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Obituarios

Sylvia Zugasti Barandiarán, una bordadora de Riezu dedicada a sus hermanos y sobrinos

Sylvia Zugasti Barandiarán.
Sylvia Zugasti Barandiarán.
Actualizada 22/02/2021 a las 13:05

A Sylvia Zugasti Barandiarán le debo una historia. Me prestó una parte de su vida en pleno confinamiento para que la escribiera en Diario de Navarra. Eran tiempos, no lejanos, en los que el coronavirus nos dejó encerrados en nuestras casas y en nosotros mismos. Nacida el 13 de septiembre de 1922 en Riezu, cuando las madres parían en las casas, murió el pasado 6 de febrero. No se la llevó el coronavirus, mucho cuidado tuvo de no contagiarse, sino la vida que ya le empezó a pesar a sus 99 años. Y digo que me prestó su historia porque me contó uno de esos ejemplos de solidaridad que dejó la pandemia, de los que te reconcilian con el mundo, de los que demuestran que en los peores momentos las personas podemos sacar también lo mejor. El miedo a que la covid la visitara hizo que, como tantas personas de su edad, decidiera no salir de su casa para nada. Y eso que ella era de las de misa y paseo diario por los jardines de La Taconera con sus amigas de siempre, que cada vez iban siendo menos.


En esta situación, como la vivida por tantos, un día encontró “un ángel”. Así lo dijo. Se trataba de June Gabarain, una voluntaria de 17 años, que acudía cuatros días de la semana a su casa, eso sí, sin pasar del dintel de la puerta, para recoger los diferentes encargos que le había preparado Sylvia Zugasti: el pan, la carnicería o pescadería, la frutería, algún medicamento…, la basura también. Le daba la cartera y June volvía al rato con todo hecho y dejaba la compra en la entrada de la casa de Sylvia. Lo hacía con una sonrisa que, a pesar de la mascarilla, se adivinaba. Durante ese tiempo fue con la única persona con la que tuvo contacto físico y a la que veía, aunque fuera así, con la puerta abierta como barrera, con la distancia del descansillo, sin tocarse y sin poder conocerse las caras completas.


Sylvia Zugasti, soltera, nació en una familia numerosa. Eusebio, Felisa, Justo, Caya y Martín iban delante de ella y le seguían José Luis y Eshter. A todos, mayores y pequeños, Sylvia sobrevivió. Y a todos cuidó, especialmente durante las enfermedades que padecieron antes de morir. A edad temprana, con 12 años, quedó huérfana de madre y sus dos hermanas mayores, que estaban trabajando en Madrid, se volvieron a Riezu para cuidar al padre viudo y al resto de hermanos.


Su infancia y su vida han estado ligadas, física y emocionalmente, a Riezu. Allí su padre, Isidoro Zugasti, trabajaba para la central eléctrica ubicada en el pueblo, que le proporcionaba la vivienda, y cuando se jubiló se trasladó a Pamplona a la calle San Lorenzo. Sylvia, ya en la ciudad, completó sus estudios en diferentes academias y, además, aprendió a bordar. A darle a la aguja se dedicó profesionalmente, cosía para la tienda Unzu Got, en la calle Comedias, manteles, toallas, ajuares… Otra de sus aficiones fue la cocina y, junto a su hermana Felisa, acudía fiel a los cursos de El Bosquecillo, que era lo más de lo más en aquellos años en cuestión de fogones. Arguiñano se convirtió en su cocinero de cabecera, del que pasó a ser fiel seguidora televisiva.


Con el tiempo la familia se trasladó a vivir a la calle Sandoval, donde residieron el padre con los tres hijos solteros: Martín, que era militar, Felisa y Sylvia. Caya, para entonces, había decidido tomar los hábitos como monja oblata. Esta casa ha sido lugar de referencia, hasta sus últimos días, de sus once sobrinos y de los correspondientes sobrinos nietos. Porque Sylvia Zugasti ejerció de tía, de esas tías que se convierten en referente y pilar en algunas familias, confidente de las cuitas de sus sobrinos, a quien  le gustaba estar al tanto de sus vidas, amores y desamores, y que, al mismo tiempo, le permitían mantenerse conectada a los cambios de los tiempos, a los que se adaptó, abierta de mentalidad como era, conforme la vida evolucionaba, a pesar de sus casi cien años.


Siempre Riezu


Aunque vivía en Pamplona, siempre que podía acudía a Riezu, lugar que mantuvo también como punto de encuentro familiar y donde pasaba los veranos y fines de semana. Riezu era su paraíso y donde recibía a sobrinos, amigos y novios de los sobrinos y a quien quisiera visitarla. De allí llegaba a la ciudad siempre con flores cogidas de su jardín, para su casa de Pamplona y para los demás familiares. Siempre le acompañaron las flores, las suyas o las que le regalaban con asiduidad sus sobrinas. Hasta el último día tuvo rosas a su lado.


La pandemia le preocupaba. Le aterraba, hasta le hacía llorar cuando veía sus efectos en la televisión que le traían los recuerdos de esa época de la guerra civil que le tocó vivir. Aunque no era lo mismo, afirmaba. “Esta situación es muy dura, la gente se muere, pero tenemos comida. Pero aquello (por la guerra civil) fue mucho peor. Cuando tu hermano o novio o padre se marchaba, te lo podían traer muerto”, relataba. Era diferente, pero han sido meses de comparaciones.


Desde que el miedo se instaló en su vida, ya no fue la misma. Limpiaba y limpiaba con lejía todas las bolsas que le llevaba June de la compra, no dejaba entrar a nadie en su vivienda, las visitas familiares a su casa se esfumaron y la misa pasó a ser televisada, eso sí, seguía siendo diaria. No recordaba unas Navidades tan vacías de sobrinos como estas últimas. Así que cerró la puerta al coronavirus, a cal y canto. Le prohibió la entrada, pero no pudo impedir que se colaran la tristeza y una soledad que nunca había sentido a pesar de vivir sola.


Cuando pasara el bicho, quedamos que nos conoceríamos en persona. Aunque después de las largas conversaciones por teléfono para escribir el reportaje titulado “June me ha salvado la vida” tenía la sensación de conocerla de hacía tiempo. No ha podido ser. Antes de que el virus haya desaparecido, ella se ha marchado, dejándome pendiente ese café que nos íbamos a tomar. Cuando hubiera pasado todo.

Marialuz Vicondoa es periodista

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