Opinión

"Parir ordenanzas en moqueta es comodísimo. Defenderlas con el propio cuerpo en el centro del carril es deporte de riesgo"

"Desde un SUV reluciente, de esos más largos que un piso de Carlos III, un señor con el ceño fruncido y la superioridad que dan los caballos de potencia asoma la cabeza: “¡Quítate de ahí! ¡Vete a un lado!”

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Jose Murugarren

Publicado el 05/10/2026 a las 17:34

Gracias a los vatios de una bicicleta eléctrica uno corona la cuesta del Labrit sosteniendo la dignidad y la espalda recta. Para cuando no hay carril específico la Ordenanza de Movilidad lo dice: el ciclista, por el centro de la calzada. De la placidez de una calle con carril bici al circo romano de ir por el centro. ¿Y si el resto del mundo no lo sabe? Donde el Ayuntamiento ve un ciudadano cumplidor de la norma, los conductores descubren una anomalía. Un tipo que osa ralentizar sus vidas al límite. Enfilas la calle Amaya con la diligencia de un ujier municipal que lleva un bando y, de repente, el coliseo romano se queda pequeño. A dos metros detrás del guardabarros viaja una furgoneta de reparto. Al volante, un chaval con cara de haber desayunado café cargado y la prisa grabada en las ojeras. Mira fijamente. No eres su prójimo; eres el tipo que le roba los segundos para entregar el paquete a tiempo. En el cruce con Leyre el de la bici sufre un bocinazo sin piedad, de esos que hacen vibrar hasta los empastes, te meten la espalda hacia dentro de puro pánico y del susto la sacas convertida en una tripa que pega en el manillar. Y el claxon nunca viene solo. 

Desde un SUV reluciente, de esos más largos que un piso de Carlos III, un señor con el ceño fruncido y la superioridad que dan los caballos de potencia asoma la cabeza: “¡Quítate de ahí! ¡Vete a un lado!”. Lo dice convencido, con un convencimiento agresivo como si el de la bici fuera un infractor. Y a ti te entra la risa y entonces él se cabrea. Tú miras al cielo, pides paciencia a San Fermín y te apartas. Error. Al segundo, el resoplido asfixiante de la villavesa en la nuca recuerda que eres de carne y ellos de hierro. Quedas reducido a la nada pegado al bordillo, pero el orgullo de cumplir la norma te empuja a reconquistar el sitio. Vuelves al centro. Dura un suspiro: mientras te desplazas un utilitario rabioso adelanta rozándote el peroné. Pasa tan cerca que puedes oler el ambientador de pino que cuelga de su retrovisor. Parir ordenanzas en moqueta es comodísimo. Defenderlas con el propio cuerpo en el centro del carril es deporte de riesgo. Al Consistorio no le vendría mal gastar algún esfuerzo en pedagogía urbana. No estaría mal recordar que el centro es territorio de la bici. De lo contrario cumplir la norma es el camino más corto entre la ley y el hospital.

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