20 años del 11-M

"Usábamos las puertas como camillas. Lo que vi es inimaginable"

Francisco Alameda, Sobrevivir y ponerse a ayudar

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Francisco Alameda
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Jesús J. Hernández/ Izaskun Errazti

Publicado el 11/03/2024 a las 05:00

Era una rutina que repetía de modo concienzudo. Mismo horario. Mismo tren. “Casi siempre, mismo asiento. Me ponía una alarma para dormir un rato. Sonó en la estación anterior a Atocha. Seguí con la cabeza apoyada en la ventana, despierto”, describe Francisco Alameda. De pronto, a la altura de la calle Téllez, las explosiones. “Al principio, pensé que era algo de la catenaria. No un atentado”. Fundido a negro.

“Cuando abrí los ojos, estaba tirado en el suelo. Miré alrededor y el tren no tenía ventanas ni puertas. Me dolían muchos los oídos”, recuerda. Vio enseguida que estaba bien y no tardó en ponerse a ayudar. “Lo que vi allí es inimaginable”. Estremece el modo en que lo dice. Insinúa un paisaje dantesco. “Usábamos las puertas del tren como camillas. Las llevábamos entre seis y acercábamos así a los heridos hasta los sanitarios y luego, hasta el hospital de campaña que se montó en la calle Téllez”. Recuerda a algunos de los que estaban por allí ayudando, hombro con hombro.

Hacia las once de la mañana de aquel día, hizo un alto. Le dolían muchísimo los oídos y aprovechó un viaje al hospital de campaña para que le viera un médico. “Me dio una pastilla y me dijo que acudiera a mi médico de familia para que me diera la baja”, explica. No fue el último sobresalto de la jornada. “¿Recuerda la Renault Kangoo que encontraron con unos versos coránicos? Estaba aparcada delante del colegio de mi hija y evacuaron a todos los alumnos”. Tenía entonces dos hijas, una de 2 años y otra de 16.

Desde los atentados, comparte con muchos de los supervivientes una aversión profunda por el olor a carne quemada. Tardó dos años en volver a subirse a un tren. “Tenía que hacerlo para seguir con la vida”, constata. Yendo a un homenaje hace unos años, el tren hacia Atocha se detuvo en el mismo lugar que lo había hecho el 11-M. “Cuando se paró, me dio ansiedad y rememoré aquellos días”. Sabe que en aquel vagón estaban muchos heridos que pertenecen a la asociación 11-M Afectados del Terrorismo, de la que es secretario. Comparten historias, y eso ayuda. “También queremos que quede un relato verídico de lo que pasó antes, durante y después de los atentados yihadistas de Madrid. Somos 1.900 socios y hay 600 solidarios. Damos ayuda médica, psicológica y formación”.

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