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Celebración del 4 de julio de 1819.

Monroe contra Monroe: el principio del fin del Partido Federalista (1820)

James Monroe, del Partido Demócrata-Republicano, se impuso en unas elecciones en las que no tuvo rival

11/09/2020 a las 00:00

FICHA
Elección presidencial: novena
Fecha: 1 de noviembre al 6 de diciembre de 1820
Habitantes inscritos: 1.072.861
Votantes: 108.359
Estados: 24 (Missouri participó a pesar de que todavía no era un Estado reconocido de la Unión)
Colegio electoral: 232 votos (117 necesarios)
James Monroe: votos, 87.343. Votos electorales: 228
Partido federalista: votos, 17.465. Votos electorales: 0                                                                                                                                                                                                       

 

Las novenas elecciones presidenciales son una rareza dentro de la historia política de Estados Unidos. La norma, en un país tan marcadamente bipartidista, es que un par de candidatos peleen por la Casa Blanca. Menos común, aunque de vez en cuando ocurre, es que la competición resulte más coral. La excepción, casi tan única como toparse con un unicornio, es que solo haya un aspirante. Y esto es justo lo que sucedió en 1820.

Como vimos en el reportaje anterior, el correspondiente a las octavas elecciones, el Partido Federalista había entrado en barrena tras la Guerra de 1812. Llegó a la siguiente cita tan tocado que ni siquiera se molestó en postular a nadie para la presidencia. De esta manera, los Demócrata-Republicanos se encontraron con el camino expedito para revalidar un triunfo que sería ya su sexto consecutivo. Como cabeza de cartel apostaron de nuevo por James Monroe, que aspiraba a un segundo mandato, y su triunfo fue incontestable, "a lo Washington". Cuatro votos electorales le impidieron alcanzar la unanimidad -algo que únicamente el propio Washington había logrado antes y nadie conseguiría después-. 

Estas elecciones fueron el clímax de lo que un periódico vino a llamar como "La Era de los Buenos Sentimientos". Con esta expresión se refería a que una beatífica bonanza de espíritu parecía haber anidado en el país. Ya no había campaña electoral, ni discusiones políticas, ni partidos enfrentados, ni se asistía a enconadas discusiones en el Congreso. Quizá, después de todo, se estaba cumpliendo el sueño de George Washington, ese según el cual la división que le tocó vivir y sufrir en sus últimos años de vida era solo una pesadilla. Pero nada más lejos de la realidad: se avecinaba una tormenta. De hecho, cuando Monroe venció en las elecciones de 1820 ya llovía con fuerza. Un año antes había estallado una crisis especulativa e hipotecaria, el conocido como Pánico de 1819, cuyo origen y causas guarda sorprendentes similitudes con la que se vivió en España en 2008. No tuvo efectos reseñables sobre las elecciones de 1820, pero sí afectaría a las siguientes.

Por otra parte, estos "buenos sentimientos" se circunscribían solo a los asuntos interiores, ya que Estados Unidos no había perdido ni un ápice de su agresividad en los exteriores -como sufriría en sus carnes el tambaleante Imperio Español-. La Administración Monroe se apuntó algunos tantos diplomáticos y militares. Uno de los más importantes fue la firma del Tratado Rush-Bagot con Gran Bretaña. En principio solo debía regular el grado de militarización de los Grandes Lagos, pero tuvo un beneficioso efecto contagio y en la práctica pacificó toda la frontera norte. Y con ese flanco asegurado, Estados Unidos aparcó la finura con que se había manejado con Gran Bretaña y empleó la fuerza bruta en el sur.

Desde la compra de Luisiana en 1803, la joven nación norteamericana había conseguido extender su dominio por el litoral norte del Golfo de México a costa de España. Solo le quedaba poner sus manos sobre la península de Florida. Allí, además de algunos -pocos- centenares de colonos españoles, también había unas tribus indias descendientes de los creek, los semínola, y a su vez se había convertido en un refugio para esclavos huidos de las plantaciones de Georgia y Alabama. Estados Unidos buscó una excusa para atacar a los semínola y los persiguió. Para ello tuvo que adentrarse en un territorio que no le pertenecía, pero no tuvo reparos. El colofón de esta ofensiva fue la toma de Pensacola (1818), que era una de las plazas españolas más importantes en la Florida. La acción terminó de encumbrar a Andrew Jackson, el héroe de la batalla de Nueva Orleans y futuro presidente del país. Al mismo tiempo, obligó a España a negociar y esta, agobiada por las guerras de independencia de sus colonias americanas, se avino a ceder la Florida y Oregón en el Tratado Adams-Onís (ver La lupa).

Pero por más espectacular que pudiera parecer la correría de Andrew Jackson, el crecimiento principal de Estados Unidos se dio en el oeste. En menos de cuatro años se integraron como estados Indiana (1816), Mississippi (1817), Illinois (1818) y Alabama (1819). Así, las Trece Colonias que habían logrado la independencia en 1783 se habían expandido de tal modo que ya reunían 22 estados, habían prácticamente doblado su territorio y su población se había multiplicado hasta rozar los 10 millones en el censo de 1820.

Esta expansión terminó por generar tensiones que amenazaron "La Era de los Buenos Sentimientos". Lo más grave fue que consiguió reavivar el problema de la división ideológica, social y económica entre el Norte y el Sur. Nunca, ni en los momentos más idílicos de los mandatos de Monroe, había desaparecido el viejo resquemor, pero con la expansión hacia el oeste resurgió a lomos de un nuevo caballo de batalla. La esclavitud se convirtió en el elemento agitador, en esa bandera que unos y otros podían enarbolar para apretar sus filas y vituperar al otro, al diferente. Al norte se agrupaban los "estados libres", mientras que al sur se apiñaban los "esclavistas". La línea Mason-Dixon (ver Glosario), entre Maryland y Pensilvania, ejercía de simbólica muga.

El Norte estaba más poblado y crecía a mayor velocidad. Sin embargo, gracias al Compromiso de los Tres-Quintos, el Sur tenía un peso desproporcionado en la Cámara de Representantes y así paliaba su debilidad demográfica. En el Senado, cada estado tenía el mismo número de delegados, dos; y de los 22 estados existentes en 1819, once eran libres y otros once, esclavistas. La admisión de nuevos estados suponía una prueba de estrés para ese delicado equilibrio, ya que en caso de que entraran en la Unión más estados norteños que sureños (o viceversa) la balanza se vencería.

A finales de la primavera de 1819, Maine se desgajó del estado de Massachusetts y solicitó entrar en la Unión como un estado "libre". Al oeste, Missouri pidió lo mismo, pero como estado "esclavista". Se llegó a un acuerdo, el Compromiso de Missouri de 1820, en virtud del cual ambos estados serían admitidos. Pero no solo eso se pactó. En aquella histórica cita se definió cuáles, de los territorios que el país estaba colonizando, ingresarían en el futuro como estados "libres" o "esclavistas". El paralelo 36º 30', justo en la frontera sur de Missouri, fue elegido como línea de demarcación: todo lo que se colonizara al norte de esa franja sería libre; lo que se colonizara al sur, esclavista.

A partir de este momento, la vieja rivalidad Norte-Sur tomó un nuevo cariz, uno peligroso. No en vano, el asunto que entonces comenzaba a asomarse al tablero político terminó por conducir al país a la guerra civil, tres décadas después. Pero nada de aquello afectó a las elecciones de 1820. El Partido Demócrata-Republicano se encontraba en su cénit y las rencillas políticas, las ácidas campañas, parecían haber quedado atrás. Cuando Monroe fue elegido con 228 votos electorales de 232 posibles, rozando la unanimidad de los buenos tiempos de Washington, cualquier advertencia sobre un ominoso futuro se hubiera antojado errada e improbable. El país crecía robusto y fuerte, mientras el dominio español en América se caía a pedazos y Gran Bretaña estaba dispuesta a pactar de igual a igual. Todo indicaba que Estados Unidos se encontraba por fin en condiciones de cumplir, como veremos en el próximo reportaje, su "Destino manifiesto".

La lupa: el tratado Adams-Onís

Uno de los asuntos candentes durante el primer mandato de James Monroe fue la posesión de la Florida. De hecho, toda la costa del Golfo de México, desde el Mississippi hasta la punta sur de la península, había quedado en disputa tras la compra de la Luisiana, en 1803. La parte conocida como Florida Oriental ya había sido anexionada por Estados Unidos en los años previos a la guerra contra Bretaña, pero España mantenía la posesión, más teórica que real, del resto del territorio. 

España envió a Luis de Onís a Washington como ministro plenipotenciario para Estados Unidos. Su posición era extremadamente débil allí, empeoró con el inicio de la guerra de independencia de México y quedó aún más comprometida tras la toma de Pensacola (1818) en el marco de la Primera Guerra Semínola

Durante una década, de 1809 a 1819, Luis de Onís combatió de manera más o menos subrepticia las intenciones expansionistas de Estados Unidos, pero a lo largo de este tiempo conservar la Florida se convirtió en una opción poco realista. Negociar era la única salida de la que España podía sacar algo. Onís entabló conversaciones con el secretario de Estado, John Quincy Adams, y ambos alcanzaron un acuerdo que ha pasado a la historia con el nombre de Tratado Adams-Onís.

En virtud de ese compromiso, España cedió la Florida a Estados Unidos y también el lejano territorio de Oregón, pero a cambio logró el control de Texas. No obstante, este logro resultó efímero, ya que solo dos años después el territorio pasó a integrarse en el recién creado Imperio de México con un régimen de semiautonomía.

Onís fue posteriormente embajador en dos plazas tan relevantes como Nápoles y Londres, y aprovechó el tiempo para escribir su versión personal de las maniobras que desembocaron en el Tratado Adams-Onís en el libro  Memoria de las negociaciones entre España y los Estados Unidos que dieron motivo al tratado de 1819.

Glosario

LÍNEA MASON-DIXON: el astrónomo inglés Charlos Mason y su compatriota, el geógrafo Jeremiah Dixon, establecieron a mediados del siglo XVIII la línea de demarcación entre los estados de Pensilvania y Maryland (de este a oeste) y Delaware y Maryland (de norte a sur). La primera de estas separaciones cobró una renovada importancia en 1820, cuando al aprobarse el Compromiso de Missouri pasó al imaginario popular como referencia para separar simbólicamente los estados sureños (esclavistas) de los norteños (no esclavistas). De hecho, el Compromiso de 1820 establecía la separación más al sur, en el límite entre Missouri y Arkansas (paralelo 36º 30'), y afectaba a los territorios del oeste que en un futuro podrían optar a convertirse en estados de la Unión. La intención de los firmantes era que se perpeturara el equilibrio entre los dos bloques enfrentados.

 

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