Activar Notificaciones

×

Su navegador tiene las notificaciones bloqueadas. Para obtener mas informacion sobre como desbloquear las notificaciones pulse sobre el enlace de mas abajo.

Como desbloquear las notificaciones.

Historia y Patrimonio

Santa Criz, la ciudad sin nombre

El tiempo actúa con la engañosa levedad de los granos de arena en el desierto. Lenta pero inexorablemente erosiona la memoria y diluye los recuerdos, del mismo modo que la sigilosa arena sepulta ciudades hasta convertirlas en una enigmática amalgama de ruinas anónimas que, un día, olvidaron su nombre.

Vídeo Santa Criz
Vídeo Santa Criz
Un paseo por el yacimiento romano de Santa Criz.
alt
Vídeo Santa Criz
  • Conocer Navarra
Actualizada 14/05/2021 a las 13:42

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 45 con fecha diciembre de 2016. Textos de JOSÉ ANTONIO FARO y fotografías de EDUARDO BLANCO).

 

Nada se conoce, a ciencia cierta, del nombre de la ciudad a la que corresponden los restos localizados en el paraje de Santa Criz. Las investigadoras que dirigen las excavaciones arqueológicas han planteado, como opción más probable, Nemeturissa/Nemanturissa, uno de los diecisiete topónimos que figuran en la nómina de ciudades vasconas citadas por el geógrafo griego Ptolomeo, en el s. II d. C. Sin embargo, no contamos con ningún testimonio epigráfico que pueda confirmar esta afirmación. A la espera de que aparezca, sólo puede considerarse como una más de las múltiples teorías propuestas por historiadores, paleógrafos, epigrafistas y arqueólogos. El listado de opositores a merecer el honor de ostentar el nombre de esta civitas, mencionada por Ptolomeo, es extenso. Figuran, entre otros, el asentamiento romano de Cabezo Ladrero (Sofuentes), el de Campo Real/Fillera (Sos del Rey Católico) y el de San Tirso (Oteiza de la Solana). Asimismo, también se han propuesto otras opciones tan dispares como Bidaurre, Olaz o incluso Siresa.

La denominación actual no guarda relación con las ruinas ahora consolidadas y adecuadas para su visita pública, se remonta a la Edad Media. En este lugar se construyó un pequeño edificio religioso dedicado a San Quiriaco o San Quiriç, como recoge la documentación del s. XIII. Con el paso del tiempo esta advocación evolucionó hasta derivar en el término Santa Cris o Santa Criz.

 

EVOLUCIÓN HISTÓRICA

El yacimiento se encuentra situado en el municipio de Eslava, dentro de la Comarca de Sangüesa. La ciudad se asienta sobre un cerro elevado que domina el territorio circundante y que limita al sur con la sierra de Arbigaña y al norte con el cauce del río Indusi. El paisaje, a pesar de las diferentes transformaciones que se han ido sucediendo con el transcurrir de los siglos, mantiene todavía el aspecto que debieron tener estos terrenos en época romana. Las parcelas de cereal, vid y olivo se entrelazan con un rosario de lomas y oteros de dirección este-oeste poblados de encinas, coscojas, pinos y matorral bajo que, a su vez, quedan articulados por pequeños barrancos transversales, de dirección norte-sur.

El paraje en el que se ubicó la ciudad estuvo habitado, al menos, desde la Edad de Bronce, como se deduce de los materiales recuperados en las distintas campañas de excavación. Durante la Prothohistoria acogió a un poblado fortificado (oppidum) vascón. Un asentamiento que fue creciendo en importancia y en extensión y que, a finales de la Edad del Hierro, se convirtió en un núcleo de referencia en el valle del río Indusi. Llegó a abarcar una superficie que superaba las 5-6 hectáreas y contaba con distintos elementos defensivos: muralla, foso y rampa de acceso helicoidal. En opinión de algunos investigadores, este enclave pudo haber alcanzado la condición de ciudad antes de la conquista romana e incluso pudo haber acuñado moneda propia. La hegemonía que ejerció sobre su entorno más inmediato es una de las razones que explicarían su continuidad y su transformación a comienzos de nuestra era.

