"Así actúa el pensamiento mágico, creyendo que el mal queda neutralizado si uno se tapa los ojos ante su inminencia"

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José María Romera

Actualizado el 16/06/2024 a las 10:12

Pasadas las elecciones europeas, se preguntan los analistas si hay que tener miedo ante el crecimiento de la ultraderecha y la irrupción de un tal Alvise en el paisaje político. Interesarse sobre los miedos de la gente empieza a ser algo común, más frecuente que indagar en las causas que los originan. 

Es como si solo el termómetro del miedo nos diera la temperatura exacta de los problemas o, más aún, como si el objetivo principal de las políticas fuera regular los temores, y quedaran en segundo plano las amenazas y los peligros reales. 

Mientras el cambio climático no te provoque un sudor frío que te deje clavado de pánico en el sofá, el deshielo de los glaciares y las sequías no serán otra cosa que espectáculos televisivos. 

Mientras no sientas el vértigo en el vientre al contemplar cómo crece al galope la desigualdad en el planeta, las imágenes de las masas famélicas sudanesas quedarán en simples piezas de una exposición fotográfica. 

Mientras mantengas la calma y el buen humor, esos barrios palestinos convertidos en cementerios bajo los escombros te dejarán tan impávido como una llovizna de verano.

 Así actúa el pensamiento mágico, creyendo que el mal queda neutralizado si uno se tapa los ojos ante su inminencia. Se suele decir que el poder siembra el miedo infundado para ejercer el control sobre las personas, pero más inquietante es sospechar que también actúa a la inversa: privando a la gente del derecho a sentir miedo ante los peligros y las amenazas que se ciernen sobre ella. 

Diariamente, miles y miles de toneladas de fármacos salen de las industrias del ramo destinados a calmar la ansiedad, y al mismo tiempo las factorías del entretenimiento crean sin descanso toda clase de productos para la distracción en forma de películas, series, canciones, videojuegos, telediarios y campeonatos continentales de fútbol. 

Una de las fórmulas modernas para desacreditar el miedo es patologizarlo; la otra es domesticarlo reduciéndolo a mercancía de consumo. Como el miedo tiene mala prensa, quien más quien menos trata de escapar de él sin tener en cuenta que es una emoción útil en extremo, ideada por la sabia naturaleza para mantenernos en alerta. 

Y así vamos tirando, valientes y temerarios, hasta la llegada del lobo. Miedo, ¿quién dijo miedo?

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