

Theodore Roosevelt: la victoria del gran propagandista de sí mismo (1904)
Tras acceder al cargo por el asesinato de McKinley, Roosevelt se reveló como un presidente notable y se ganó el corazón de los estadounidenses
Actualizado el 04/10/2020 a las 06:00
Elección presidencial: trigésima
Fecha: 8 de noviembre de 1904
Votantes: 13.525.090
Estados: 45
Colegio electoral: 476 votos (239 necesarios)
Theodore Roosevelt: votos populares, 7.630.557; votos electorales, 336
Alton B. Parker: votos populares, 5.083.880; votos electorales, 140
El vicepresidente, Theodore Roosevelt, cumplió con los preceptos y ocupó la presidencia. Su nominación como acompañante de McKinley en las elecciones de 1900 había causado un punto de extrañeza en su propio partido, el Republicano. Como político apenas había ocupado durante unos meses el cargo de gobernador de Nueva York y su papel en la Guerra del 98, por más que él hubiera realizado una notable campaña de autobombo, estaba rodeado de cierta controversia.
Sin embargo, Roosevelt demostró que no le faltaba resolución, confianza y energía para llevar las riendas del país. Y le sobró tiempo para ganarse el corazón de los estadounidenses gracias a sus dotes propagandísticas. En algunos aspectos, mantuvo y profundizó políticas ya establecidas por McKinley, como la lucha contra los monopolios (ver Glosario). Pero él tenía un plan original y, en cierto modo, rompedor con el que abordar los asuntos domésticos de la nación: el principal objetivo, según sus palabras, “mitigar los demonios de la sociedad” y se concretó en una defensa de las clases medias frente a los abusos de los poderosos. Esto le convirtió en un símbolo del “progresismo”.
Roosevelt, con todo, no se limitó a realizar una intensa política interior. En sus tiempos como soldado en Cuba había demostrado que ansiaba la gloria. Y para conseguirla necesitaba descollar en los asuntos internacionales. En su primera legislatura como presidente no se le presentaron ocasiones pintiparadas para ello (sí le llegarían en la siguiente, y las aprovecharía), pero al menos pudo dejar su huella negociando, conspirando y amenazando para conseguir que Estados Unidos se hiciera con un terreno en Centroamérica en el que construir un canal que uniera el Atlántico y el Pacífico (ver “La lupa”). Su manejo de los hilos internacionales, desde Londres hasta Bogotá, fue admirable por su efectividad, aunque quizá no tanto desde el punto de vista moral.
En solo tres años en el cargo, el presidente destacó como orador, siguiendo la senda del populista Demócrata William Jennings Bryan -cuya figura fue glosada en reportajes anteriores-, pero supo aunar a su don con la palabra una faceta más simbólica, más gestual y visual, que lo acercó a lo que hoy llamaríamos un “showman”. Dominaba la escena y lo sabía. El público caía rendido a sus encantos. Cuando llegó el momento de celebrar las convenciones nacionales, mediado el año 1904, Roosevelt era imbatible dentro del Partido Republicano. Solo Mark Hanna, el antiguo mago de la financiación que había impulsado la campaña electoral de McKinley en 1896, podía haberle hecho sombra, pero falleció poco antes. Así, Roosevelt fue nominado por unanimidad.
Los Demócratas se encontraban en plena travesía del desierto. Se les había escapado su oportunidad en 1896 y desde entonces parecía que cada día que pasaba estaban más lejos de volver a ganar. Jennings Bryan y Grover Cleveland se borraron de la lista, así que quien quiera que fuera el candidato debutaría en unas elecciones presidenciales. Los “Demócratas Borbones”, aquellos partidarios del “patrón oro” a los que Bryan había arrinconado, recuperaron terreno y consiguieron que uno de los suyos fueran nominado. Este hombre fue Alton B. Parker, que tenía una intachable reputación como juez. Su principal rival en la Convención Nacional Demócrata fue William Randolph Hearst, el magnate de la prensa amarilla que había impulsado la guerra contra España años antes. No contaba con el prestigio de Parker, pero sí poseía potentísimos medios de propaganda. En esta ocasión, la respetabilidad de Parker venció a la fanfarria mediática de Randolph Hearts, aunque no contentó a todos. Bryan, siempre lindando con el populismo y odiador oficial del "patrón oro", le acusó de ser una marioneta de las grandes corporaciones y de los monopolios. Aquello suponía un torpedo a la línea de flotación de la candidatura, pero Parker reaccionó más como juez que como político: envió una carta a los miembros de su partido en la que se reconocía partidario del “patrón oro” y les animaba a buscar candidato si su postura no les agradaba. Posiblemente, la mayoría del Partido Demócrata abogaba por el “bimetalismo” y, sin embargo, no osaron tocar a un candidato que había dado tal muestra de honestidad.
