato de artes escénicas en el Instituto Alaitz, de Barañáin, todos los días recibe sus clases correspondientes por teléfono y ordenador, incluidas las de acordeón, ya que cursa tercer curso de este instrumento en el Conservatorio. No muestra preocupación por el retraso de la EVAU provocado por el virus, alterna sus estudios en casa con los ensayos musicales, y no sabe todavía qué estudiará el año que viene, salvo, eso sí lo tiene claro, que continuará con el acordeón.

A Silvia Zugasti le avisó de esta oferta de voluntarios una sobrina, con la que comparte nombre y apellido, además de tardes a su lado, en su casa, cuando la vida era normal. Primero fueron las dudas, la desconfianza a eso de ‘meter a alguien en casa desconocido’, aunque lo de ‘meter’ es un decir, porque ni June ni nadie entra en su casa, ni para hacer la fotografía para este reportaje. Pero en cuanto habló con ella, el miedo dio paso a la gratitud, a la admiración. “No admite nada, dice que es un voluntariado, gratuito. Lo hace por el amor al prójimo’, afirma perpleja. “Cuando acabe esto algo le compraré porque le estoy muy, muy agradecida”, añade. A esta acordeonista le basta recibir su alegría y agradecimiento al verla.

June acude normalmente cuatro días a la semana a casa de Silvia. Ésta le abre la puerta, le da la cartera con dinero y una nota con los recados: el pan, la carnicería o la pescadería, si hay algo de farmacia, del súper... “¿Y no tiene algo de basura?”, le pregunta June. Espera un momento en la puerta, sin pasarla, y recibe la bolsa. Al rato, volverá con todo y lo dejará en el descansillo. Silvia entonces tirará las bolsas de la compra a la basura, como le han dicho sus sobrinos que haga, y pasará un trapo con agua y lejía por el monedero y el bolso que le da para los recados. Después, June irá a casa de sus abuelos, en el barrio de San Juan, a hacer más o menos lo mismo.

Son tiempos de recordar la guerra, la que Silvia Zugasti vivió en Riezu de niña, y de comparar. “Esto es muy duro. La gente se muere. Pero al lado de aquello... no es para tanto”. Y eso que ahora ella llora, por lo que ve y le cuentan. A ella, a la que la guerra le arrebató un hermano, que se lo llevaron un día muerto a su casa. Y al novio de su hermana. Pero esa es ya otra historia. La que algún día igual le cuenta a June, cuando la vida pueda volverse a vivir.
210 voluntarios para hacer la compra a sus vecinos
 
June Gabarain es una de los 210 voluntarios que respondieron a la petición hecha por la Asociación de Vecinos del Casco Viejo para ayudar a las personas mayores del barrio que no podían salir de sus casas. Cada uno ofreció su disponibilidad para atender al vecino de barrio que necesitara que le hicieran la compra, un recado, ir a por medicamentos, bajar la basura... La idea partió de la Unidad de Barrio del Casco Viejo y del Centro de Salud. Y la recogió la Asociación Vecinal AZ Ekimena, que agrupa a diferentes colectivos y asociaciones, además de a personas independientes. Algunas de estas asociaciones trabajan para el Ayuntamiento de Pamplona.

Al mirar alrededor y ver qué estaban haciendo en otros barrios y pueblos para ayudar a quienes no podían salir de casa en estos días del estado de alarma, Az Ekimena puso en marcha esta red de cuidados del Casco Viejo. A través de redes sociales y carteles por el barrio, comunicaron su intención y el contacto, con el objetivo de que lo utilizaran tanto quienes quisieran ofrecer su tiempo como quien necesitara de sus servicios. El resultado ha sido que 210 voluntarios del Casco Viejo se han apuntado. Y por ahora son 40 personas las que está recibiendo su ayuda. “Estamos muy satisfechos con el resultado, realmente no tenemos problema de falta de voluntarios”, explica Javier Gorraiz Izaguirre, coordinador de esta iniciativa, de la que es voluntario, y que trabaja en una de las asociaciones que integran AZ Ekimena. Añade que el servicio lo utilizan personas mayores, que suelen tener miedo a que entre alguien desconocido a su casa y para quien es importante que, durante e l tiempo que dura el confinamiento, sea siempre la misma persona la que le atienda.

El coordinador, dependiendo de las necesidades, del tiempo del que disponga el voluntario y de la cercanía de residencia, asigna a la persona. A partir de ahí, son ellos quienes se ponen de acuerdo sobre los horarios para ir a hacerles las compra o lo que se tercie. “Cuando alguien me llama porque necesita ayuda, busco en el mapa el voluntario más cercano y si está interesado le doy los datos y ya se organizan ellos”, apunta el coordinador.

Todos los que intervienen en esta red son voluntarios, no cobran ni reciben nada, ni de la asociación ni de las personas a las que ayudan. “La mayoría lo combina con su propio trabajo. No son muchas horas y se ponen de acuerdo entre ellos”, añade. Para ser voluntario hace falta, según Gorraiz, tener ganas, no tener síntomas de padecer coronavirus y vivir cerca. La edad del voluntario oscila entre los 18 y los 60 años y, normalmente, son mujeres quienes ofrecen este servicio.

Por la otra parte, pueden utilizar este servicio las personas mayores de 65 años o que tengan una enfermedad que les impida salir a la calle.

Uno de los objetivos de esta iniciativa, según explica Javier Gorraiz, es la de “hacer vecindad”. “Se trata de un proyecto a largo plazo, no solo de ayudar en este momento, sino de que los vecinos se conozcan”.

Además, esta asociación ofrece otro servicio, en este caso, dirigido a los niños que no tienen medios tecnológicos para seguir las tareas escolares digitalmente. Los profesores del colegio San Francisco les preparan los deberes y se los imprimen. Después, los llevan a la Unidad de Barrio, en la calle Jarauta de Pamplona. A partir de ese momento, son los voluntarios los que van repartiendo las tareas entre los 25 alumnos que están apuntados.
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