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Plaza Consistorial

Pamplona, 1922

Ampliar Los toros entran en la plaza en un encierro del año de su inauguración, en 1922. La ropa blanca no llegaría hasta los años 30 y la peña La Veleta
Los toros entran en la plaza en un encierro del año de su inauguración, en 1922. La ropa blanca no llegaría hasta los años 30 y la peña La VeletaBENITO RUPÉREZ HERRERO/ARCHIVO MUNICIPAL
  • Jose Miguel Iriberri
Publicado el 07/07/2022 a las 06:00
Qué ciudad, aquella Pamplona de 1922. Qué ciudadanos. Y qué Casa de Misericordia. Gente entusiasta, sin duda, con el punto de osadía necesario para lanzarse un poco a la aventura. ¿Que hay que construir una plaza de toros en un año, bueno, en diez meses? ¿Y cuál es el problema? Manos a la obra. Y en sentido literal, porque la construcción se hace prácticamente a mano. Total, no es para tanto: decidimos el terreno, organizamos el presupuesto, encargamos la arquitectura, contratamos las obras y en diez meses de nada, una plaza de toros. Y con 14.000 localidades: la segunda más grande de España, detrás de Las Ventas capitalina.
Levántate, pamplonica, y da de la cama un brinco, mira que ya son las cinco y hoy, 10 de agosto de 1921, festividad de San Lorenzo -el santo de la parrilla, qué casualidad- va a arder la vetusta plaza de 1.800 en un desgraciado pero oportuno incendio. Nuestros tatarabuelos gastaron un par de días en llorar tan lamentable como prometedora pérdida y diez meses en dar la campanada arquitectónica. De pronto, 1922. En mayo, todos de paseo hasta las lejanías de San Juan, a ver el campo de fútbol de Osasuna; en junio, al Ensanche, a admirar la monumental plaza de toros que se había atrevido a levantar la Meca, porque al ayuntamiento debió de darle un ataque de flojera existencial ante el proyecto. Por lo que pudiera pasar. Como aquel filósofo de la obviedad, los ediles pensaron que es difícil prever, sobre todo el futuro. Y se plantaron en el presente.
Qué ciudad. Pocos años antes había celebrado el derribo de las murallas, echándose a la calle con el ardor popular de un 7 de julio. El II Ensanche era el futuro. La plaza, una valiosa pieza en el tablero del ensanche. Los 34.000 ciudadanos apuraban los días. El 8 de junio, la obra superó las pruebas de resistencia, realizadas a base de amontonar sacos de arena. Por entonces, el tren del Plazaola subía hasta el centro. En cambio, los rochapeanos pedían en vano un acceso directo a Descalzos, por la muralla. Entonces era una utopía; ochenta años después sería una realidad.
Gente recia. Miraban el futuro desde un presente con graves problemas de hacinamiento y sanitarios, en general. Aquella ciudad está en los cimientos de la plaza de toros.
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