Opinión

50 años del comienzo de los 'años de plomo'

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José Ignacio Palacios

Publicado el 04/10/2026 a las 05:00

El 4 de octubre de 1976, junto al portal de su casa en la Avenida donostiarra, ETA asesinó a Juan María Araluce Villar, un vasco intelectualmente brillante y con bonhomía, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, padre de nueve hijos, notario, procurador en Cortes y miembro del Consejo del Reino. Tenía 59 años. Junto a él fueron abatidos su conductor y tres escoltas.

Un año antes de su muerte, en vida de Franco, había presentado en las Cortes una moción instando la reinstauración del Concierto Económico para Guipúzcoa y Vizcaya, suprimido en 1937, que debía llevar aparejada la transferencia de competencias a las instituciones forales y que tenía que ser el punto de partida para una convivencia democrática en la Monarquía que poco después se iba a restaurar. Para el nacionalismo esto era anatema, y por eso ETA decidió asesinarlo.

Porque cuando Franco muere, en Guipúzcoa y Vizcaya había dos enfoques sobre la restauración foral. Uno era el foralista y concertista, que defendía un modelo de relación provincia-Estado, sin entidades intermedias, similar al de Navarra, con España como nación y con los símbolos e instituciones de cada provincia: Diputación y Juntas Generales, que era defendido por las diputaciones de Guipúzcoa y Vizcaya, con sus presidentes (Araluce y Augusto Unceta-Barrenechea) a la cabeza, por la mayoría de los alcaldes y concejales de Guipúzcoa y por los partidos de la derecha vasco-española. El otro era el nacionalista, con Euskadi como nación y con símbolos e instituciones comunes: ikurriña, gobierno y parlamento vascos para las cuatro provincias, incluida Navarra, que era el que propugnaban los nacionalistas -PNV y ANV-, los partidos de la izquierda del periodo republicano -PSOE y PC- y el llamado Grupo de Alcaldes de Vergara, minoritario.

El de 1976 fue un verano caliente en San Sebastián y en otras partes del País Vasco y de Navarra porque, a la desaparición de Pertur, se unieron las protestas y paros laborales generalizados en los que los gritos proamnistía fueron preponderantes. Además, el 3 de julio, Adolfo Suárez tomó posesión como presidente del Gobierno y puso fin al trato exclusivo de los asuntos provinciales con la Diputación, doblegándose a las pretensiones del PNV de que el "pueblo vasco" fuera una comunidad única según el modelo del Estatuto de 1936. Así empezó la política de la permisividad con la que, decían, iban a lograr la distensión y la concordia. En septiembre, quince días antes de su asesinato, sobre "la guerra de banderas", Araluce declaró que no se podía "imponer en una comunidad una bandera que sería rechazada por una parte de esa comunidad". En enero de 1977, después de su asesinato, y tras reunirse con los Alcaldes de Vergara, el ministro de la Gobernación ‘toleró’ la ikurriña para “que no den mucha guerra”, para que “se integren” y por el “qué más da”. Entonces, Unceta-Barrenechea declaró: "me van a matar, nos van a Matar" y envió una durísima carta al ministro diciéndole: "Sr. ministro: En mi vida, en pocos días, han ocurrido varias situaciones que jamás hubiera podido soñar que pudieran sucederme. Que me traicionara un ministro, [...] Usted ha jugado conmigo y ha hecho que en este momento sea yo en Vizcaya un valiente para unos y quien les ha chafado la maniobra para otros...". Unceta-Barrenechea, y dos escoltas, serían asesinados el 8 de octubre de ese año.

El atentado de Araluce, del que ahora se cumplen 50 años, cambió el transcurrir de la Transición en el País Vasco porque con él se inició la limpieza ideológica y la persecución implacable de todo aquel que no se identificara con el nacionalismo, que no pidiera la oficialidad del euskera, que no exigiera la amnistía, la legalización de la ikurriña o la reivindicación del autogobierno en nombre de la foralidad. En definitiva, de los "antivascos" que tenían que ser exterminados, por lo que miles de vascos y navarros no nacionalistas tuvieron que huír de su tierra.

Y, ese día, mientras que la viuda de Aralauce declaraba: "Les perdono a todos los que le han matado y queremos que se termine el odio [...] Estamos rezando mucho por todos ellos y les perdonamos de todo corazón.", los partidos de la izquierda celebraron la matanza porque para ellos los etarras eran héroes y patriotas, y el PNV se limitó a "lamentar", sin condenar, el quíntuple homicidio. Habían comenzado los tiempos en los que unos movían el árbol y otros recogían las nueces. En definitiva, los ‘años del plomo’ en los que unos mataban y otros miraban para otro lado sin condenar lo que “esos chicos” hacían.

José Ignacio Palacios Zuasti. Exconsejero del Gobierno de Navarra.

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