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El puchero lleno y la victoria contra España sacian a los votantes (1900)

El intento de revancha de Jennings Bryan contra McKinley fue una misión imposible por la buena marcha de la economía y el triunfo en la Guerra del 98

Javier Iborra

Actualizado el 03/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: vigésimo novena

Fecha: 6 de noviembre de 1900

Votantes: 13.997.426

Estados: 45

Colegio electoral: 447 votos (224 necesarios)

William McKinley: votos populares, 7.228.864; votos electorales, 292

William Jennings Bryan: votos populares, 6.370.932; votos electorales, 155                                                                                                      

Las elecciones de 1896 habían sido tan intensas que se merecían una segunda parte. La hubo, pero como secuela que era, no estuvo a la altura. El Partido Demócrata le concedió a William Jennings Bryan la oportunidad de que buscara la revancha contra el rival que le había ganado en los comicios anteriores, igual que habían hecho con Grover Cleveland en el 92 (y con resultado positivo en ese caso). Esta vez, no obstante, la empresa era imposible. La economía se había arreglado durante el mandato de William McKinley... ¡y de qué manera! El país vivía años de vino y rosas; en especial, los más ricos, que quizá nunca lo fueron tanto como entonces. Además, la guerra hispano-estadounidense (ver “La lupa") había resultado un triunfo tan sencillo que Estados Unidos entendió de repente que estaba preparada para hablar de tú a tú a las principales potencias europeas: España, de hecho, ya no lo era, pero la diferencia de potencial bélico en la Guerra del 98 había sido tan evidente que solo podía significar que Estados Unidos se encontraba en el siguiente nivel. El orgullo de la nación norteamericana estaba por las nubes y eso se traducía (y siempre lo ha hecho) en viento a favor para el partido del presidente.

La recuperación económica había tenido un punto sistémico y también otro circunstancial. El primero era predecible: después de una crisis debía llegar la recuperación. Había ocurrido antes y volvería a suceder después en el ciclo económico del capitalismo. Pero el segundo fue producto de la fortuna. En la frontera entre Alaska y Canadá, en un territorio inhóspito y alejado de toda civilización llamado Klondike, se encontró oro. Y Estados Unidos, precisamente, sufría una grave carestía de oro. Fue una feliz coincidencia. En 1896 se desató una nueva “fiebre del oro”, que no duró mucho, pero sí lo suficiente como para que el largo y enconado debate entre el “bimetalismo” y el “patrón oro” quedara enterrado para siempre. Ya no hacía falta equiparar la plata con el oro, porque había de ambos de sobra y los precios podían subir y subir, haciendo felices a todo aquellos que tuvieran algo que vender.

La guerra contra España había sido una petición del pueblo que el presidente McKinley aceptó a regañadientes. Él prefería una salida negociada a la rebelión cubana, pero el hundimiento del USS Maine en la bahía de La Habana y la presión de los periódicos sensacionalistas del magnate William Randolph Hearts la hicieron imposible. En 1898 se desató la guerra, en principio para dirimir si Cuba lograba la independencia o si seguía siendo una colonia hispana. Sin embargo, la superioridad naval de los modernos buques americanos dejó pronto en evidencia la fragilidad de España y Estados Unidos pudo ir a por todo el pastel: seis meses después del arranque del conflicto ya había conseguido sentar a su enemigo en la mesa de negociación, vencido y dispuesto a dar lo que le reclamaran. El pago fue la independencia de Cuba y mucho más: Puerto Rico, Filipinas y Guam pasaron a ser dominios estadounidenses.

Con estos credenciales, el Partido Republicano no podía perder. McKinley fue reelegido en la Convención Nacional sin oposición. La controversia se centró en quién sería el candidato a vicepresidente. Surgió un nombre: el gobernador de Nueva York, Theodore Roosevelt, acababa de acceder a ese cargo, así que no había podido acreditar su valía, pero dos años antes había destacado en la lucha librada en Cuba. Quizá sea más justo decir que él mismo había sabido vender bien sus hazañas con el instinto de un publicista, pero eso era un detalle irrelevante. La cuestión es que si el Partido Demócrata podía contar con el indiscutible héroe de la guerra, el almirante George Dewey, la única manera de contrarrestarlo era situar a Roosevelt al lado de McKinley. Además, Roosevelt era joven e intenso, buen orador a pesar de que su timbre de voz no le ayudara, y también en esto encajaba bien con McKinley. Este podría repetir su “campaña de porche delantero”, mientras Roosevelt se patearía el país igualando (o casi) el número de discursos que Jennings Bryan había dado en la campaña anterior. El Partido Demócrata, de hecho, tentó al almirante George Dewey. Este dudó, pero finalmente se retiró de la carrera y permitió que Jennings Bryan fuera nominado por segunda vez... con la única esperanza de ser derrotado en las urnas, porque ciertamente no podía aspirar a otro final.

Los Republicanos jugaron la baza de la prosperidad económica con el eslogan “Cuatro años más con el puchero lleno”. Jennings Bryan exacerbó su papel de cruzado moralista: se opuso a la anexión de Filipinas y acusó a McKinley de comportarse con igual tiranía que los españoles. Había un resquicio para la crítica en verdad, ya que los rebeldes filipinos que habían peleado contra España por su independencia no estaban nada conformes con tener un nuevo amo y sigueron peleando hasta 1901. Esa guerra de guerrillas, de contrainsurgencia que se diría hoy, resultó mucho más gravosa para Estados Unidos que los meses de combates contra España.