La transición, al finalizar la conquista romana, fue pacífica. Así se deduce tanto de las fuentes escritas como de los testimonios arqueológicos. En Santa Criz no se documentan niveles de incendio o destrucción, que sí son frecuentes en los poblados celtibéricos. Asimismo, el proceso de asimilación cultural respetó los nombres indígenas y los cultos preexistentes, como atestigua el altar o ara de Araca Marcela, en el que ruega al dios Peremusta que proteja su salud y la de su familia. Los vascones se vieron favorecidos por su condición de aliados de Roma y su territorio pasó a formar parte del conventus Caesaraugustanus. Las políticas de César y de Augusto, encaminadas a promover el rango de municipios entre varias ciudades indígenas, y, posteriormente, el Edicto de Vespasiano (74 d. C.) terminarían otorgándole la condición de ciudad (civitas). Un rango que ostentó Santa Criz y que favoreció su pleno desarrollo urbano y su municipalización, como lo acredita la existencia de destacados edificios civiles y la implantación de estructuras jurídicas latinas.

El Alto Imperio romano, entre finales del s. I a. C. y el s III d. C., marcará la etapa de máximo desarrollo y expansión de este núcleo urbano. La información referente a época tardorromana es bastante limitada, aunque suficiente para advertir un profundo cambio, coincidiendo con un período generalizado de inestabilidad política y social. Esta situación de inseguridad fue la que propició que la mayoría de las ciudades redujeran sus perímetros y experimentaran un notable descenso de su población. A este retroceso demográfico contribuyó, de manera decisiva, el hecho de que las familias poderosas decidieran trasladar su lugar de residencia permanente al medio rural.

La otrora floreciente metrópoli quedó, durante la Alta Edad Media, reducida a un pequeño poblado. Los habitantes de este territorio, de forma gradual, se fueron desplazando y concentrando en el entorno actual de Eslava, hasta despoblar por completo el cerro de Santa Criz. En el centro de su plataforma todavía se conservan los restos de la última construcción de entidad que se levantó en este lugar, una torre medieval de señales.

 

DESCUBRIENDO SANTA CRIZ

El abandono y el paso del tiempo diluyeron la majestuosa estampa de esta remota ciudad hasta convertirla en una acumulación anárquica de ruinas anónimas, que durante siglos quedaron silenciadas. Un letargo involuntario que se prolongaría hasta las primeras décadas del s. XX.

La primera noticia que apunta a la existencia de restos arqueológicos en estos parajes se fecha en 1917. El párroco de Sada, Juan Castrillo, publicó el descubrimiento de un miliario junto al cercano manantial de la Fuente del Moro. Unos años más tarde, en 1928, el historiador Julio Altadill visitó el lugar y mencionó haber encontrado en superficie fragmentos de urnas cinerarias y de restos calcinados, así como de una escultura de ágata que representa a un idolillo alado. En 1934, el religioso jesuita Francisco de Escalada, gran aficionado a la Arqueología, recuperó algunas piezas y las trasladó al castillo de Javier. En sus escritos subraya la presencia en Santa Criz de “restos muy notables de edificios, como capiteles, fustes de columnas, lápidas, cipos, etc.”.

Tras finalizar la Guerra Civil, la Institución Príncipe de Viana, a la luz de los citados antecedentes, decidió actuar en el yacimiento. Los arqueólogos Blas de Taracena, Luis Vázquez de Parga y Octavio Gil Farrés fueron los encargados de dirigir, en 1942, esta primera intervención, de la que desafortunadamente apenas ha quedado documentación escrita. En una somera descripción de la campaña se alude a la excavación de diversos muros de viviendas y del basamento de un templo.

En 1961, el arqueólogo Juan Maluquer de Motes, incorpora Santa Criz a la nómina de ciudades romanas de la Navarra Media, de la que formaban parte otros asentamientos más estudiados, como Cara o Andelos. Durante la década de los 70 se siguieron sucediendo los hallazgos, entre ellos un pasador iberorromano, la lápida de un dispensator público y un nuevo miliario.