Parker, con este aval, intentó contraponer su demostrada falta de apego al poder con el estilo personalista y rimbombante del presidente Roosevelt. La campaña se basó entonces en un duelo de personalidades, no tanto de ideas políticas. Pero por mucho que Parker fuera respetado y admirado, Roosevelt era querido por los votantes, lo cual es un valor más raro y valioso: la mente no podía imponerse al corazón en este caso. El triunfo de la candidatura de Roosevelt resultó apabullante y, en cierta manera, doloroso para un candidato tan estimable como Parker. El 18,8% de diferencia en el voto popular fue el mayor desde la elección de 1820, aquella en la que James Monroe no tuvo rivales con cara y ojos, solo una difusa candidatura rival del por entonces ya casi extinto Partido Federalista. Y así, por la puerta grande, Roosevelt se convirtió en el primer presidente en ganar en las urnas lo que antes había heredado por defunción de su predecesor, algo que no habían conseguido ni John Tyler, ni Millar Fillmore, ni Andrew Johnson, ni Chester A. Arthur antes que él.
La prosperidad económica de los estados del oeste de Estados Unidos, California especialmente, hacía perentorio acortar los tiempos de tránsito. Por tierra se tiraron miles de kilómetros de vías férreas para unir el Atlántico y el Pacífico en Norteamérica, pero para el transporte de mercancías todavía resultaba muy tentador (y económico) el transporte naval. Sin embargo, para unir San Francisco con Nueva York, por ejemplo, era preciso rodear todo el continente por el sur, lo cual encarecía y alargaba las rutas marítimas.
En el siglo XIX, el francés Ferdinand de Lesseps había promovido la construcción del Canal de Suez, en Egipto. Después, presentó un proyecto para realizar una obra similar en Panamá, pero la tarea excedía sus capacidades y la construcción no pudo llevarse a término. Aun así, Estados Unidos no se olvidó de la idea. Cuando se acercaba el cambio de centuria, surgió allí un debate: no tanto sobre la construcción de un canal, que se consideraba esencial, sino sobre su ubicación. Los Demócratas apostaban por hacerlo en Nicaragua; los Republicanos, retomar la propuesta de Lesseps en Panamá. El Republicano McKinley ganó las elecciones de 1900 y aquello determinó el lugar elegido para el futuro canal.
Había, no obstante, importantes escollos que salvar -y no solo en el terreno tecnológico-. A McKinley no le dio tiempo a afrontarlos, debido a su asesinato en 1901. Pero su sucesor, Theodore Roosevelt, puso en marcha toda la maquinaria diplomática del país para conseguir que el canal fuera una realidad y que, además, fuera estadounidense.
Para que el futuro canal fuera estadounidense había que negociar con la principal potencia de la época: el imperio Británico. El momento era propicio, ya que Londres vivía tiempos de preocupación. Una guerra en Sudáfrica había puesto de manifiesto sus debilidades y Alemania parecía estar armándose para desafiar su hegemonía en un futuro. El juego de alianzas en Europa había comenzado y resultaba muy plausible que el imperio Británico no quisiera ganarse un enemigo más molestando a Estados Unidos. En 1901, el secretario de Estado John Milton Hay y el embajador británico Lord Pauncefote firmaron un tratado por el que Estados Unidos recibía el derecho a construir el canal en Centroamérica y a que este fuera de su propiedad.
El siguiente escollo era conseguir la titularidad de las tierras sobre las que debía realizarse la obra. Estados Unidos tenía una larga tradición de comprar terrenos -a precio de saldo, como en el caso de Louisiana o Florida-, incluso a veces presionando previamente a los vendedores. También había demostrado la efectividad del método de infiltrar colonos para generar una reclamación posterior -Texas o California son buenos ejemplos-, pero Panamá era un lugar difícil, azotado por la malaria y la fiebre amarilla. Cabía la posibilidad también de negociar con el propietario legal, en este caso Colombia, algún tipo de cesión. Lo cierto es que esto se intentó. Ambos gobiernos firmaron el Tratado Herrán-Hay, pero finalmente el acuerdo fue rechazado por el Senado colombiano. La Administración Roosevelt entendió que debía ser más expeditiva.
En el istmo, al norte de Colombia, había un movimiento separatista encabezado por José Agustín Arango. No era una rebelión propiamente estadounidense, como las antaño lideradas por Sam Houston en Texas o John C. Frémont en California, pero podía servir. Desde Washington se enviaron barcos de guerra al lugar para disuadir a Colombia de actuar contra la rebelión y esta, con semejante apoyo, triunfó. El 3 de noviembre de 1903, Panamá se convirtió en un país independiente... de Colombia, pero tutelado por Estados Unidos. Solo 15 días después se firmó un nuevo acuerdo, el Tratado Hay-Bunau Varilla, que dio luz verde al país norteamericano a construir su ansiado canal y, además, le concedió los derechos a perpetuidad sobre la obra y una franja de 16 kilómetros de ancho que iba desde el Atlántico hasta el Pacífico. Estados Unidos, a cambio, se comprometía a pagar 10 millones de dólares y una renta anual de un cuarto de millón. El Canal de Panamá fue inaugurado oficialmente el 15 de agosto de 1914.
En Estados Unidos hubo intentos de limitar los “trust” desde 1882. Sin embargo, fue durante la presidencia de William McKinley cuando se puso en práctica una política más decidida por combatir los “trust”. Su sucesor, Theodore Roosevelt, continuó esa senda e incluso la convirtió en una de las señas de identidad de sus mandatos.
Esta política de combatir activamente a los monopolios recibe el nombre de “trust-busting”.