La elocuencia de Bryan volvió a no ser suficiente. McKinley le derrotó de nuevo y esta vez con mayor diferencia. El candidato del Partido Republicano se impuso con 292 votos electorales y casi un millón más de votos populares que su rival. Así se convirtió en el primer presidente en lograr la reelección desde que lo hiciera Ulysses S. Grant en 1872. Jennings Bryan, en su penúltima oportunidad de alcanzar la Casa Blanca, se quedó con 155 votos electorales y confirmó que el Partido Demócrata había entrado en una travesía del desierto de la que todavía tardaría más de una década en salir.

La lupa: McKinley, Roosevelt y la guerra del 98
La guerra del 98 causó una honda impresión en España. Se consideró que era el fin del imperio, lo cual no era cierto ni por exceso ni por defecto: el imperio había desaparecido como tal muchas décadas antes, pero, al mismo tiempo, tras perder Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam todavía permanecían bajo soberanía española algunas colonias en África. Lo indiscutible es que del glorioso pasado no quedaba nada. Y la inferioridad demostrada en el apartado bélico frente a Estados Unidos, una potencia que en la época se consideraba de segundo orden, fue un shock. La introspección que provocó la derrota del 98 ha velado a generaciones de estudiantes españoles las motivaciones del enemigo estadounidense. Por eso, muchos no recordarán que William McKinley era el presidente de ese país durante el conflicto.

McKinley no deseaba la guerra. Le horrorizaban las noticias que llegaban sobre el brutal comportamiento del general español Valeriano Weyler en la guerra de independencia de Cuba, que había comenzado en 1895, pero pensaba que la presión diplomática sería suficiente. Intentó mediar. España se avino a dialogar, aunque con una línea roja: bajo ningún concepto iba a dar a los rebeldes cubanos la independencia. La opinión pública empujaba a McKinley a adoptar una posición de fuerza y él aceptó enviar un barco de guerra a La Habana: el USS Maine. Días después, el 15 de febrero, el buque explotó y se hundió, llevándose al fondo del mar a 266 hombres. Investigaciones posteriores coinciden en señalar que la explosión pudo deberse a un accidente, pero la prensa amarilla estadounidense, que vivía un momento álgido con el duelo entre el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Randolph Hearts, clamó a los cuatro vientos que España había hundido al Maine.

McKinley intentó ganar tiempo. Siguió negociando con España, mientras una comisión del Congreso investigaba el hundimiento del Maine. El veredicto de esta culpó a una mina submarina, lo que apuntaba a un ataque español. McKinley envió un ultimátum a Madrid: o concedía la independencia a Cuba o habría guerra. España rechazó la amenaza. El presidente, entonces, se dirigió al Congreso y dejó en sus manos la decisión: el 20 de abril, este declaró la guerra a España y, al mismo tiempo, aprobó una enmienda por la que se prohibía a sí mismo anexionarse Cuba en el futuro.

Theodor Roosevelt, a diferencia de McKinley, fue un entusiasta defensor de la intervención bélica de Estados Unidos en el conflicto cubano. Deseaba adquirir gloria militar, como él mismo reconoció después, y si no había otra guerra en la que destacar, “al menos quedaba Cuba”. Por eso, en cuanto se confirmó que un contingente de tropas sería enviado a la isla, abandonó su puesto en la Marina (ocupaba el segundo cargo civil más importante dentro de esa institución) y se alistó. Su actuación en Cuba le concedió la fama que ansiaba, si bien su desempeño real es difícil de valorar: según él contó al regresar, tuvo una actuación magnífica, brillante, y su regimiento, conocido como los “Rough Riders” (“jinetes duros”), realizó sorprendentes proezas.

Sea como fuere, España poco pudo hacer para oponerse al moderno material estadounidense, especialmente en el mar. Y las derrotas navales en Santiago (Cuba) y Manila (Filipinas) decantaron la contienda con rapidez. Apenas siete meses después de comenzadas las hostilidades, se firmó la paz en París, y España cedió Cuba (que recibió la independencia prometida), Puerto Rico, Filipinas y Guam, tres antiguas colonias hispanas que ahora pasaron a ser territorios estadounidenses. En el caso de Filipinas, los rebeldes que habían luchado contra España siguieron combatiendo durante otros tres años más por conseguir su independencia, pero finalmente tuvieron que rendirse a la evidencia y doblegarse al poderío de EE.UU.

Glosario:
TERRITORIO DE ESTADOS UNIDOS”: A lo largo de esta serie de reportajes ha aparecido recurrentemente el término “territorio” en referencia a enclaves sobre los que Estados Unidos mantenía cierto control, pero que no se consideraban parte integrante del país, ni podían participar en las elecciones presidenciales ni contaban con representación en el Congreso. Desde el Territorio del Noroeste, del que surgieron los estados de Ohio, Indiana, Illinois, Michigan, Wisconsin y Minnesota, hasta Alaska.

En muchas ocasiones hemos visto cómo estos territorios adquirían el estatus de estado y eran incorporados a la Unión -tras recibir la aprobación del Congreso-; es decir, dejaban atrás su condición de simples posesiones de EE.UU. para convertirse en parte integrante de esa nación.

Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, Estados Unidos concedió la independencia a Cuba, pero mantuvo el control sobre Puerto Rico, Filipinas y Guam con el estatus de territorios.

En la actualidad, el país norteamericano cuenta con 14 territorios dispersos a lo largo del Caribe y del océano Pacífico.

 

 

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