La seguridad como moneda de cambio

Actualizado el 10/10/2024 a las 23:52
Una vez leída la proposición para la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, podemos hacer un pequeño análisis de lo más importante de dicha reforma. En primer lugar, la puesta en escena, entregar a Bildu la cesión de la reforma es una afrenta, sobre todo, para quienes durante años se jugaron la vida defendiendo los valores constitucionales, y ahora saben que quien ha redactado la ley es quien lleva en sus listas a personas condenadas por terrorismo. Una verdadera aberración en todos los aspectos, pero como siempre, aquí no pasa nada.
Pero lo más importante, a mí modo de ver, es la progresiva retirada de seguridad jurídica a nuestros agentes, a quienes en esta propuesta de reforma se merma de su principio de autoridad. La sociedad entiende que la autoridad del Estado es la que ejercen las distintas policías en todos sus ámbitos y en los distintos campos de actuación de la ley, que no son pocos. Los despachos donde nuestros políticos pisan moqueta y redactan sus leyes son entornos asépticos donde solo se ponen sobre la mesa sus distintos sesgos. Imagínese el sesgo de la portavoz de Bildu Maite Aizpurua, que tras la liberación de Ortega Lara después de 532 días de secuestro en un zulo por la banda terrorista ETA, titulo en su diario Egin: “Ortega vuelve a la cárcel”. Pues con ese sesgo político se ha redactado esta propuesta.
Pero nuestras calles no son esos bonitos despachos. En ellas se ve que muchas veces las reglas cambian, y la policía se enfrenta cada día a personas que cuestionan ese principio de autoridad, y no me refiero al 95 % de nuestra sociedad, sino a ese 5 %, que forman parte del ámbito delincuencial, sabedores que si se socava ese principio de autoridad son ellos los que van a tener el mando en plaza en nuestras calles.
Ya se está viendo en algunas zonas de España que las curvas delincuenciales se disparan cuando grupos delincuenciales se hacen con el tejido social del barrio por completo. La debilitación de esa autoridad policial va ligada a la reducción de sanciones, ya que sale muy barato golpear o escupir a un policía, con todo lo que ello representa para nuestra sociedad. La autoridad es una cosa y la autoritas es otra. Ese policía que en un momento se ve vejado y vilipendiado porque el delincuente no tiene nada que perder o quiere realizar una acción violenta contra la policía, para reafirmar su estatus dentro de un grupo delincuencial, no está vejando a un policía lo está haciendo contra nuestro estado de bienestar y contra nuestros principios democráticos como país.
Una vez analizada en profundidad esta propuesta de reforma, se ve que los policías quedan al pie de los caballos, en concreto el patrullero, frente al delincuente. Esta ley pone todo el peso sobre el policía y no sobre el delincuente. Cuando a la policía se le quitan las herramientas con las que actuar frente a la delincuencia, esta se hace dueña de la calle con el riesgo inherente para el resto de la sociedad.
Capítulo aparte merece, y esto es un tema más técnico, es la propuesta de retirada de las pelotas de goma en materia de seguridad pública. Esto sería un cambio de modelo policial en materia de orden público, retirar ese material anti disturbios y cambiarlo por los lanzadores de proyectiles de foam que manejan por ejemplo nuestra Policía Foral, en esa materia sería un gravísimo error. El actual modelo se basa en la elaboración de planes de seguridad en eventos o manifestaciones. Con esa planificación y unas técnicas de control de masas, se trabaja con el principal aliado del policía anti disturbios que es; la distancia, el control de la masa por medio de esas técnicas y material antidisturbios usado a distancia. Si la policía pierde esa distancia, ha perdido toda la iniciativa y, por tanto, la masa por número se come a los pocos policias.
El trabajo en materia de seguridad en grandes eventos se ha basado siempre en la superioridad táctica. Si dejamos a nuestros policías en el cuerpo a acuerpo en materia de control de masas, quien pierde es la policía y por ende la sociedad, ya que los manifestantes se hace dueños de las calles.
Un policía sin herramientas adecuadas se convierte en una institución reactiva, que actúa una vez ocurrido el delito, cuando tenía que ser todo lo contrario, una policía con una actividad totalmente preventiva. Esta reforma tendría que haber sido consensuada con la sociedad a la que sirve y no sobre intereses políticos. Todos queremos una sociedad cada vez más libre, pero sin seguridad no hay libertad.
Gustavo Galarreta. Analista en Seguridad y defensa