"El coche bomba, un Peugeot 307 robado en Zumaia la noche anterior, estalló junto al edificio central de la UN a las 10.58 horas del 30 de octubre de 2008"

Publicado el 24/10/2024 a las 05:00
A preguntas del fiscal, los dos etarras acusados del atentado contra la Universidad de Navarra perpetrado el 30 de octubre de 2008 dijeron que reconocían “los hechos” y que no añadirían nada más. De manera que, sin las pruebas acumuladas contra ellos, el tribunal no hubiera podido sustentar la sentencia condenatoria (DN del pasado día 18). Después de 16 años, los acusados podían haber mostrado un mínimo gesto de arrepentimiento por el atentado, aquel coche bomba que hicieron estallar tras comunicar su colocación en “el campus universitario”, sin concretar. El aviso ya era, en sí mismo, un prólogo del terror: llamaron a la DYA de Vitoria y la Ertzaintza acudió al campus de la capital alavesa. Tras desalojar el recinto, no encontraron nada porque nada podían encontrar.
El coche bomba, un Peugeot 307 robado en Zumaia la noche anterior, estalló junto al edificio central de la UN a las 10.58 horas del 30 de octubre de 2008. ETA no añadió cadáveres a su historial entre las decenas de coches destrozados, pero hasta 28 heridos fueron atendidos en la Clínica Universitaria y el Hospital de Navarra. La crónica escrita en “Relatos de Plomo” cuenta que el rector envió un mensaje pidiendo para el día siguiente la vuelta a las aulas como respuesta al atentado. Y así fue. Sólo una concentración celebrada a las 12.00 horas rompió el curso ordinario de las clases.
¿ERES SUSCRIPTOR? AQUÍ TIENES MÁS INFORMACIÓN SOBRE ESTE TEMA
Amplía la información sobre OPINIÓN en la edición e-paper de Diario de Navarra, disponible a diario para suscriptores de papel y PDF
No era la primera vez. ETA atacaba con especial saña a la UN, dentro de la violencia desplegada por los terroristas en el ámbito universitario de Euskadi y de Navarra, en centros públicos y privados.
“ETA y el mundo radical articulado en torno a ella sabían que las universidades eran una caja de resonancia de la sociedad, que había que intentar controlar y, si era necesario, amedentrar”, escribe Ana Escauriaza, periodista por la UN y doctora en Historia por la UPV, en su libro “ETA y la Universidad 1959-2011”.
La crónica negra de la banda armada no tenía límites. Tres años después del coche bomba en la UN, el 20 de octubre de 2011, unos encapuchados anunciaban el fin de los atentados. “ETA se rinde sin pedir perdón”, señalaba el atinado titular de Diario de Navarra, dando la noticia en seis palabras.
Ni los encapuchados de entonces ni los sentenciados de ahora piden perdón por el daño causado. Y los que antaño justificaban el terror, hoy ensalzan en público el terrorismo para humillación de las víctimas. Las palabras de María José Rama en Leitza, este verano, o la carta abierta de José Ignacio Ulayar a los asesinos de su padre, reflejan el sentimiento de abandono que pueden llegar a sentir las víctimas. Hay que hacer memoria y hacer justicia.
Ahora, Otegi declara su disposición a aprobar los presupuestos del Gobierno pensando en la excarcelación de presos. Pero no se puede esperar otra cosa, viniendo de donde viene. La penosa novedad es la mano abierta, comprensiva y blanqueadora que le tiende el presidente del Gobierno, haciendo de la antigua HB un aliado de legislatura y legislación.