"Vienen las notas ajadas, rotas, cansadas y con las piernas de un anciano, un poco como las del maestro Paula, que se nos ha muerto en Jerez de la Frontera"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 05/11/2025 a las 20:00

Vienen las notas ajadas, rotas, cansadas y con las piernas de un anciano, un poco como las del maestro Paula, que se nos ha muerto en Jerez de la Frontera donde, como él decía, se comen las papas enteras. Al Paula, aquel hombre con nombre de mujer, lo reencontré de viejo y, hablando, terminamos toreando las aceras de la madrugada bajo aquellas palmeras jerezanas, altísimas. Yo lo miraba, viejo, ronco, meciendo los brazos de mi nostalgia y moviendo las manos a distintas velocidades en fórmulas nunca escritas que encierran los códices del toreo con el capote. Lo recuerdo desde niño llamando a las cuatro de la mañana –“Niño, ¿está tu padre?”-, y mi padre en pijama en el teléfono del pasillo diciéndole: “Rafael, ¿tú sabes la hora que es?”. También lo tengo colgado en las paredes de la memoria del garaje de casa de mi tío Huberto, el más paulista de los paulistas. Rafael llamaba tan tarde a la gente porque para los toreros en general y para los toreros gitanos en particular, no existen las horas porque no existe el tiempo, así que vagan por el día como náufragos de sí mismos. Carecen de sentido las horas, los minutos y otro tipo de arbitrios que intentan encorsetarlos sin éxito. 

Todo es un instante, callado y eterno, como si la vida hubiera sucedido en un remate de una media verónica, en un natural, en el vuelo de tu capote, pinta verónica al trote, el toro en el redondel, y canta Diego Carrasco que parece la Maestranza una academia de danza o un cortijo de Jerez. Por los ruedos del invierno va el Paula vestido de negro y Azabache con nuestra infancia a cuestas, el toro de Benavides hecho fantasma, unos brazos soñadores, el medio pecho gastado de citar el toro, un cansancio cardiorrespiratorio e, intactas, las muñecas que un día pararon el tiempo y la rotación de algunos planetas emocionales. Van los gitanos, tristes y silenciosos por las sombras del barrio de La Merced, rendidos por el paso del tiempo y hay crespones en los capotes y en las cuerdas de las guitarras. Sin Paula, mi Españita está más triste, menos ella, como si se le hubieran perdido las musas, el age y el duende, que como dijo Federico vive en las últimas habitaciones de la sangre de este duelo que pasaremos algún día, pero hoy, todavía, no. DEP, maestro.

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