En 1994, un equipo de investigación, integrado por las arqueólogas Pilar Sáez de Albeniz, Rosa Armendáriz y Txaro Mateo, realizó una prospección sistemática que permitió determinar el área ocupada por la necrópolis de incineración y que fue el punto de partida de futuras intervenciones. Durante los años 1995, 1996, 2006 y 2007 se desarrollaron distintas campañas de excavación, las dos primeras centradas en la necrópolis. En la última se efectuó una prospección geofísica del terreno, con el fin de obtener una información más precisa tanto de la extensión del espacio funerario, como de la propia la ciudad y de las características de su trazado urbano.

Las labores de consolidación y puesta en valor del yacimiento se iniciaron el año 2015 y concluyeron en fechas recientes. El pasado 24 de agosto el Gobierno de Navarra declaró la zona arqueológica de la ciudad romana de Santa Criz de Eslava Bien de Interés Cultural (BIC).

 

TERRITORIO Y COMUNICACIONES

La ciudad controlaba un amplio territorio siguiendo el valle del río Indusi, un pequeño curso fluvial que se abre paso hacia el este, hasta alcanzar el río Aragón. La extensa superficie sobre la que ejercía su jurisdicción, garantizaba el abastecimiento de los recursos indispensables para la subsistencia del núcleo urbano. Le proporcionaba suelos fértiles para la agricultura, así como bosques y pastos. El río Indusi y una red de manantiales, entre ellos el situado en el cercano paraje de la Fuente del Moro, aseguraban el suministro de agua. Las numerosas canteras naturales de roca arenisca facilitaban la extracción del material constructivo necesario para levantar los grandes edificios públicos. Por último, la existencia de minas de hierro y cobre en el término de San Juan, en Gallipienzo, y de vetas superficiales de cobre en el de Artamaleta, en Eslava, le otorgaban un evidente potencial metalúrgico.

Para la explotación y administración de todo este espacio, la ciudad contaba con otras unidades menores de distinta entidad, como vici, pagi y villae. La prospección del municipio de Eslava, realizada el año 1994, confirmó esta realidad, al hallar más de treinta yacimientos de época romana que mantenían una relación de dependencia respecto a Santa Criz.

La comunicación con los centros urbanos más próximos se vio favorecida por la construcción, al finalizar las campañas de conquista en la Península Ibérica, de una calzada que unía las localidades de Iaca (Jaca) y Vareia (en las inmediaciones de Logroño), atravesando transversalmente los valles del Aragón, Cidacos, Arga y Ega. Pese a que su itinerario no aparece citado en las fuentes escritas, el hallazgo de un elevado número de miliarios a lo largo de su trayecto no deja dudas de su existencia. Testigos de esta realidad son las piezas procedentes de los municipios de Javier, Gallipienzo, Eslava, Artajona, Mendigorría, Oteiza de la Solana, Allo y Arellano. El trazado discurría enlazando las ciudades romanas de Campo Real/Fillera (Sos del Rey Católico), Santa Criz (Eslava), Andelos y Curnonium (Los Arcos). A la altura del actual núcleo urbano de Tafalla, se cruzaba con la vía que unía las ciudades de Cara (Santacara) y Pompelo (Pamplona). 

Los miliarios eran hitos, preferentemente cilíndricos y de piedra, que se colocaban en el borde de las calzadas para indicar la distancia cada mil passus, es decir cada milla romana, lo que equivale a 1.480 metros. De las inmediaciones de Santa Criz proceden dos magníficos ejemplares. El primero fue hallado en el paraje de la Fuente del Moro y se fecha entre los años 235-238 d.C., durante el gobierno del emperador Maximino. El segundo proviene del paraje de Ezpondabe y se data entre los años 276 y 277 d. C., durante el gobierno del emperador Probo. La presencia de estos miliarios índica que se siguieron realizando tareas de reparación y de mantenimiento de la calzada a lo largo de todo el s. III d. C.

 

URBANISMO

La información obtenida en las campañas de excavación arqueológica realizadas en Santa Criz es limitada, ya que las intervenciones se centraron en dos áreas muy concretas, el foro y la necrópolis. Por este motivo, y con objeto de tener una visión más completa del trazado urbano, el año 2007 se efectuó una prospección geomagnética. Los resultados indican que la ciudad se extendió sobrepasando ampliamente los límites del primitivo oppidum vascón, hasta superar una superficie de 15 hectáreas. Las alineaciones detectadas confirman el planteamiento inicial, de una civitas plenamente romanizada a comienzos de nuestra era, con planta hipodámica adaptada a las peculiaridades orográficas del terreno. Para ello debieron realizar diversos aterrazamientos, con el fin de adaptar los edificios al desnivel preexistente. Una circunstancia que también se advierte en otras ciudades de época romana halladas en la Comunidad Foral, como es el caso de Pompelo.

El núcleo urbano se disponía siguiendo una retícula a través de dos calles principales, el cardo maximus, en dirección norte-sur, y el decumanus maximus, de dirección este-oeste. En el espacio situado en la intersección de estos dos ejes se levantó el foro. Partiendo de esta base, trazaron calles paralelas en ambas direcciones formando manzanas (insulae) que comprendían varias viviendas privadas (domus). Dichas viviendas debían adecuarse a los condicionantes topográficos del cerro de Santa Criz, para ello recurrieron a la construcción de terrazas y escaleras que facilitaron la comunicación entre los distintos espacios: vestíbulo, atrium o patio interior, cocina, tablinum o sala de reuniones, peristilum o patio ajardinado, triclinium o comedor, cubicula o dormitorios y lararium o altar para el culto doméstico.

1. Foro

El foro polarizaba la vida social en las ciudades romanas, era un espacio público con funciones comerciales, financieras, jurídicas, administrativas y religiosas. En él solían levantarse algunas de las construcciones más señaladas de la ciudad. En el caso de Santa Criz, el foro se situó en el centro del cerro en el que se asentó la ciudad, en un punto elevado que destaca en el paisaje, lo que contribuía a realzar su imagen.

Las distintas campañas de excavación han permitido identificar un espacio abierto y de planta rectangular, que no ha conservado su pavimentación original. Alrededor de esta plaza se situaron distintos edificios públicos y algunos de ellos, como los que delimitan los flancos oriental y occidental, estuvieron porticados. El diseño de los pórticos era el más adecuado para desarrollar actividades mercantiles y en ellos se solían situar todo tipo de establecimientos comerciales (tabernae). No obstante, es en el lado septentrional de la plaza donde se concentran los restos más monumentales. En este espacio, de forma previa a la construcción del edificio, se realizó un aterrazamiento, con el fin de atenuar la pendiente natural del terreno, y se levantó un criptopórtico.

Los criptopórticos eran galerías soterradas sólidas y muy resistentes, especialmente diseñadas para resolver problemas generados por un desnivel del suelo, al tiempo que aportaban una mayor altura y vistosidad al conjunto. Sobre ellos se asentaban diversas edificaciones civiles, religiosas y/o políticas. En los foros hispanos del conventus Caesaraugustanus los criptopórticos solían sostener pórticos o basílicas. El hallado en la ciudad de Santa Criz tenía planta rectangular y contaba con machones cuadrangulares para soportar el peso de la subestructura. En su interior se acumulaba el material constructivo procedente del desplome del edificio que se alzaba encima, como todavía puede contemplarse en el recorrido establecido para la visita al yacimiento arqueológico. En el proceso de excavación se identificaron, entre otros elementos, basas, pilastras, fustes estriados de columnas, cornisas y capiteles de orden corintio y toscano. También se recuperaron fragmentos de tres esculturas. La más completa, pese a faltarle las extremidades y la cabeza, corresponde a un personaje togado de tamaño natural. El mármol en el que fue esculpido no proviene de las canteras de Hispania, muy probablemente fue importado de Italia. Una segunda escultura, mucho más fraccionada, representaba a un emperador divinizado. Éstas y otras piezas se encuentran actualmente depositadas en los fondos del Museo de Navarra. Los elementos arquitectónicos mencionados y las esculturas descritas son compatibles con las dos interpretaciones propuestas. Podríamos estar, por tanto, ante un pórtico profusamente decorado con estatuas, o bien ante una basílica para la administración de justicia, con un programa escultórico habitual en este tipo de instalaciones. Para esta segunda opción existe un precedente en el valle del Ebro, la basílica sobre criptopórtico documentada en la ciudad de Bilbilis (Calatayud).

Por último, completando la información disponible hasta la fecha del programa arquitectónico del foro de Santa Criz, algo más al noreste se excavó parte del basamento de un nuevo edificio público, quizá de un templo. Se han podido reintegrar tres columnas de orden corintio, dos de ellas con los fustes acanalados.

