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Grant, el héroe de guerra para una reconstrucción con mano dura (1868)

Grant, el héroe de guerra para una reconstrucción con mano dura (1868)

El Partido Republicano, encumbrado por la Guerra de Secesión, se encomendó al general Grant para pilotar el país en la paz

25/09/2020 a las 06:00

FICHA:
Elección presidencial: Vigésimo primera
Fecha: 3 de noviembre de 1868
Votantes: 7.722.440
Estados: 32
Colegio electoral: 294 votos (148 necesarios)
Ulysses S. Grant: votos populares, 3.013.650; votos electorales, 214
Horatio Seymour: votos populares, 2.708.744; votos electorales, 80                                                                                                                       

 

Abraham Lincoln no llegó a cumplir dos meses en su segunda legislatura como presidente. El 4 de marzo de 1865 era investido y el 15 de abril moría asesinado. Nunca antes en la historia de Estados Unidos un presidente había sufrido un atentado mortal, pero sí había precedentes de fallecimientos durante el desempeño del cargo. El mecanismo de sucesión estaba probado: el vicepresidente ascendía en el escalafón de manera automática, sin traumáticos vacíos de poder.

En este caso, el hombre destinado a ocupar el puesto de Lincoln era Andrew Johnson, un recién llegado al Gabinete. El Partido de la Unión Republicana le había elegido como candidato a vicepresidente en detrimento de Hannibal Hamlin atendiendo a un cálculo político. Hamlin, que había sido el subalterno de Lincoln entre 1860 y 1864, simpatizaba con las tesis de los Republicanos Radicales; Johnson, en cambio, era uno de los Demócratas partidarios de continuar la guerra. La presencia de este último en el cartel de la Unión Republicana era necesaria para pescar en ese jugoso caladero de votos. Pero Johnson, además, se había convertido en el símbolo de la fidelidad a la Unión en un entorno hostil. Como senador del estado esclavista de Tennesee se había opuesto a la sedición y había conservado su escaño en el Señado. Gran parte de su prestigio se debía a esto.

Una vez convertido en presidente del país, Johnson volvió a demostrar que la fidelidad era una de sus principales virtudes. Puso el foco de su lealtad en el legado de Lincoln y, en concreto, en la idea que este había propugnado de que la Unión debía mostrarse magnánima con los Confederados. Sin embargo, muchos miembros del Partido Republicano desconfiaban de esa política de mano blanda. Quizá no se hubieran atrevido a entablar una lucha soterrada contra Lincoln, pero frente a Johnson sí lo hicieron. Y utilizaron el único recurso que tenían a su disposición: el Congreso, en el que poseían una amplia mayoría.

Pronto se estableció una dinámica en la que el presidente llevaba las de perder. El Congreso proponía -y aprobaba- leyes, enmiendas o decretos. El presidente, en abierta oposición, las vetaba. Pero el Congreso se saltaba ese veto logrando los dos tercios de los votos en ambas cámaras y sacándolas definitivamente adelante. Era un proceso farragoso y que paso a paso enconaba el enfrenamiento entre el poder ejecutivo y el legislativo. Y siempre ganaban los Republicanos Radicales y perdía el presidente Johnson.

En los planes de reconstrucción, el consenso inicial se había limitado a la necesidad de abolir la esclavitud. Para todo lo demás, el Congreso marcó el ritmo con ánimo justiciero. Hizo aprobar la Decimotercera Enmienda (ver Glosario), que ahondaba en los derechos de los libertos y ponía en riesgo la frágil paz social en los antiguos estados de los Confederación. En Memphis y Nueva Orleans hubo disturbios, que lejos de amedrentar al Congreso, lo azuzaron. Su siguiente paso fue más lejos todavía al aprobar la Demicuarta Enmienda (ver Glosario), que anulaba de facto la sentencia de la Corte Suprema sobre el Caso Dred Scott, que se analizó ampliamente en el reportaje sobre las elecciones de 1860.

Así, la reconstrucción se fue apartando a marchas forzadas de la moderación propugnada por Lincoln. Andrew Johnson abanderaba el espíritu de su predecesor, pero no tenía fuerzas para frenar a la facción radical del Partido Republicano. Incluso se vio sometido a un “impeachment” del que se libró por un solo voto (reflejado en la imagen de cabecera). Si hubiera perdido, su cargo hubiera pasado al Portavoz de la Cámara de Representantes. El motivo esgrimido por el Congreso para procesarle había sido su decisión de destituir a su secretario de Guerra, Edwin Stanton: Johnson ni siquiera podía remodelar a su gobierno.

En medio de este panorama, el Partido Republicano celebró su Convención Nacional. Desechó la opción de contar con Andrew Johnson para la reelección y optó por el general más prestigioso de los ejércitos de la Unión: Ulysses S. Grant.

El Partido Demócrata, por su parte, no disponía de un nombre que descollara por encima del resto. Tras largas deliberaciones y dos decenas de votaciones, se encomendó a Horatio Seymour, gobernador de Nueva York.

El prestigio de Grant como héroe de guerra era incontestable. Su hoja de servicios en favor de la Unión no tenía tacha. Y además se esperaba de él que después de todos los sufrimientos que había presenciado entendiera la necesidad de pasarles factura a los rebeldes. Seymour, en cambio, tuvo que pelear contra una campaña en su contra que lo acusaba de haber sido uno de esos Demócratas “débiles”, que habían antepuesto la paz a la unión del país. Sobre él pesaba la sombra de ser un “copperhead”.

Los comicios se celebraron con notable normalidad. Participaron 34 estados, incluido el recién admitido de Nevada y ocho de los once estados que habían formado parte de la Confederación. Solo se quedaron fuera Texas, Mississippi y Virginia.

Ganó Grant, pero el voto popular resultó mucho más igualado de lo que se esperaba (52% a 47%). Sin embargo, no se produjo la tradicional fragmentación entre Norte y Sur, y ambos recibieron muchos votos en cada estado. El problema para Seymour es que en casi todos, en 26 de los 34, Grant le superó. Así, el general sumó 214 votos electorales, por los 80 de Seymour, y el Partido Republicano siguió pilotando la reconstrucción, pero a partir de ese momento con todos los resortes del poder verdaderamente en sus manos.

La lupa: el Ku Klux Klan

En los primeros años tras el fin de la Guerra de Secesión, los Republicanos apartaron paulitanamente a los Demócratas de los puestos de gobierno en sus tradicionales feudos del Sur. Después, una vez ya asentados, se dispusieron a transformar aquella sociedad que, según su visión del mundo, estaba podrida y necesitaba regenerarse. Para conseguir sus ambiciosos objetivos echaron mano de todos los resortes a su alcance: desde el ejército hasta emigrantes blancos del norte que acudían al sur para convertirse en los instrumentos de esa regeneración, algunos, o para sacar tajada, otros. También se creó una institución ad hoc, el Freedmen's Bureau, dotada de poderes especiales para proteger los derechos de los libertos.

Estas injerencias molestaban a muchos miembros de los estados derrotados en la guerra. Y su enfado aumentaba cada vez que el Congreso aprobaba una tras otra las nuevas enmiendas (ver Glosario) que otorgaban más derechos a los antiguos esclavos. Hubo motines, entre los que destacaron por su virulencia los de Memphis y Nueva Orleans en 1866. Pero la rabia de los racistas no se limitó a provocar puntuales estallidos de violencia. Parte de ellos se agruparon en una asociación, más social que beligerante en sus inicios, conocida como Ku Klux Klan.

Pronto el Ku Klux Klan dio el salto de realizar astracanadas de pésimo gusto a utilizar la violencia. Mantuvo, eso sí, la querencia por las “performances”, de manera que siguieron usando sábanas blancas como disfraz hasta que estas se convirtieron en una de sus señas de identidad.

Mientras la década de 1860 declinaba, el Ku Klux Klan cometió asesinatos contra libertos y simpatizantes de los Republicanos. Llegó incluso a matar a un congresista, James M. Hinds, de Arkansas. Sin embargo, su recorrido fue corto: cuando Grant accedió a la presidencia supo cómo lidiar con ellos y en apenas dos años los eliminó por completo, aunque para entonces el impacto del Klan había sido grande y, sin duda, altamente negativo para el establecimiento de la igualdad y la tolerancia racial en todo el país.

GLOSARIO

“DECIMOTERCERA ENMIENDA”: La Proclamación de Emancipación del año 63 puso fin legalmente a la esclavitud en los estados que se habían rebelado y estaban en guerra contra el Norte, pero no había afectado a aquellos estados que se habían mantenido fieles a la Unión. En cinco de estos -Maryland, Delaware, Virginia Occidental, Kentucky y Missouri-, la esclavitud conservaba su estatus legal y siguió haciéndolo mientras el conflicto seguía su curso.

En enero de 1865, cuando la victoria de la Unión ya parecía irreversible, el Congreso aprobó la Decimotercera Enmienda a la Constución. Esta abolió la esclavitud en el país, convirtiendo en irreversible la Proclamación de Empancipación y ampliando sus efectos a todos los estados.

“DECIMOCUARTA ENMIENDA”: Tras la guerra civil y en pleno proceso de Reconstrucción, el Partido Republicano Radical canalizó y logró aprobar a través del Congreso una enmienda que concedía los mismos derechos a toda persona “nacida o naturalizada en los Estados Unidos”. De esta manera se anulaba la controvertida decisión de la Corte Suprema en el juicio del Caso Dred Scott, de 1857, según la cual los descendientes de africanos no poseían derechos constitucionales.

Esta enmienda fue propuesta el 13 de junio de 1866 y ratificada el 9 de julio de 1868. Desde entonces se ha considerado uno de los grandes avances por la igualdad en el país.

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