A mi manera

"Ella sigue ahí, transitando la calle que vuelve a ser dinámica y moderna, con el burka intacto. Para ella no hay camerino ni fin de jornada"

thumb

Jose Murugarren

Actualizado el 24/02/2026 a las 09:37

Hay que mirar. Mirar con la fijeza de quien busca el bache en el asfalto, el punto exacto donde se agrieta esto que llamamos progreso. La libertad es en realidad un trámite físico: el aire golpeando la nuca sin pedir permiso. Uno camina por un barrio moderno -diseño, carril bici, gente con auriculares blancos- y, de pronto, dobla una esquina y se sumerge en el ambiente de un mercadillo medieval. 

Hay un decorado de cartón piedra, sonidos antiguos y tipos disfrazados de cruzados que blanden espadas de madera. Es una parodia amable donde la Edad Media es un filtro postizo para vender pan artesano y almendras garapiñadas. Entonces, en mitad de la farsa, aparece ella. Lleva el burka y camina despacio. Unas horas y el simulacro se acaba. Los cruzados de mentira se apartan para dejar paso a la única persona que habita una época oscura. 

¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA

Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF

Bajo esa tela, la mujer es una pertenencia custodiada a plena luz; un territorio cercado. Es la parte visible de un sometimiento que se lleva puesto como una segunda piel. Por la tarde se recogen los estandartes, se desmontan los carros, se apilan las jarras de barro en cajas de plástico. Es un desfile de identidades recuperadas. 

El juglar se quita las calzas y vuelve a ser el informático que fue; el cruzado guarda la espada y regresa a su turno de chófer de autobús. El siglo veintiuno barre los restos de paja del asfalto y el decorado se marcha en camiones de mudanza. Todos regresan a su tiempo. Todos, menos ella. 

Ella sigue ahí, transitando la calle que vuelve a ser dinámica y moderna, con el burka intacto. Para ella no hay camerino ni fin de jornada. Mientras la ciudad se despoja de la ficción ella permanece envuelta en esa costra de tela, como una mancha que ni el progreso, ni el ‘me too’ logran renovar. Una sombra medieval, en cuerpo y alma, aparecida como un espectro, en un tiempo en el que está prohibido ser esclavo. 

La libertad no otorga derecho a esconderse. No es el privilegio de la sombra. En el espacio público, la libertad es un contrato de rostros: la valentía de estar ahí, expuesta, sin el refugio de un muro de tela. Ocultarse no es una elección, es una renuncia forzada. Ninguna prenda puede silenciar las ganas de luz de la propia piel.

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora