La verdad de la mentira

Publicado el 25/03/2024 a las 05:00
Los niños dicen la verdad. Guardan en lo más profundo de sus corazones limpios el enorme valor de la sinceridad, la honestidad y la transparencia. Mi hijo Javier días atrás ha traído a casa una notita de su profesora, porque una de las tareas no la presentó completa. Siempre le hemos dicho que si nos dice la verdad jamás nos enfadaremos y que los problemas siempre tienen salidas y soluciones posibles. Él, muy avergonzado, pero con valentía, con decisión y con la verdad como fiel compañera de viaje, me contó este secreto con los ojos muy llorosos. ¡Qué acto más heroico, más íntegro, más ejemplar! Mi hijo de siete años me dio, una vez más, una enorme lección de vida: es imposible vivir sin la verdad. Creemos saber tanto de todo, y nos llenamos la boca con las palabras que suenan vacías al lado de la verdad de un niño, tan puro, que no necesita explicaciones. La verdad y los niños dialogan entre ellos con la elocuencia de la gratuidad que nosotros hemos perdido en el camino.
En filosofía, la verdad implica siempre una relación entre un sujeto, es decir, una inteligencia, y un objeto, o sea, una realidad. Como tal, la verdad es la concordancia del pensamiento con lo real. En este sentido, si tal correspondencia no se da, entonces podemos afirmar que se trata de una proposición falsa.
La mentira lleva infinitos disfraces, la corrupción es uno de ellos. Otra es la promiscuidad en el quehacer profesional, algunos más que otros, claro está. ¡Afortunadamente! Gente que pone su profesión y su prestigio al servicio de la corrupción, de la degradación moral, de la descomposición total con un desenfado que deja perplejo a cualquiera, a mí desde luego. ¿Dónde quedó la dignidad, la decencia, la honestidad, la integridad personal y profesional? ¿Ha desaparecido, está perdida en este mundo loco y desenfrenado o es una cualidad protegida porque está en vías de extinción? Vivimos tiempos de crisis, qué duda cabe. Familiar, social, política, institucional en todo el mundo, y España no está ajena. La democracia muestra su cara más frágil y vulnerable. Todo es muy deprimente.
Soy un ciudadano que, como la mayoría de los ciudadanos, más que protagonizar la historia política reciente de nuestro país, la padece. Estamos viviendo días grises, tiempos desilusionantes, época de desconfianza y de desencanto generalizado. Y esto trae consecuencias. Cuando se derrumba la verdad y la ética en nuestra sociedad, en nuestras empresas, en el mundo político, uno se siente náufrago y también huérfano. Sobre todo, huérfano de la esperanza, de las ideas, de los ideales, de los líderes sociales que no actúan en sus vidas públicas con la calculadora en el bolsillo, sino profesionales, directivos, empresarios y políticos con coraje y dignidad.
Me he acordado de Platón, el filósofo griego. Toda su filosofía se da a través del diálogo, y lo primero que uno aprende de los diálogos platónicos es que la condición primera del diálogo es el saber escuchar. Quien dialoga debe estar dispuesto a dejarse cambiar por la opinión de otro y no creerse dueño de la verdad. Filebo le dice a Sócrates: “Este es mi parecer y no he de apartarme de él”. Sócrates le replica: “Por lo menos aquí y ahora no vamos a empeñarnos en que triunfe mi tesis o la tuya, sino que debamos aliarnos los dos con lo que se nos presente como lo más verdadero”.
¡Qué magistral lección sobre lo que es la verdad, algo que se construye de a dos, no como imposición del que chille más! “La verdad comienza a dúo”, dirá posteriormente Nietzsche. El diálogo, creo, es un hablar atento a la verdad. ¡Qué lejos estamos de ello! Santo Tomás dijo, “la verdad está en el entendimiento que compone y divide”. Nuestra sociedad, nuestro mundo, necesita testigos apasionados y coherentes de la verdad. En una época en la que el relativismo ha convencido a muchos de que es imposible conocer la verdad, la pasión por buscarla y transmitirla se ha convertido en una apasionante y épica tarea. Lo que sí está claro es que, quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Pero, me pregunto, ¿para algunos la verdad está dejando de tener interés? Al menos hay algunos que en su vida profesional y personal no la tienen cerca.
La falta de verdad en nuestra vida, en nuestros trabajos, en nuestros equipos, en la política, las personas que ejercen el liderazgo es muy lamentable, y sólo se soluciona poniendo en la ecuación el corazón, la sinceridad y el amor como ejes medulares. Porque, ¿qué arruina a un país? ¿La mentira disfrazada de seda, la resignación, el cinismo, las oscuras mafias vestidas de ideología? Lo destruye, destroza y lo daña profundamente la ausencia de verdad.
Es tarde. Mi hijo duerme mientras escribo estas líneas, rodeado de una luz que le envuelve y que brota de él como una fuente de su propia verdad, tan necesaria, pero a veces tan esquiva y distante. No todo está perdido.
Roberto Cabezas Ríos, Top 3 HR Influencers in Spain 2023, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra