"Faltando lo que falta para San Fermín, yo ya llevo conmigo mi toro imaginario hecho de los toros que vendrán"

Publicado el 11/06/2024 a las 20:30
Circula por ahí un vídeo en el que unos chavales saltan al ruedo de las Ventas después de la corrida. Son de esos pibes que antes llevaban pantalón corto, una docena de granujas simpatiquísimos. Corren por el callejón y se asoman por la tronera escondiéndose.
Al fin saltan por encima de las tablas, decididos y en tromba como en una madrugada almonteña, y llegan al ruedo en un escándalo de saltos, de gritos, de nervios, un revuelo del que solamente es capaz la chiquillería. Uno de ellos saluda al público como brindando un toro que no existe, o que existe solamente en su cabeza, o quizás salude desde los medios de su imaginación tras una faena de triunfo.
Otros dos se ponen a torear, a su aire. Uno embiste y hace el avión con las manos y mete los riñones con un desempeño fenomenal. Es un niño de vuelta al ruedo. Su compañero, que viste de verde, lo torea por bajo, se dobla con él, le baja la mano, poderoso, lo templa y después se adorna con un pase del desprecio torerísimo y cheneliano.
Ah, entonces la plaza lo celebra y lo jalea con olés de Madrid pero en bajito y los que lo vemos somos felices, aún más felices que el propio niño, pues hemos conectado con una parte de nosotros que sigue jugando al toro. Faltando lo que falta para San Fermín, yo ya llevo conmigo mi toro imaginario hecho de los toros que vendrán.
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Cuando escribo, cuando me ducho, cuando me despierto de madrugada está ahí, esperándome, mirándome de lejos o achuchándome por las troneras del miedo.
Mientras duermo, de pronto se asoma a mi almohada y me llena con su respiración húmeda y deja sobre mí una telaraña de babas de angustia. Andando por la calle, al tomar una esquina, giro la cabeza y miro por si viene y está ahí detrás de mí, a tres zancadas. Unas veces lo ignoro y otras amago con extender el brazo hacia detrás y le pego una gozosa carrera, también imaginaria.
La vida es un ruedo al que saltar de espontáneo y la cuesta de Santo Domingo en el centro de la calle de los sueños. Somos en la medida en la que imaginamos que somos. En esa distancia entre lo que son las cosas y lo que podrían llegar a ser, vivimos. No hay otra.