2. Necrópolis

El recinto funerario se extiende por una estrecha llanura situada al sur de la ciudad, entre el cerro de Santa Criz y las primeras estribaciones de la sierra de Arbiñaga. Los enterramientos siguen el trazado de una de las principales vías de acceso a la ciudad y ocupan una amplia superficie, como consecuencia de un uso dilatado en el tiempo. Hasta la fecha, únicamente se ha excavado un área de 237 m2 en las campañas efectuadas en 1995, 1996 y 2006.

El ritual utilizado fue la incineración. Los difuntos eran quemados en piras funerarias y al finalizar la ceremonia se recuperaban parte de sus restos para depositarlos en la necrópolis, previamente introducidos en urnas de cerámica o en contenedores de materia orgánica. El rito de la cremación se había extendido por todo el occidente europeo durante el Bronce Final y se mantuvo hasta los primeros siglos de nuestra era. A partir del s. II d. C., por influencia del cristianismo, se fue abandonando de forma gradual y acabó siendo reemplazado por el rito de inhumación.

La elección de un paraje determinado para erigir la necrópolis de un asentamiento de época romana no se hacía de una forma aleatoria, era el resultado de una premeditada selección. En el caso de Santa Criz, secundando los patrones característicos de este período, se situó a las afueras del núcleo de población y en un espacio ubicado a una cota más baja. La ciudad mantenía un contacto visual permanente con la necrópolis. Existía, por tanto, una clara intención por parte de la población viva de incorporar a su contexto social el lugar donde reposaban sus antepasados. Las sepulturas, siguiendo esos mismos patrones, debieron alinearse a ambos lados de la vía de acceso al recinto urbano, para facilitar la visita de los familiares y para que los visitantes, al entrar o salir de la ciudad, pudieran contemplar los monumentos levantados en honor a los difuntos. La propia orientación del espacio funerario, al sur de la zona poblada, también respondía a una decisión estudiada. Los vientos dominantes, de componente norte, favorecían la aireación de las piras y ayudaban a alejar de la zona de hábitat los humos, gases y malos olores que se desprendían durante la cremación de los cadáveres.

La intervención arqueológica ha confirmado la existencia de una necrópolis con una ordenación compleja, donde las tumbas se articulaban alrededor de una calle pavimentada con losas de roca arenisca, que actuaba como eje principal. La presencia de algunos fragmentos de esculturas de togados revela la existencia de pequeños altares o templos de tipo aedicula, muy frecuentes en el ámbito funerario romano. En dicha necrópolis se levantaron tanto sepulturas de carácter individual como construcciones de carácter colectivo. Las primeras se caracterizan por su reducido tamaño y por su sencillez estructural. Las segundas destacan por su monumentalidad. Hasta la fecha se han localizado las cimentaciones de tres mausoleos de planta rectangular. El más destacado tenía forma de altar (ara) y, en origen, presentaba una cámara de cuerpo cuadrangular (4 x 4,75 m) hecha a base de sillares que se alzarían sobre un basamento moldurado, con el vano de acceso situado en lado occidental. Contaba con decoración de pilastras de fuste acanalado talladas en las esquinas y estaba coronado con dos piezas cilíndricas (pulvinos). Al interior se identificaron restos de ocho cremaciones y, al exterior, en la parte frontal se solía colocar una inscripción en letra capital con el nombre de la familia. Este tipo de edificios sepulcrales en forma de altar se documentan en la mayoría de las necrópolis más conocidas del mundo romano, como es el caso de la situada en la Porta de Ercolano en Pompeya o la de Hierápolis en Pamukkale. También se registran con relativa frecuencia en los cementerios hispanorromanos que se fechan entre el final de la República y el Alto Imperio, con especial incidencia en Cataluña y en el valle medio del Ebro. Los ejemplos más cercanos los encontramos en las localidades de Gallipienzo y Javier.

