"Quizás lo pensaron antes del pobre de mí, cuando la selección española les arreó con la Copa en la cresta y empezó por doquier el festival futbolero"

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 21/07/2024 a las 05:00

España y su selección de fútbol (“putas” las dos en las desgraciadas pancartas del 14) ganaron la final, se proclamaron campeonas de Europa y desataron la alegría de la afición española, desde aquí mismo, con los últimos bombos de la fiesta, hasta cualquier lugar de la geografía nacional. “Qué putada”, hubiera sido el contenido de una tercera pancarta a cargo de los mismos pintores. Quizás lo pensaron antes del pobre de mí, cuando la selección española les arreó con la Copa en la cresta y empezó por doquier el festival futbolero.

Y qué festival. En la misma cancha berlinesa, el Rey (el de España, obviamente) cogía la copa que le dieron los futbolistas (españoles, qué la vamos a hacer) y saltaba con ellos de alegría. Con todos ellos. “Gracias por lo que le habéis regalado a España, nos venía bien una alegría como esta”, les dijo el lunes, en casa, cuando fueron a verle y le regalaron una camiseta. Se les veía felizmente cansados a todos por igual, aunque a nosotros se nos fueran los ojos hacía los futbolistas de casa, protagonistas con mayúsculas del camino recorrido, de victoria en victoria hasta el triunfo final.

La pancarta iba contra los 26 futbolistas, se supone que por jugar con la selección española, vestir sus colores, escuchar los himnos, meter goles, ganar y celebrarlo con el país. Puestos a (intentar) ofender, no hacían distingos entre los titulares de las camisetas. Por el contrario, el congresista portavoz de ERC colocó a cada uno en su sitio, es decir, en el sitio que él quería. Desde la tribuna, vino a decir que los seleccionados catalanes y vascos ponían el juego y los goles, y los españoles sacaban provecho. Cómo no. Otro robo. Sin embargo, todo lo visto en la concentración, en los partidos, en las celebraciones de la victoria y en la solidaridad ante los percances; todo lo que han venido contando los futbolistas en las ruedas de prensa; la compenetración de titulares y suplentes, la “familia” de la que hablaban, la responsabilidad que asumían, en absoluto acredita la teoría de unos y otros. Todos iguales en la misma causa, sin teatros ni farsas.

Luego, ante las fotos panorámicas alrededor de la Copa, uno se fija un poco más en ese chico, precisamente, pero no por el singular peinado, ni por el color de la piel, ni por los goles. Es más simple; uno está viendo a un rochapeano, un chaval de nuestro barrio ferroviario de la Renfe y el Irati; el barrio del Arga, las huertas, las lavanderas, el molino y la fábrica de gas. El gas de Nico en el campo. El de Merino, otro que tal canta (y golea). El de Remiro, guardando las espaldas. El gas de todos. Como dijo el Rey, venía bien esta alegría.

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