Fernando Aramburu: "Quiero ser un cronista del alma humana, mover mis piezas como un ajedrecista"
El escritor donostiarra novela en 'El niño' el drama familiar de uno de los 50 niños fallecidos en la explosión de escuela de Ortuella en 1980


Publicado el 09/04/2024 a las 09:52
La vida de toda una generación puede cambiar en un instante. Sucedió el 23 de octubre de 1980 en Ortuella (Vizcaya). Una explosión de gas en la escuela Marcelino Ugalde mató a 50 niños de entre cinco y seis años y a tres adultos, dos profesores y una cocinera. Ese es el punto de partida de 'El niño' (Tusquets), la última novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), que se adentra en el hogar de uno de los pequeños que perdieron la vida ese día. Cuenta cómo el dolor lo invade todo y desdibuja el futuro de unos padres sin más hijo que él y un abuelo que se resiste a aceptar la pérdida.
¿Cuándo comenzó a interesarse por la tragedia?
Ha sido una cicatriz toda mi vida. Un drama que tuve mucho tiempo en la cabeza, porque durante 24 años di clase a niños a partir de 6 años. Eso se relaciona con mi proyecto de contar historias de vascos mientras viví allí. Me pregunté si podría tratarlo de forma literaria estando tan próximo como maestro.
¿Qué recuerda de aquel día?
Con 21 años estudiaba en Zaragoza Filología Hispánica. Escuché la noticia en la radio. Me acuerdo de los primeros comunicados, vagos e imprecisos. Hablaban de muchas víctimas infantiles. Me golpeó enormemente, pero no pensé que de eso saldría un libro. Fue una época de grandes desgracias, como la del cámping de Los Alfaques y las inundaciones de Valencia y Bilbao. Y en todas murieron niños.
¿Habló con familiares, testigos o supervivientes para preparar la novela?
Fabulo a partir de la abundante documentación disponible. He visto documentales, entrevistas a supervivientes y a testigos. Era suficiente para lo que necesitaba. El accidente estrictamente no lo cuento. Es algo que afecta a mis personajes, que son inventados. Cuento cómo algo así repercute en la vida ciudadana y cómo se asimila la pena. La narrativa no está para suplantar a la Historia, sino para llevarla al ámbito personal.
¿Ha estado en el pueblo?
Nunca he estado en Ortuella. No es la primera vez que hago algo así con mis novelas. Si necesito algo concreto, voy o envío a alguien. Ahora es fácil trabajar así. Con internet puedes recorrer un lugar aunque vivas muy lejos.
¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en esa familia protagonista?
Lo que hacen y dicen los personajes es todo creación. Me pongo en el sitio de una madre y trato de contar cómo se vive un episodio trágico. Eso determina todo en la novela. Pero hay evidentes anclajes en la realidad, como que el padre trabaja en Nervacero, la crisis económica de esos años, el peso de la población inmigrante...
¿Las familias los vecinos sentían vergüenza de mostrar su dolor, como sugiere?
No lo he confirmado, pero propongo unos comportamientos que no son estrafalarios. Sé que hubo gente que sufrió grandes depresiones. El novelista entra en el terreno de la intimidad, donde no entran la Sociología ni la Historia. Sus escenarios son la alcoba, la cocina o la soledad en un parque. Y ese es el motor de mi escritura. Conversé con personas de edad que no recordaban bien qué pasó aquellos días. Puede ser un mecanismo de defensa. La gente necesitaba normalidad. Pero llegaban a casa y el cuarto del niño estaba vacío.
En el pueblo hay toda una generación marcada por la tragedia.
Sé que fue y es algo muy doloroso. Por eso me he exigido el máximo respeto. Esto del olvido es muy complejo porque si olvidan creen que suprimen al que se perdió, pero el recuerdo aviva siempre el dolor. No me he permitido humor ni sarcasmo.
Tampoco adjetivos. ¿Renuncia a ellos casi del todo?
Lo decidí de antemano. El estilo debía ser escueto, sin nada superfluo, sin lucimiento estilístico, con personajes humildes que se expresan a su manera. No es un escaparate de literatura elevada. Doy al lector los elementos necesarios para la historia, evitando el patetismo y las escenas desgarradas.
¿Que muchas familias de inmigrantes extendió el dolor por todo el país?
No lo sé. Hubo una ola de solidaridad muy grande en toda España. Y gran consternación. Era otra época, estábamos estrenando democracia...
Una época dura en la zona, con el impacto de la reconversión industrial.
Era un tiempo muy difícil. Los años de plomo, la reconversión, la permanente amenaza de un golpe de Estado, la heroína...
¿Continuará con novelas de sus 'gentes vascas' o cambiará radicalmente de tema?
Necesito cambiar. Esta historia me ha dejado hecho polvo, así que probablemente me tomaré un descanso con un ensayo o algo de humor. Pero añadiré más episodios a ese proyecto. Quizá por el ingenuo deseo de dejar una imagen del mundo y la época que me han tocado. Quiero ser un cronista del alma humana, algo así como un ajedrecista que mueve sus piezas en un escenario, ya sea Ortuella, Madrid o San Sebastián.
¿Teme alguna reacción negativa en el pueblo?
No. Nunca escribo con temor. Si me dijeran algo así después de leerla me daría pena, lo reconozco. Quiero que sea el equivalente literario del monumento que se levanta en el pueblo. Tampoco creo que la novela reavive las heridas. Supongo que todos los reportajes que se hicieron a los 40 años del suceso tendrían más efecto. Expreso mi respeto pero no mi silencio.
Elude al fontanero, a quien algunos culparon del drama, acaso el personaje más literario del suceso y que debió dejar el pueblo.
Quizá alguien se anime a escribir su historia. Él tenía una hija en la escuela. Lo culparon de todo, fue víctima de una agresión e incluso pudo ser una de las víctimas. La cocinera que murió estaba en el piso superior a donde se encontraba él. Con ese personaje tendría alguna dificultad, A diferencia de los míos, él sí existió. Sería casi como hacer de biógrafo, y eso no es lo mío.
¿Por qué esta tragedia no ha tenido apenas traslación literaria?
No lo sé. ¿De qué viven las novelas sino de crímenes, guerras o accidentes? Reitero que esto me ha interpelado durante mucho tiempo.
En diez breves capítulos, el texto habla por sí mismo e interpela al lector e incluso al autor. ¿Por qué lo ha hecho?
Es un recurso que ya venía de títulos anteriores. En 'Patria' el texto hacía preguntas pidiendo información. Sucede en la última escena, cuando las dos mujeres se miran y echan a andar la una hacia la otra. Pasa algo parecido en 'Años lentos'. Aquí lo hago deforma declarada. Hay un texto más o menos humanizado que interviene. Y cuando lo hace aporta datos históricos y otras informaciones valiosas. Incluso hace críticas al autor o revela información que este ha eliminado. Hago una nota inicial para explicarlo. Cada título de esta serie de 'gentes vascas' pone en práctica algún reto que me he impuesto.
Un gran personaje, que da título al libro, muere en las primeras páginas y apenas dice nada en toda la obra. ¿Lleva mucho trabajo planificar un relato con un protagonista ausente?
La historia en sí es lo que menos trabajo me da. Las cuestiones técnicas me llevan más tiempo y no escribo nunca a partir de los posibles efectos en el texto porque sé que se van a producir.