La arboleda perdida

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 26/04/2024 a las 05:00

Triste primavera la de los árboles de la cuesta de Beloso. Como el olmo del poeta, ellos también esperaban las lluvias de abril y el sol de mayo para estirarse otro poco. Imposible. Están bebiendo en abril aguas mil y tomarán el sol de mayo, pero las hojas dibujan ya un adiós movidas por el viento. Fin. Su futuro se cuenta por meses. No verán el esplendor de otra primavera. Ni siquiera la ruina del otoño, que cae más cerca. El corredor de Beloso es su corredor de la muerte. Les van a dar caña por el sistema de apeo, que según la RAE es la acción y efecto de apear (en un árbol). En otras palabras, meterles motosierra y que pase el siguiente.

Bueno, tampoco serán los primeros árboles decapitados por una obra urbana. Ni pasarán a la historia como los últimos por la misma fatalidad. Para quitarles importancia, nos cuentan que son poca cosa, árboles sin fuste, un error vegetal. Y que, si pudieran, ellos mismos se harían a un lado. No sé; entre los más de 200.000 árboles pamploneses hay de todo, más y menos guaperas, juncales o rollizos. Si vas a eso, igual que entre los ciudadanos a los que todavía dan sombra.

En fila de a uno, los cien árboles parecen el mismo árbol repetido, que sube o baja la cuesta acompañando nuestros pasos. Uno nada más. Sin embargo, juntos y revueltos forman una arboleda. La arboleda perdida, copiando el título a Alberti. O un bosquecillo, como el de la Taconera. (Un compañero de La Carbonilla, que andaba apuradillo con la división, pero bordaba la suma, calcula un empate a cien entre la totalidad de la acera de Beloso y lo que queda del Bosquecillo, que esa es otra).

Es natural que el cuatripartito municipal se sofoque ante la que se avecina y que la oposición vaya por allí de romería de desagravio. Esta ciudad, que ha crecido con la excavadora por delante, como todas, puede alardear hoy de que suma más árboles que habitantes y también atesora episodios de amores arbóreos verdaderamente ejemplares. Ahí van algunos.

Es impepinable que en Pamplona los árboles también mueren de pie, pero aquí tenemos uno que si un día muere será tumbado a la bartola y derrochando salud, tal como lleva un montón de años en la plaza de los Fueros, donde le damos cariñosas palmaditas en la espalda. Y qué decir de la espectacular sófora de la Taconera, cuyas poderosas ramas se retuercen de risa, seguramente por el par de poderosas muletas de hierro que se han hecho poner por prescripción facultativa. Miren el monumental cedro del Líbano, en Aranzadi; miren y suspiren de alivio porque a punto estuvo de ser convertido en palillos finos, millones y millones de palillos, de aquellos de limpiar los dientes y pinchar el puro. Más todavía. ¿Alguien se atrevería a cortar el nogal que asalta la Ciudadela por la puerta de Socorro, para asombro y rabia del rey Felipe II? ¿Y el olivo de la rotonda de Antoniutti, que crece y crece como si estuviera en Arróniz hasta arrinconar el precioso homenaje a Pompeyo, obra de José Antonio Eslava? Que muevan la columna, naturalmente. Y ojo con el nogal: es ya un símbolo en una fortaleza infranqueable.

A estos árboles de Beloso no vamos a cantarles que “ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras ramas llenas”, pero los caminantes que les vieron crecer les dirán “conmigo vais, mi corazón os lleva”, como el poeta de los álamos del Duero.

José Miguel Iriberri es periodista

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