"Un niño ha pasado en difícil equilibrio sobre los patines, como si se le hubiera olvidado deslizarse. Hoy, de pronto, han desaparecido los perros"

Publicado el 16/03/2025 a las 16:00
Hace cinco años, durante el confinamiento, escribí un diario que he vuelto a releer. Parece ciencia ficción. “Amanece -que no es poco- un magnífico día de primavera”, escribí el 15 de marzo, tal día como hoy. “Las yemas de las ramas, en el parque, despuntan en los árboles. Pero no es día para la lírica. Desde ayer está prohibido pasear en España. Solo se puede salir a la calle para ir al trabajo -difícil hoy domingo- o para las compras de primera necesidad. También para pasear al perro, pero no tengo”. Un mes después, ya dejan salir un rato a los niños: “desde la mañana he oído sus voces en la calle mezcladas con el canto de los pájaros que parecían más alegres. Al principio eran unos cuantos, pero enseguida se veían grupos de padres e hijos yendo hacia la Vuelta del Castillo, excitados, cautos, un poco incrédulos ante lo que estaban haciendo después de tantos días encerrados, como el que sale de la cárcel y mira de pronto alrededor con asombro.
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Nadie ha dado una patada a un balón ni se ha lanzado en bici por su cuenta. Todo el mundo obedece, como si nos hubiéramos rendido. Un niño ha pasado en difícil equilibrio sobre los patines, como si se le hubiera olvidado deslizarse. Hoy, de pronto, han desaparecido los perros. Las familias de la mano cruzan el paso de cebra y luego se pierden tras los árboles, pero sus voces se siguen oyendo mientras se alejan. La salida de los niños es la prueba de que la vida sigue. Puede que, en unos días, el sábado, podamos salir también nosotros a pasear. Después de tantos días lo necesito. Escribir en el encierro me ha agotado. Ha sido como sacar agua de un pozo cada vez más profundo.
Me gustaría ir hasta Zuasti, donde comencé esta crónica del confinamiento. También ese día había padres con niños, bicicletas, y una cometa que se resistía a volar. Entonces todo estaba por ver, no sabíamos lo que se nos venía encima, lo que tendría que escribir en este cuaderno. Desde ese día los niños se quedaron en casa. Sus voces se dejaron de oír en la calle, como en un cuento de terror”.