La información recopilada en las diversas campañas de excavación ha permitido reconstruir algunos de los distintos actos y ceremonias que tenían lugar durante los funerales de los habitantes de Santa Criz. A los difuntos, antes de la cremación, se les retiraban sus adornos personales para preservarlos del fuego y depositarlos posteriormente en las tumbas. La incineraciones se realizaron en lugares diferentes a los elegidos para levantar las sepulturas y cuando las llamas comenzaban a extinguirse se procedía a apagar las piras de forma ritual, derramando vino contenido en ánforas que se rompían y que finalmente se llevaban a los sepulcros, como ofrendas. Los huesos se recuperaban, se seleccionaban y se molían de forma previa a introducirlos en vasijas de cerámica o en recipientes de materiales perecederos que desempeñaban la función de urnas. Estas urnas eran colocadas en el interior de las tumbas, junto otros objetos que formaban parte del ajuar de los difuntos.
 

CULTURA EPIGRÁFICA

La sepultura en época romana simbolizaba el recuerdo imperecedero, en una sociedad marcada por el horror al olvido. Por esta razón se desarrolló lo que se conoce con el nombre de “cultura epigráfica”, que llevo a grabar tanto el nombre como otros datos del difunto, con la intención última de que la gente los recordara. En la necrópolis de Santa Criz y en sus inmediaciones, se ha recuperado uno de los conjuntos epigráficos funerarios de época romana más destacados de los que hasta la fecha se han hallado en la Comunidad Foral de Navarra. Las inscripciones fueron grabadas sobre aras y estelas conmemorativas. En ellas figuran los nombres de algunos de los moradores de esta ciudad, como Aemilia Vafra, Piculla o el dispensator publico Athenio. También se documenta el nombre de una familia, Calpurnii, que muy probablemente fueran los propietarios de alguno de los mausoleos construidos en la necrópolis.

 

TORRE DE SEÑALES

Torre de vigilancia medieval que siguiendo modelos precedentes, como el de las atalayas musulmanas, se construían de forma aislada en un lugar elevado, desde el que se podía controlar una gran extensión de terreno. Formaba parte de una extensa red, dedicada a garantizar el cuidado de las fronteras y los territorios, y su función era la de mantener la comunicación con las localidades más próximas. Aprovechando un emplazamiento topográfico adecuado, percibía y trasmitía señales ópticas para avisar con tiempo suficiente de un peligro o amenaza. De este modo, los vecinos de esas poblaciones podían aprovisionarse, reclamar ayuda y ponerse a resguardo dentro de los recintos fortificados. El ejemplar levantado en el cerro de Santa Criz es de planta cuadrada, todavía mantiene un alzado de diez metros y en su construcción emplearon fábrica de sillarejo y mampostería de piedra arenisca.

 

SOBRE LA VILLA DE ESLAVA

Esta antigua villa de señorío todavía conserva su estampa medieval de pueblo-fortaleza, con un marcado carácter defensivo. En la documentación escrita, donde aparece citada desde el siglo XI, figura con las grafías “Stelava” y “Estelava”. La población se concentró inicialmente sobre la plataforma superior de un pequeño cabezo, alrededor de un castillo. El caserío, de manera progresiva, se fue extendiendo hasta ocupar por completo la ladera meridional y, en gran parte, la occidental y la oriental. La fortaleza, tras la incorporación de Navarra a la corona de Castilla, fue demolida en 1516 por orden del cardenal Cisneros, cumpliendo su propósito de desmantelar todas las defensas del reino para evitar posibles levantamientos. En su lugar hoy se encuentra la ermita de Santa Bárbara, un sencillo edificio de planta rectangular y con tres naves.

El actual trazado urbano, quebrado y laberíntico, es heredero de ese pasado medieval. Las calles principales se disponen de forma concéntrica, en curva, siguiendo la accidentada topografía del terreno. En este paisaje, sobresale la silueta de la iglesia de San Miguel, un templo de estilo románico tardío muy transformado por las distintas reformas que se fueron sucediendo a lo largo de los siglos. Tiene planta de cruz latina, con una sola nave de tres tramos y cabecera recta. Su construcción se inició hacia el año 1200, de la etapa inicial conserva la torre, las columnas del coro, la cripta, el arco triunfal de la cabecera y la portada. Esta última, presenta tres arquivoltas aboceladas de medio punto, que apean sobre capiteles vegetales esquematizados, característicos de esta fase de transición hacia el estilo gótico.

 

 

Te puede interesar

Te puede interesar

Te puede interesar


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

Más información
volver arriba
Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE